Robert le Diable, desde Covent Garden

Publicado: febrero 9, 2014 Última Modificación febrero 9, 2014 Por: Soporte

por Ricardo Rondón

Giacomo Meyerbeer (née Jakob Liebmann Beer, 1791-1864) es una figura del pasado que estamos redescubriendo. Aunque de origen alemán y entrenamiento italiano, fue uno de los creadores de la tradición de la Gran Opera Francesa. Cambió su nombre cuando un pariente rico de apellido Meyer le heredó y sus padres, siendo ricos, le apoyaron sus estudios musicales. Entre sus maestros podemos citar a Muzio Clementi. En 1810 escribió la primera de sus óperas ambiciosas el Juramento de Jefté que fracasó en Munich. Dos situaciones similares lo orillaron a pensar que debía dedicarse a otra cosa pero intervino Antonio Salieri, que creía en su talento y lo convenció que lo que necesitaba era una preparación más solida. En Italia conoció la gran tradición y después de Romilda e Costanza en Padua durante 1817, varios teatros italianos le comisionaron óperas. Era toda una personalidad en Italia y en 1826 se trasladó a París en donde conoció a Halévy , Auber y Cherubini. Captó los ideales y técnicas musicales que necesitaba y después de un corto descanso descartó su identidad italiana y se volvió francés. Su primera ópera en el estilo francés fue Robert le Diable que se escenificó en la Opera de París en 1831. Fue una sensación. Ahora, Opus Arte nos da la oportunidad de acercarnos a la reciente puesta en escena en la Opera Real de Covent Garden, después de muchos años de estar ausente del repertorio. Influyó los dramas musicales de Gounod y Berlioz y tanto Bizet como Offenbach se asoman en el desarrollo musical. Su ballet de monjas muertas inició los “ballet blanc” utilizados en La Bayadere, Giselle Y La Sylphide. Hasta hubo una rosa nombrada Robert le Diable.
El argumento presenta una lucha entre el bien y el mal, la luz y la obscuridad. La economía ya no permite producciones de ópera con todos los ingredientes que causan asombro y el montaje en Covent Garden en 2012 (por primera vez desde 1890) de Laurent Pelly es brillante, lleno de inventiva. Los diseños escénicos de Chantal Thomas tienen su encanto. La Princesa Isabelle aparece en un castillo como de juguete, los Caballeros vuelan por los espacios en caballos de colores brillantes y proyecta cuerpos inertes y algunos en proceso de cocimiento siendo lanzados al infierno. El ballet de las monjas lascivas recuerda un poco al Regreso de los Zombies y ha sido resuelto estupendamente. Lionel Hoche hizo una coreografía convincente y le quita elementos que podrían provocar risa hoy día. Pelly refuerza las creencias religiosas que Meyerbeer incorpora a todas sus óperas presentando una iglesia en forma de marco en donde Robert lucha entre la fuerza del maligno Bertram y la angelical Alice. La escena es clara y apropiada para el relato que nos da el compositor. La orquestación deslumbró en su estreno y podemos admirar influencias que inspiraron a Berlioz, Wagner y Strauss. La ópera dura tres horas y media y el entusiasta director Daniel Oren ha sancionado cortes prudentes para acortar los cinco actos. La batuta de Oren muestra un óptimo trabajo con el elenco y buena proyección de los elementos diabólicos. La producción fue víctima de muchos cambios en el elenco titular pero todos fueron resueltos y los artistas se crecen y entregan a Meyerbeer como si hubieran nacido para ello. El tenor Bryan Hymel (después de triunfar como Eneas en Covent Garden y el Metropolitan Opera) encarna a Robert con belleza de timbre, amplia reserva para las líneas musicales y agudos espléndidos. Meyerbeer es de los compositores más crueles que conocemos en el trato de las voces pero Hymel obviamente disfruta el reto y obtiene un merecido triunfo. Es una bendición contar con él en el circuito operístico actual. Su actuación dramática refleja bien el alocado tormento que lo persigue. Marina Poplavskaya (Alice) canta maravillosamente y nunca la hemos escuchado en este terreno que exige tantos principios de bel canto. Su interpretación es comprometida y generosa e intensa. Este es un triunfo que nos ha complacido mucho . La soprano Patrizia Ciofi llego cuatro días antes del estreno pero contaba con tener el role de Isabelle en su repertorio. Maneja una coloratura ágil y segura, de sonido redondo y expresivo. Su gran aria: Robert, toi que J’aime fluye con gran belleza y línea musical. . El bajo-barítono John Relyea maneja la personalidad de Bertram con maestría. Los registros graves de la parte no siempre le son cómodos pero es la personificación del mal cuya elegante superficie encierra un corazón demoniaco. Vocalmente mejora mucho a partir del tercer acto. El Coro de la Opera Real se cubre de gloria en esta función. Pelly ha exigido que sean actores y no pierden un momento en dejar de expresar física y vocalmente las reacciones de sus personajes. La iluminación es otro factor decisivo en la presentación y resulta excelente. Esta ópera, ahora vista en un magnífico DVD, nos ha resultado una experiencia impresionante y da gusto poder afirmar que las obras principales de Meyerbeer han llegado a la pantalla con maestría. Dinorah, Los Hugonotes, La Africana y El profeta seguramente vendrán en próximas carreteras líricas: Bryan Hymel va a tener mucho trabajo por delante y tendrá que manejarse con sabiduría y prudencia. ¡Ojalá y nuestros tenores supieran hacerlo! Altamente recomendado.



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