Aires tranquilos: Vida, 1809-1812

En 1809 Beethoven tenia cuarenta años y fue entonces que los príncipes Lobkowitz, Kinsky y el archiduque Rodolfo le garantizaron una anualidad vitalicia

Por Música en México noviembre 15, 2020 Última Modificación noviembre 15, 2020

En 1809 Beethoven tenia cuarenta años y fue entonces que los príncipes Lobkowitz, Kinsky y el archiduque Rodolfo le garantizaron una anualidad vitalicia con el sólo objeto de asegurar su presencia en Viena y evitar que Jerome Bonaparte, a la sazón Rey de Westfalia, lo tentara a abandonar dicha ciudad. La confianza de Beethoven en sus poderes como compositor era muy elevada, y el año de 1809 vio la espléndida continuación del flujo que comenzó en 1803 con la “Heroica”. En esta época, sin embargo, los aires son más tranquilos, menos conscientemente aventureros y más animados por el sentido de consolidación que por el deseo de seguir explorando. Aunque las exploraciones de Beethoven aún no terminaban, pues todavía estaban por venir sus asombrosas obras finales, en este período se dedicó a dar los últimos toques a una fase central muy larga de su obra –podríamos compararla con los muros y las torres de una ciudad casi terminada.

Es muy significativo que aparentemente, en 1809 Beethoven estuvo ocupado con dos corrientes de pensamiento, y que ambas comunicaran cierta sensación de fuerza tranquila. Todo parece indicar que sintió fascinación por la tonalidad de mi bemol mayor (ese año terminó tres obras importantes en dicha tonalidad: el Quinto Concierto para piano, el majestuoso Cuarteto para Cuerdas Opus 74 y la Sonata para Piano, Opus 81a, cuyo subtítulo es “Les Adieux”, y que se dedicó a investigar las posibilidades que ofrecían las formas pequeñas y más intimas como las Sonatas para piano Opus 78 y Opus 79 (en fa sostenido y sol mayor respectivamente, de las cuales aquélla es una de sus obras más exquisitas), y las seis encantadoras canciones del Opus 75. Por lo que hace a la mera productividad, en 1809 no disminuyó en absoluto, aunque sí es inconfundible ese ambiente de reposo en el que ya le era posible disfrutar, por el mero gusto de hacerlo, de facultades para cuyo desarrollo había tenido que dedicar esfuerzos gigantescos en épocas anteriores.

Palacio del Principe Lobkowitz. Pintura de Feri Schwarz

Percibimos además cierta sensación nueva de homogeneidad, cuando menos en un sentido: en el final de “Les Adieux ” descubrimos puntos de verdadero contacto con el último movimiento del Quinto Concierto para piano, puesto que ambos contienen pasajes creados de manera muy similar. Es poco frecuente encontrar estos detalles de afinidad en las obras de Beethoven porque normalmente, cuando trabajaba en dos obras a la vez, las hacía totalmente disímiles en todos los aspectos posibles. Cuando en años anteriores encontraba algún punto de semejanza, por trivial que fuese, solía hacer reformas drásticas. Tal fue el caso de la Obertura Vamensfeier cuando notó en ella cierta similitud con el Scherzo de la Séptima Sinfonía. Sin embargo, en 1809 ya tomaba las cosas con más tranquilidad. Ese año lo podemos considerar como el de “mi bemol de Beethoven, pero de un mi bemol más cómodo que el de la “Heroica”.

Claro que de ninguna manera se puede decir que Beethoven se sentía sereno consigo mismo, y eso nos demuestra que el arte no tiene relación alguna con los estados de ánimo. La subjetividad romántica del compositor estaba, como siempre, separada de su conciencia artística. Su sordera era casi total. Durante el bombardeo de Viena ocurrido ese mismo año lo encontraron cubriendo su cabeza con cojines, en un esfuerzo patético por salvar los últimos vestigios de su facultad auditiva. Su vida emotiva en relación con las mujeres seguía siendo infeliz, mas desde el punto de vista físico su salud era buena, y quizás a ese hecho más que a otro se deba la sensación tan

formidable de bienestar que llena su música de esta época.

Beethoven y Goethe en Teplitz. Grabado de E. Prickerdt

Los tres años siguientes vieron cierto aumento en la severidad del arte de Beethoven, y, en el Cuarteto en fa menor de 1810, cierto enfoque nuevo y violento. Las Sinfonías Séptima y Octava, que compuso con meses de diferencia durante 1812, muestran en formas distintas pero complementarias cierta curiosa autosuficiencia, cierta reciedumbre, cierta severidad burdamente labrada y cierto humor desafiante que sólo puede expresar el hombre que en su vida ha pasado por algunas experiencias duras. Ambas obras poseen esa aspereza hasta cierto punto característica de la madurez que ha traspuesto su fase central de seguridad y confianza, y empieza a evidenciar los efectos del tiempo. Puede ser significativo que en esa época la salud de Beethoven no fuera ya tan buena. Fue entonces cuando le ordenaron que tomase las aguas en Teplitz y, según comentamos, al ir a tomarlas conoció a Goethe. De ser cierto que en esa época su personalidad se había tornado más árida (si consideramos válidas las impresiones de Goethe), no lo es en absoluto que haya llegado a ser tan terriblemente arrogante como a veces se supone. La que sigue es una de las cartas más sensibles que escribió desde Teplitz a una niña de diez años que le había enviado una cartera bordada a mano por ella:

Mi querida y buena Emilia, mi querida amiga: Esta respuesta a la carta que me escribiste es tardía. Un cúmulo de negocios y la enfermedad constante me deberán servir de escusa, y mi presencia aquí, en búsqueda de salud demuestra su verdad. No le quites a Haendel, Mozart y Haydn los laureles que son suyos, y no míos. Tu cartera la guardaré junto con las muestras de respeto que he recibido de muchas otras personas, y que estoy muy lejos de merecer.

No te limites a practicar el arte, sino penetra en sus profundidades internas. Vale la pena hacerlo porque sólo el arte y la ciencia son capaces de llevar al género humano a niveles divinos. Si alguna vez necesitas de algo, mi querida Emilia, escríbeme con toda confianza. El verdadero artista no tiene orgullo; percibe, tristemente, que el arte no tiene límites, y también, pero tenuamente, cuán distante está de su meta. Mientras que otras personas quizás lo admiran, él mismo se da triste cuenta de cuánto le falta aun para llegar al lugar al que su óptimo espíritu le alumbra el camino como sol distante. Quizás yo prefiera comparecer ante ti y los tuyos que ante muchos individuos que son ricos, pero revelan su pobreza de alma. Si alguna vez visito H, te visitaré a ti y a tu familia. No conozco otra cualidad buena excepto la que otorga derecho a quien la posee a contarse entre los mejores hombres y mujeres, y donde quiera que los encuentre, ahí tendré un hogar.

Si quieres escribirme, querida Emilia, dirígeme tus cartas a este lugar, en el que pasaré cuatro semanas más, o a Viena no importa. Soy tu amigo, y el de tu familia.

Ludwig van Beethoven

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