“Verdi prati”: la voz de Handel

Publicado: enero 26, 2018 Última Modificación enero 26, 2018 Por: adminmusica

Por Francesco Milella

Acercarse a Handel y a su repertorio operístico no significa solamente estudiar y aprender de memoria todos los títulos, las fechas de su primera ejecución o incluso, para los más aficionados, los nombres de los primeros intérpretes. Entrar en este fabuloso mundo musical significa también descubrir la vocalidad de Georg Friedrich Handel, es decir, la forma, los juegos, las técnicas, los equilibrios melódicos y los detalles armónicos que el genio alemán aplicaba, filtrándolos a través de su fantasía y su sensibilidad, al componer para la voz humana. Desde sus primeros éxitos operísticos, para los públicos de Alemania, Italia, Inglaterra y de todos aquellos países que en breve tiempo comenzaron a disfrutar de sus óperas, Handel no era un compositor cualquiera. Había algo en él, en  su música y, precisamente, en su escritura vocal que lo alejaba de todos sus colegas de formación italiana. La vocalidad de Pergolesi, Hasse, Porpora, Bononcini (la lista sería infinita) miraba directamente al virtuosismo más extremo y extravagante en la interpretación de los sentimientos humanos, realizada a través de una serie interesantísima de categorías y estilos patéticos aceptados por el público y, en general, por toda la sociedad cultural. A cada expresión del alma humana, tanto la ira como la alegría, el amor o el odio, correspondía un cierto tipo de lenguaje musical, con su armonía y su ritmo (por ejemplo, las famosas arie di tempesta que aparecen en la mayoría de las ópera de esos años). Dentro de este marco (o, más sencillamente, de este diccionario de las emociones), cada compositor podía desatar su fantasía mirando al gusto del público y a las exigencias de los cantantes.

Handel, sobre todo a partir de sus óperas inglesas, se aleja de esta tradición, demasiado limitante para las libertades de su genio. Sin abandonar los estilos y los lenguajes de la época (Handel era demasiado astuto para rechazar lo que le podía garantizar éxito y dinero), el compositor alemán transforma la voz en un poderoso elemento de expresión humana. Con Handel la voz deja de ser una máquina de sorpresas y extravagancias musicales para mirar al ser humano con una sensibilidad nueva: las sensaciones que viven los personajes de sus óperas no son una simple excusa generaradora de virtuosismo vocal, sino de emociones autónomas y auténticas a las que hay que dar forma y color a través de un lenguaje musical adecuado, aunque no siempre aceptado por la sociedad de su época.

La anécdota que acompaña el aria “Verdi prati” de la ópera Alcina (1735) nos dice más que cien palabras. Handel había pensado el aria para el célebre castrato Giovanni Carestini, intérprete del personaje de Ruggero. Como buen castrato, Carestini estaba acostumbrado a una vocalidad extremadamente virtuosística, ágil y brillante. Al ver la partitura del aria, cuya vocalidad nos sigue emocionando por su delicada e inmediata intimidad, Carestini, furibundo y profunamente ofendido, rechazó cantarla. ¡Demasiado fácil para él! Lo que el castrato italiano en su ciego narcisimo no había captado era la verdadera esencia de esa aria: detrás de esa vocalidad, aparentemente demasiado banal y fácil para un cantante del nivel de Carestini, se escondía una forma revolucionaria de relacionar la música con las palabras y su significado.

Protagonista del aria, valeroso guerrero secuestrado por Alcina, Ruggero, al ser liberado por su amada Bradamante, despierta la ira de Alcina, quien decide vengarse nuevamente prohibiéndole escapar de su isla mágica. En el aria “Verdi prati”, Ruggero, que por un breve istante había sentido el placer del amor junto a Bradamante, se despide de esa felicidad fugaz para enfrentar la cólera de la maga. Los campos verdes se transforman en una clásica metáfora de la felicidad eterna que él está a punto de perder. Se trata de una escena banal, de amor y dolor al mismo tiempo, a la que Handel se acerca con una sensibilidad extraordinaria. Nada de extravagancias, de extremismos y de juegos por el puro placer del público y del castrato: el compositor alemán nos envuelve en un momento teatral casi hetéreo, metafísico. La música pierde su componente material,  y las emociones de Ruggero, típicamente estructuradas sieguiendo los estereotipos del mundo barroco, adquieren un valor universal, más allá del tiempo y de la historia.
Veselina Kasarova


Aria con partitura

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