TELEMANN: CONCIERTO PARA DOS FLAUTAS TWV 52

Junio 23, 2017

Por Francesco Milella

Variedad, fantasía, imaginación: elegir la composición instrumental más representativa de todo el repertorio de Georg Philipp Telemann podría parecer imposibile, casi inútil. Cada una de ellas representa un lado nuevo y sorprendente de su estética musical. Viviendo en una dimensión burguesa e internacional, Telemann, hombre astuto y práctico, aprendió a mimetizarse adaptándose con facilidad y rapidez a las exigencias que cada contexto social requería en ese momento. Estando así las cosas, sería fácil suponer que cada obra (o categorías de obras) representa un lado de Telemann. Afortunadamente no es así: la música de Telemann es mucho más fluida de lo que se suele imaginar. Cada una de sus obras nos ofrece una visión igualmente amplia y completa de esta grande figura de la música. Es suficiente mirarlas más de cerca.

La obra que les propongo es el Concierto para flauta dulce y traversera TWV (Telemann-Werke-Verzeichnis) 52.  Los datos acerca de este célebre concierto son escasos: nada sabemos alrededor del año, del lugar y de las circunstancias que llevaron a la composición y a la publicación de este paradigma del concierto barroco. Pero la verdad, no es lo que nos interesa. Ya no necesitamos números o historias. Es hora de dejar que sea la música la que hable.

Todo comienza con un enigmático y misterioso Largo: las dos flautas entran con un meditativo a solo, tejiendo sus diferentes hilos en un delicado y natural contrapunto. Pocas notas, breves tensiones armónicas, fugaces unísonos: lentamente el genio de Telemann comienza a revelarse ante nosotros. Acompañados silenciosamente por la orquesta, los dos solistas inician un diálogo en el más refinado estilo italiano, casi queriendo imitar el íntimo lirismo de los mejores adagios de Vivaldi, para volver al tono enigmático y misterioso de los primeros compases con un frágil e inestable re#, la sensible de mi menor.

Y justo con la tonalidad de mi menor se abre triunfalmente el primer allegro de este concierto. A Telemann le urge resolver inmediatamente la inestabilidad con que se había cerrado el largo de introducción. El contraste es indescriptible, el resultado es perfecto: después de un primer movimiento explícitamente flotante y nebuloso, ahora la música aterriza en un terreno sólido, concreto y seguro, magníficamente vivaldiano. Telemann nos atrapa con un contagioso estribillo, una fuga rápida y vertiginosa enteramente construida a partir de una única célula rítmica, que orquesta y solistas repiten casi obsesivamente en diferentes modulaciones armónicas hasta el final, descansando solamente en las breves estrofas de los solistas.

                                                                               

El segundo adagio (III movimiento) es lo más italiano que Telemann haya escrito: es el triunfo de la melodía sin complicaciones, una melodía tierna y relajada que las dos flautas repiten enredándose bajo un fondo de cuerdas pellizcadas. No es necesario añadir más elementos a un momento de música tan íntimo y delicado. Pero con el final Telemann rompe todos los esquemas enseñándonos todo su genio musical. Telemann construye un movimiento final sin poner límites a su fantasía, pasando de la dulzura típicamente italiana de la primera estrofa a la furia del estribillo, un  breve y exótico tema, probablemente inspirado en los ritmos de las danzas ibéricas. El final lo dice todo. Al terminar el estribillo en mi menor, las dos flautas nos sorprenden explotando con un luminoso acorde en sol major de ocho compases: un nuevo, inesperado episodio que parece cambiar completamente las reglas del concierto. Pero no es así: de manera aún más inesperada Telemann nos lleva de nuevo al tema inicial para el triunfo final en un contagioso accelerando, homenaje a las más refinadas obras del barroco francés.

Hablamos de un Telemann internacional, de un Telemann burgués, de un Telemann italiano, francés y alemán al mismo tiempo. Dimos una estructura a su figura histórica. Pero al escuchar un concierto tan bello (adjetivo superfical, pero necesario), ir más allá de estas categorías académicas es inevitable y necesario para percibir la asombrosa y universal modernidad de este gran compositor de origen alemán. Una modernidad que aparece con discreción en todas y en cada una de sus obras, en sus pequeños detalles, en sus delicadas alusiones, en sus “buenos modales”, en sus elegantes diálogos entre diferentes instrumentos, geniales pero discretos, irónicos pero amables. Es aquí, lejos de las majestuosas arquitecturas bachianas y handelianas, que podemos vivir, sin el miedo de las comparaciones, la extraordinaria y humana genialidad de Georg Philipp Telemann.

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