Beethoven en las primeras reproducciones sonoras (I)

Ante la sorprendente invención que permitía registrar sonidos y reproducirlos, a cargo en sus orígenes, de Thomas Alva Edison -creador del fonógrafo en 1877, “para […]

Por Música en México mayo 2, 2020 Última Modificación julio 30, 2020

Ante la sorprendente invención que permitía registrar sonidos y reproducirlos, a cargo en sus orígenes, de Thomas Alva Edison -creador del fonógrafo en 1877, “para captar momentos familiares”, decía Edison- y de Emile Berliner –creador del gramófono en 1887-, surgió el gran producto del disco, que le dio un auge y transformación inusitada a la posibilidad de escuchar, disfrutar y conocer la música. No podemos imaginar cómo hubiera sido la evolución del conocimiento y de la difusión musical en el siglo XX, si a partir, sobre todo, de sus primeras décadas, no hubiera existido este inesperado invento.

Recordemos que hubo primeros experimentos, como el llamado “fonoautógrafo”, que permitía registrar sonidos, pero ¡sin la opción de reproducirlos; bonito chiste!

Con los inventos de Edison (el fonógrafo, que grababa en la superficie de cilindros, primero de cera, después de celuloide, que se desgastaban tras algunas reproducciones) y de Berliner (el gramófono, que ya usaba discos planos, elaborados de caucho, polímeros o de otros materiales, verdaderos abuelos de nuestros discos LP o de vinilo, que giraba sobre un plato mecánico gracias a la cuerda mecánica que le daba el oyente).

Sólo faltaba la aparición de la bendita electricidad y de diversas formas de motores que hicieran girar el plato a la velocidad necesaria para que la invención fuera completa.

Al principio, el sorprendente fenómeno de la grabación fue mediante un procedimiento mecánico: con una vibración metálica se efectuaba y “grababa” un surco en los mencionados cilindros y discos que podían guardar el sonido y reproducirlo con el mismo aparato “grabador” y mediante una aguja similar a la usada para “grabar”.

Con la llegada de la electricidad el proceso ya fue tecnológico y se logró mejorar y facilitar la grabación y la reproducción. El sonido aún sería primitivo, pero el siglo XX fue testigo del intento de mejorar progresivamente la calidad, la limpieza, la fidelidad y la belleza de la reproducción.

No debe extrañarnos que se dieran entonces las primeras acciones de registrar, no sólo los ruidos propios de un lugar determinado, sino las voces de personalidades ilustres de la época.

Las primeras estrellas del surco

Así se hizo la grabación de la voz del Papa León XIII, cuando la Gramophone & Typewritter Company acudió al Vaticano para registrar la primera voz conservada de un papa, lo cual permitió descubrir y grabar, entre 1902 y 1904, al último verdadero “castrato” -o cantante castrado- ALESSANDRO MORESCHI, último sobreviviente activo de esa atroz y cruel costumbre pseudo-musical, permitida, propiciada y disfrutada, durante 3 siglos, por empresarios, compositores, la aristocracia melómana, las familias de los niños cantantes y hasta por el ámbito eclesiástico.

ALESSANDRO MORESCHI, estaba aún al servicio del Vaticano como solista y, a ratos, director del Coro Sixtino; al enterarse, los ingenieros de la mencionada compañía, solicitaron grabarlo, realizando en cilindros de cera al menos 17 obras con Moreschi, como solista y sobresaliendo en el coro. Así se logró preservar esa voz, algo deficiente por la edad, pero tan bella, lánguida y misteriosa, que nos pareciera “salir de ultratumba”; cuando sabemos de quién procede y las circunstancias de su existencia, es imposible no quedar impactados y emocionados al escucharlo por vez primera.

Entre otras curiosidades y primeras joyas sonoras más cercanas, debemos mencionar el valiosísimo acervo de la Fonoteca Nacional, entre los que se puede escuchar grabaciones de Porfirio Díaz, enviando un saludo o “mensaje a la Nación”, o el mensaje de Lázaro Cárdenas con motivo de la expropiación petrolera.

No debe extrañarnos que, por las mismas características de tan novedoso invento, los cantantes e intérpretes de moda, muchos de la música clásica pero también de la música vernácula, quisieran guardar su voz para la posteridad. Y por supuesto, hubo el imperativo económico comercial de las compañías grabadoras y editoras de discos, que fueron apareciendo ante la voz embrujada de su amo.

Estábamos a las puertas de la grabación musical en serio. El maravilloso fenómeno de la interpretación ya nunca más sería efímero, ni se perdería después de ser tocada o cantada una obra musical, una canción, un ritmo de moda; ya se podría repetir la experiencia una y otra vez. ¡Y en la propia casa! ¡Y hasta en el trabajo después!

El primer tocadiscos hacía su entrada triunfal a las casas en 1925.

Regresando al principio, las limitaciones del caso facilitaban el registro de una voz con su acompañante y Enrico Caruso tenía que ser el ilustre pionero de la experiencia: en 1902 graba la canción Germania de Alberto Franchetti, entonces famoso compositor del verismo, y Vesti la giubba, la famosa aria de la ópera Payasos, que entonces vendería más de un millón de piezas y, en 1904, su autor, Ruggero Leoncavallo le compone a Caruso la primera canción escrita especialmente para ser grabada, Mattinata.

En el contexto de la música clásica, que ocupa nuestra atención, también predominaban las grabaciones para un instrumento como el piano: Josef Hofmann, precursor de precursores, niño prodigio sin par, a quien en 1888, con menos de 12 años, Thomas Edison tuvo que sentar en sus rodillas para que tocara ante una “grabadora de cilindro”, posteriormente, en 1903, legó para el cono mágico la Marcha militar núm. 1 de Franz Schubert, la primera de muchas decenas de obras para piano que grabó Hoffmann el primer gran virtuoso del disco.

Beethoven, por primera vez

Y como se trata de nuestro admirado Ludwig van, a reserva de posibles hallazgos recientes, todo indica que la primera grabación de una obra de Beethoven pudo ser la que ¡en septiembre 1889! realizaron de la Romanza en fa mayor para violín y piano, Opus 50, “Herr Krahmer y Herr Schmalfuss”, como reza la etiqueta, sin más identificación factible. Por supuesto, con el sonido inevitablemente desastroso que podía permitirse el aún primitivo sistema.

Pero para “documentar nuestra tristeza”, ya en ese mismo año de 1889, el gran compositor JEAN SIBELIUS, quien también había sido un excelente violinista, tocaba la misma Romanza con la Orquesta Académica de la Universidad de Helsinki pero, ¡Oh!, es sólo una ilusión pensar que en ese momento se hubiera podido hacer una grabación de la misma, ¡una joya de aún mayor valor por razones evidentes! ¡Jean Sibelius como intérprete de la primera grabación de una obra de Beethoven!

Fuente: Luis Pérez Santoja para OFUNAM

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