Requiem de Giuseppe Verdi (1813 – 1901)

Publicado: marzo 22, 2018 Última Modificación marzo 22, 2018 Por: adminmusica

Orquesta de la Era de la Ilustración
Coro de jóvenes de los Proms
Marin Aslop, directora

 

La obra de Giuseppe Verdi se desarrolló fundamentalmente dentro del ámbito operístico. Su fama internacional le llegó con obras como Rigoletto (1851), Il Trovatore (1853) o La Traviata (1853). Sin embargo la música religiosa también formó parte de su catálogo musical. Escribió Quattro Pezzi Sacri (Cuatro piezas sacras, 1889 – 1896) publicadas juntas en 1898, compuestas por separado y con diferentes orígenes y propósitos: Ave Maria, Stabat Mater, Laudi alla Vergine Maria y Te Deum. Pero quizá su obra más conocida en el campo de la música sacra es la Messa da Requiem.

Verdi abrigaba una visión de la vida bastante trágica. Una infancia en el seno de una familia humilde, unos comienzos difíciles en el mundo de la música y trágicos acontecimientos familiares como la muerte de su primera mujer Margherita Barezzi y de sus dos hijos Virginia Maria y Carlo Antonio sumieron al músico en una profunda depresión que a punto estuvo de arruinar su carrera. Desde entonces su percepción de la existencia se tornó melancólica y sombría. Esta actitud ante la vida se refleja en sus obras. Cuando criticaron que en Il trovatore hubiese tantas muertes, Verdi respondió a las críticas afirmando: “¿Acaso la muerte no es todo lo que hay en la vida? Precisamente la muerte de su venerado y gran amigo Alessandro Manzoni fue lo que motivó la escritura de la Misa de Réquiem.

A finales de 1872, durante una de sus frecuentes estancias en Milán, Verdi fue a visitar a su amigo el escritor, poeta y dramaturgo Alessandro Manzoni. Éste le comunicó su mala salud y como veía pronta su muerte: “Déjeme estrecharle la mano más fuerte que de costumbre, pues mucho me temo que no volvamos a vernos”, le dijo.

Es muy posible que el músico, ante esta confesión del dramaturgo a las puertas de la muerte – Manzoni tenía por entonces ochenta y ocho años- le hiciera tomar conciencia de la pronta desaparición de su amigo y comenzara a pensar en el  homenaje póstumo que le tributaría. A juicio de Verdi, podía equipararse a Manzoni con la otra “gloria d´Italia”, es decir, Gioacchino Rossini. De hecho cuando falleció Rossini, en 1868, Verdi propuso que los más importantes compositores italianos, incluso él mismo, colaborasen en una Misa de Réquiem en honor del compositor desaparecido. El proyecto no se llevó a cabo, aunque en efecto Verdi compuso un “Liberame me” como contribución personal al fracasado intento de rendir homenaje al autor de Pésaro. Éste fragmento sería reutilizado posteriormente en la definitiva composición religiosa en honor a su amigo.  

Los acontecimientos se adelantaron y la premonición de Manzoni se vería pronto confirmada. La muerte del mayor de sus hijos varones, Pier Luigi, el 28 de abril de 1873, fue el golpe de gracia. Manzoni cayó enfermo inmediatamente, falleciendo a causa de una meningitis el 22 de mayo de 1873, tan solo unos meses después del mencionado encuentro con el maestro. Verdi quedó muy impresionado por la muerte de su compatriota pues al igual que el músico estaba muy comprometido con la unidad de Italia llevada a cabo unos años antes, compartiendo con él los valores típicos del Risorgimiento, la justicia y la libertad.

El compositor, demasiado apesadumbrado, no asistió al solemne funeral que tuvo lugar en Milán y al que acudieron las máximas personalidades del Estado y al que siguieron multitud de actos de homenaje en toda Italia.

Una semana después de los funerales Verdi dejó su casa de Sant´Agata para honrar la tumba de Manzoni en Milán. Las grandes personalidades de la época habían ido desapareciendo una tras otra: el conde de Cavour, Rossini, Massini, Manzoni y Temistocle Solera. Estas muertes acrecentaron aún más el escepticismo y la soledad del músico.

Por mediación de Giulio Ricordi, el alcalde de Milán sugiere a Verdi la composición de una Messa da Requiem, en recuerdo de Manzoni y para conmemorar el primer aniversario de su muerte. Verdi acepta el encargo y a partir de mayo de 1873 comienza a trabajar en el proyecto, primero durante sus vacaciones estivales con Giuseppina Strepponi en París y posteriormente, en el mes de junio de ese mismo año en un hotel de Baden en el que se recluyó durante los tres meses siguientes. Al regresar a Italia la mayor parte de la composición ya estaba terminada, dedicando el tiempo posterior a perfilar la inmensa instrumentación, labor que desarrollaría en la ciudad de Génova.   

Desde un punto de vista religioso el Réquiem (en latín, “descanso”) es la misa de difuntos de la religión católica, un ruego por las almas de los muertos, reproducido justo antes del entierro o en las ceremonias de conmemoración o recuerdo. Este servicio suelen observarlo también otras iglesias cristianas como la Iglesia Anglicana y la Iglesia Ortodoxa. Su nombre proviene de las primeras palabras del “Introitus”: “Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis (“Concédeles el descanso eterno, Señor, y que brille para ellos la luz perpetua”). Las partes de una Misa de Réquiem en la liturgia católica son: Introitus, Kyrie eleison, Graduale, Tractus, Sequentia, Offertorium, Sanctus, Agnus Dei y Communio. Estos textos durante muchos siglos fueron cantados en canto gregoriano y hacia 1460 se escribe la primera versión polifónica compuesta por Johannes Ockeghem. En el siglo XIX se escribieron réquiems famosos como los de Hector Berlioz, Antonin Dvorák y el de Giuseppe Verdi.

Siguiendo más o menos la división de la misa de difuntos católica, el Réquiem de Verdi se estructura en siete partes: Requiem y Kyrie, la secuencia Dies Irae (dividida a su vez en sus propias secciones), Offertorium, Sanctus, Agnus Dei, Lux aeterna y Libera me. Verdi no incluyó el Gloria litúrgico.

La composición comienza con un sombrío Introitus reflejando de un modo sencillo y eficaz el dolor por la muerte de un ser querido, pero pronto se impone una magistral fuga que conduce a un reposado clima de recogimiento en el que parece haber lugar para la esperanza. A continuación se produce un gran cataclismo con la llegada del efectista y teatral Dies Irae. En este extenso fragmento escuchamos las trompetas que anuncian el juicio final, densos silencios, estatismo e intenso dramatismo. A este respecto Lucien Rebatet comenta en su obra Una historia de la música que la Misa de Réquiem de Verdi es una soberbia composición osadamente teatral, de una instrumentación casi tan brillante como la de Liszt, fruto del mismo arte que esas magnas Crucifixiones y Martirios de Veronés cuya opulencia no contrarresta su dramática sinceridad. En el Recordare, Ingemisco y, sobre todo en el Lacrymosa escuchamos al Verdi más exquisito y lírico. De hecho, en este largo Dies Irae se presentan las diversas atmósferas de la obra que irán apareciendo después en el engañosamente plácido Offertorium, en el contrapuntístico Sanctus, en el sereno Agnus Dei, y en el intensísimo y concetrado Lux aeterna, fragmento en el que no faltan los contrastes, llenos de teatralidad, que dominan el final (Libera me). Este final refleja un lenguaje musical novedoso que prefigura la modernidad de sus últimas óperas Otello y Falstaff.  

Verdi dirigió el estreno de su Réquiem el 22 de mayo de 1874 en la iglesia de San Marcos de Milán, para lo que contó con un coro de 120 voces, una orquesta de cien instrumentistas y como solistas vocales a Teresa Stolz (la primera intérprete de Aida), Maria Waldmann, Giuseppe Capponi y Armando Maini. La obra obtuvo un éxito apoteósico y tuvo una segunda ejecución tres días después en el Teatro alla Scala de Milán. Franco Faccio tuvo a su cargo otras dos ejecuciones posteriores. El mismo año el compositor dirigió siete ejecuciones en París y otras ocho al año siguiente, con ocasión de ser honrado por el gobierno francés con el título de comandante de la Legión de Honor.

La recepción del Réquiem generó comentarios de todo tipo. En 1874 Hans von Bülow después de afirmar que era basura, rectificó y entonó un histérico mea culpa (el director de orquesta alemán era un hombre que no aceptaba las medias tintas) y en la carta que envió a Verdi se cubría la cabeza de ceniza, se golpeaba el pecho y pedía perdón. Tras el arrepentimiento afirmó que el Réquiem era una de las obras más grandes del siglo. Otros comentarios críticos afirmaban que la música era ostentosa, sensacional, barata, melodramática, irreligiosa, agnóstica, popular y hubo quien llegó a afirmar que “es una prepotente profesión de fe católica”. Llegaron a hablar del estilo “obvio” de su composición, su carácter “antivocal” y su orquestación “primitiva”. El crítico del Telegraph cuando tuvo conocimiento del inmenso éxito que tuvo la presentación de la obra en Milán comentó: “Ahora que la Península es un Estado, todos los habitantes, incluso los que pertenecen a los distritos más remotos, asumen orgullosos su parte del honor dispensado a todas las celebridades italianas”. Lo que no sabía el crítico inglés era el inmenso cariño que los italianos profesaban a Verdi y lo orgullosos que se sentían de la fama del músico a nivel mundial. Por supuesto la música de Verdi nada tenía que ver en el asunto. A pesar de todo hoy en día la obra goza de un consenso que ha disipado las dudas sobre el valor estético del Réquiem. El texto litúrgico de la Misa de Difuntos que es drama puro y tiene una fuerte carga emocional se ajusta como un guante a la música de Verdi, cuya honda expresividad emocional compensa con creces ciertas carencias técnicas. Ningún otro compositor, a excepción de Berlioz, ha pintado un cuadro más vívido del Dies Irae ni de mayor fuerza que el Rex tremenda majestatis.

No siendo Verdi un hombre de profundas convicciones religiosas y militando drásticamente en el anticlericalismo debido a la postura de ciega hostilidad de Pío IX contra el Risorgimiento. Y aunque nunca se le conocieron prácticas religiosas, sin embargo tampoco era un ateo. Su profunda humanidad, generosidad y sensibilidad hicieron posible el milagro del Réquiem. Nosotros como Johannes Brahms diremos del Réquiem: “Una obra genial” porque efectivamente Verdi era un genio.

 

Fuente: Adolfo Domingo López para la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias

 

La Orquesta y Coro del Teatro de Bellas Artes presentará el Requiem de Verdi los días 22 (20hr) y 25 (17hr.) de marzo en el Palacio de Bellas Artes. Para más información, consulte cartelera.

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