Un oboe, un violín y el genio de Bach: el concierto BWV 1060.

Publicado: febrero 14, 2016 Última Modificación febrero 14, 2016 Por: adminmusica

por Francesco Milella

La sensacional serie de conciertos para oboe de Antonio Vivaldi y Tomaso Albinoni representan para muchos el apogeo de la literatura musical barroca para dicho instrumento. Sus partituras dieron vida, por su frescura, su intensidad y su originalidad, a un momento de extraordinaria vitalidad musical (cómplice: el dinamismo cultural veneciano), que pocos países europeos tuvieron el privilegio de experimentar. Y sin embargo, y  como siempre,  aparece nuestro querido Johann Sebastian Bach para hacer de esta historia algo más complejo y fascinante. Así sucede con el barroco: sonatas, conciertos, misas, cantatas, partitas, suites, oberturas… Bach en todo lograba superar a sus colegas.  ¡Qué suerte tuvieron los compositores de ópera!

Dejando a un lado la ironía, considero en realidad poco interesante, útil y constructivo hacer comparaciones cualitativas entre diferentes compositores. Cada uno tiene su importancia, su belleza y su valor. Pero, como decía Pau Casals, “inicialmente estaba Bach…, y después todos los demás”. Lo admito: estoy totalmente de acuerdo con el gran chelista catalán. Bach se impone frente a todos los otros. Guste o no, su música domina el arte occidental por su perfección estructural y por su tono espiritual (que no significa religioso), por su impecable factura y su extraordinaria organización melódica y rítmica.

Y así, Vivaldi y Albinoni tuvieron que hacer cuentas con Bach, quien, silenciosa y discretamente, no pudo resistir al fantástico timbre del oboe, tan profundo y dulce, tan elástico y expresivo al mismo tiempo. Para dicho instrumento Bach compuso, durante los años de Leipzig a partir de 1723, el concierto BWV 1060a para violín y oboe en do menor, cuya partitura original, que desafortunadamente se perdió, fue reconstruida en su totalidad gracias a una trascripción del mismo concierto compuesta por Bach para dos claves (concierto BWV 1060). Entremos, pues, en este concierto y veamos por qué “inicialmente estaba Bach…, y después los demás”. Comencemos con orden por el primer movimiento

Bach abre el concierto con el clásico estribillo que lo acerca al concierto vivaldiano y al mismo tiempo lo aleja. ¿Cómo? El estribillo, un tema discreto, maravillosamente expresivo e íntimo, se repite como en el modelo italiano, pero abandonando la geométrica y rígida alternancia típica de Vivaldi entre estribillo y frase solista. Bach da vida a un  momento musical de extraordinaria fluidez: solistas y orquesta, estribillo y “estrofas” dialogan entre ellos con una intensidad y una energía que atrapa y seduce. El estribillo cambia constantemente su forma,  color,  tono y  ritmo, imponiéndose en la escena como un personaje sólido y fuerte, capaz de dialogar con el sensacional juego de los solistas, un juego tan fascinante e intricado que más vale perderse en él que tratar de analizarlo.

El movimiento central es pura ternura y dulzura: Bach nos regala un momento de puro placer musical. Las cuerdas pellizcadas de la orquesta acompañan el diálogo entre el violín y el oboe: el vertiginoso juego de antes parece parar, desaparecer, para transformarse en pura meditación. Los dos solistas dejan de correr entre estribillos y cadencias para agarrarse de la mano, mirarse a los ojos y caminar silenciosamente. Pero la pausa dura escasos minutos: justo el tiempo para tomar energía, recuperar fuerzas y volver a correr. El tercer movimiento recupera, como siempre, el modelo italiano. Pero ahora el juego cambia de tono: el estribillo pierde fuerza para dejar la escena libre al violín y al oboe. Ahora sí, los solistas tienen cancha libre: Bach los deja correr, volar, jugar, seducirse, pelear, enredarse y desenredarse.

Bach no nos deja en paz un solo momento. Nunca deja de sorprendernos, de atraparnos, de seducirnos, de emocionarnos. Siempre encuentra la manera de impresionarnos, busca siempre un nuevo color para cautivar nuestra atención, un ritmo inesperado, un juego armónico repentino, un tema de inefable belleza para tomarnos de la mano y llevarnos a través de su mundo musical. Un mundo musical que abandona la bidimensionalidad de sus colegas, para ofrecernos una nueva dimensión espacial en donde a la alto y a lo ancho, se añade la profundidad del espíritu.

 (Ensemble Il Gardellino)

(Gidon Kremer y Heinz Holliger)

 (versión para dos claves)

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