Rusalka: un cuento de hadas para recordar

Febrero 27, 2017 9:33 pm

Por José Antonio Palafox

El pasado 25 de febrero asistimos, en un Auditorio Nacional tristemente con bastante menos público que en las dos ocasiones pasadas, a la transmisión en vivo desde el MET de Nueva York de Rusalka, ópera en tres actos que se cuenta entre las mejores composiciones de Antonín Dvořák y que es también, sin duda, una de las obras maestras del nacionalismo checo.

 

El papel protagónico corrió a cargo de la soprano letona Kristīne Opolais, quien hizo entrega de una Rusalka espléndida, con un desarrollo vocal impecable que no vaciló en ningún momento (y eso que la partitura exige tremendas audacias de agudos y dramáticos tonos bajos casi sobrehumanos) y una presencia escénica vibrante que hizo patente la lucha interna librada por la frágil ondina que, por amor, decide abandonar el mundo mágico que le garantiza la inmortalidad para insertarse en el banal mundo de los humanos. El momento más esperado de esta ópera, la hermosísima “Canción a la luna” del Acto I, resultó un verdadero deleite en la interpretación de Opolais, ya que la abordó con gran solvencia y logró, además, imprimir un acertado dejo de premonitoria tristeza a ese esperanzador llamado de amor.

 

Por su parte, el tenor estadounidense Brandon Jovanovich tuvo un brillante desempeño como el príncipe del que Rusalka se enamora. La voz de este cantante es agradablemente cálida, vigorosa y con una técnica impecable, y su presencia escénica bastante fresca y enérgica. La actitud del príncipe es la del joven rico y guapo (con todo y el estereotipado ricito cayendo sobre la frente) ante el que todas las mujeres caen rendidas, por lo que queda desconcertado cuando Rusalka se muestra silenciosa y evasiva ante sus avances amorosos. Jovanovich sacó adelante el personaje sin ningún problema, hizo frente sin amilanarse a una orquesta enjundiosa y terminó entregándonos un espléndido y desgarrador dúo final con Kristīne Opolais.

 

Mención aparte merece la mezzosoprano Jamie Barton, quien hizo una verdadera creación de la bruja Ježibaba. Acompañada a todos lados por sus fieles lacayos (una rata, un gato y un cuervo humanoides que se desplazaban haciendo piruetas) y ataviada con unos pupilentes casi totalmente blancos y un vestido negro estampado con telarañas que haría las delicias de cualquier dark, la Ježibaba de Barton resultó cruel, divertida, perversa y —sobre todo— carismática. Los gestos caricaturescos con que acompañó su impecable desempeño vocal le ganaron un bien merecido lugar entre las grandes brujas de la ópera y, ¿por qué no?, de los dibujos animados.

 

El bajo-barítono Eric Owens, poseedor de una voz oscura y cautivante, cantó un Vodnik (el espíritu de las aguas y padre de Rusalka) correcto y muy discreto, logrando imprimir a su personaje la doliente dignidad y la abrumadora tristeza del padre que ve humillada y perdida a su hija, aunque llevaba las manos enfundadas en un par de inquietantes guantes verdes con ventosas rojas en las puntas de los dedos de los cuales era imposible desviar la mirada. La princesa extranjera, quien coquetea abiertamente con el príncipe frente a las narices de Rusalka, corrió a cargo de la soprano sueca Katarina Dalayman. Las juguetonas hadas del bosque fueron espléndidamente cantadas por la soprano surcoreana Hyesang Park, la mezzosoprano estadounidense Megan Marino y la mezzosoprano mexicana Cassandra Zoé Velasco. Finalmente, el toque cómico (con intervenciones en verso acompañadas de música ligera en la mejor tradición de las arias cómicas de Mozart) lo dieron el barítono Alan Opie y la mezzosoprano Daniela Mack como —respectivamente— el guardabosques y la cocinera.

 

Bajo la batuta del experimentado director británico sir Mark Elder, la orquesta del MET ofreció una impresionante interpretación de la partitura de Dvořák, a la vez poderosa y llena de ternura. Aunque por momentos desbordaba una vigorosa pasión prácticamente wagneriana, el sonido de la orquesta no puso en problemas en ningún momento a los solistas. Antes bien, su creación de las atmósferas del mundo subacuático y del mundo de los humanos fue verdaderamente soberbia.

 

Para terminar, la producción corrió a cargo de la directora teatral y de ópera Mary Zimmermann. Rusalka es una ópera difícil, con una duración bastante respetable (aproximadamente tres horas) y una densidad sonora capaz de apabullar al espectador más pintado. Sin embargo, la propuesta visual de Zimmermann, basada en una coreografía harto dinámica (la escena del baile en el palacio del príncipe es sencillamente extraordinaria) y en llamativos vestuarios (que nos hicieron recordar el Sueño de una noche de verano que Max Reinhardt y William Dieterle codirigieron en 1935) y coloridas escenografías (donde cada color posee una carga simbólica), hizo que el tiempo pasara —literalmente— volando, ya que parecía que estábamos presenciando uno de los cuentos de hadas animados de la casa Disney. Y aunque la historia de la pobre Rusalka termina de la manera más trágica posible, el público abandonó la sala con una sonrisa en la boca, satisfecho de haber asistido a una puesta en escena de esas que no se olvidan en mucho, mucho tiempo.

 

Antonín Dvořák: Čury mury fuk (Rusalka, Acto I) / Jamie Barton (Ježibaba)

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