Telemann y la ópera.

junio 7, 2017

Por Francesco Milella

La imagen histórica de Georg Philipp Teleman ha sido y sigue siendo afectada por la constante comparación con Johann Sebastian Bach. Es inevitable: todo lo que Telemann entregó a la historia pasa por la comparación jerárquica con la herencia musical de su célebre colega y amigo, como si fuera imposible imaginar dos compositores diferentes por sensibilidad y cultura. Lo vimos con la música religiosa y lo veremos con su música instrumental: la estética dominante de Bach estorba y complica la búsqueda de un auténtico lenguaje de Telemann, un lenguaje que en realidad es perfectamente capaz de coexistir digna y autónomamente con el de Bach.

Entonces ¿cuál es la solución? La primera, aunque parezca absurdo, sería la de eliminar a Bach: le haríamos, a posteriori, un gran favor a Telemann, pero, la verdad, no tanto a nosotros. La segunda, más factible y sensata, es entrar en un terreno en donde Bach nunca quizó entrar dejando cancha libre a Telemann: la ópera. Aparece ahora en nosotros una sensación de estupor y perplejidad, demonstrando aún más lo grande que es el peso y el espacio que damos a Bach en la reconstrucción de la figura de este gran compositor alemán. ¿De verdad Telemann compuso ópera? La respuesta es sí, afortunadamente.

Telemann comenzó a acercarse al mundo de la ópera desde muy joven presentando en Hamburgo su primera ópera en 1693, a tan solo doce años de edad. El auge de su carrera operística duró poco más de quince años entre 1714, año en que se presentó su primer Singspiel Die Satyren in Arcadien, y 1730. Compuso probablemente más de 32 óperas (14 de las cuales no han llegado hasta nosotros) además de una amplia serie de arias y duetos para óperas.

Telemann se acerca al mundo de la ópera mirando antes que nada al mundo italiano: de ese mundo, en aquel entonces el más celebrado y exitoso en toda Europa (menos Francia), Telemann interioriza tanto la estructura de sus óperas (alternacia-recitativo-aria, según el modelo de Metastasio) como la escritura vocal, esencialmente belcantista, elegante y refinada: sea ópera buffa o seria, la linea vocal de Telemann fluye siempre con amable desenvoltura entre una melodía y otra respetando el significato de la palabra y de la escena sin descuidar la expresividad y la dramatúrgia del libretto. Pimpinone, un intermezzo compuesto en 1724 y presentado el mismo año en Londres junto al Tamerlano de Handel, representa el ejemplo más interesante de cómo Telemann absorbió perfectamente el lenguaje vocal y teatral italiano. La historia de este intermezzo anticipa de casi diez años, con el más clásico de los temas de la comedia, La Serva Padrona de Pergolesi e incluso el Don Pasquale de Donizetti: una sirvienta astuta se burla del señor de la casa logrando casarse con él y robarle todos sus bienes. Aunque el texto sea en alemán (con algunos momentos curiosamente en italiano), la estética teatral y musical es puramente italiana: el perfecto equilibrio entre una vocalidad brillante y una dramaturgia ligera y aguda hacen de esta breve ópera una verdadera joya de la música barroca, que podemos colocar al mismo nivel de las mejores composiciones de Pergolesi y Handel.

Si en la parte vocal Telemann respeta inteligentemente la tradición belcantista, en la parte instrumental su genio libera toda su maestría y sensibilidad musical filtrando el más rígido arte del contrapunto alemán con el gusto suntuoso de la música francesa. La obertura de la ópera seria Miriwais (Dresde, 1728) lo dice todo. La complejidad contrapuntística, la elegancia tímbrica y la riqueza instrumental nos hacen olvidar la superficial orquestación italiana para regalarnos uno de los momentos más bellos de toda la ópera barroca.

Una suma: esto es lo que hace la ópera de Telemann tan interesante en todo el panorama a menudo serial y superficial del mundo barroco. Su extraordinaria inteligencia musical y su cultura fuera de lo común lo llevaron a tomar lo mejor de la música italiana y lo mejor de la música alemana añadiendo todo lo que otras experiencias barrocas podían darle. El resultado es realmente sensacional: aún respetando las rígidas reglas del teatro barroco, Telemann las supera definitivamente abriendo las puertas de esa nueva riqueza teatral y musical, menos categórica y rígida, que marcará el nacimiento de la ópera moderna.

Pimpinone

 

Miriwais

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