Beethoven en México: los primeros años (1820 – 1850)

Cuántas veces hemos escuchado la sigla de “El Chavo del Ocho” silbando su contagiosa melodía sin saber, que lo que estábamos repitiendo eran las mismas notas Beethoven había utilizado para su “marcha turca”.

Por Música en México mayo 12, 2020 Última Modificación julio 30, 2020

Cuántas veces hemos escuchado la sigla de “El Chavo del Ocho” silbando su contagiosa melodía sin saber, probablemente, que lo que estábamos repitiendo eran las mismas notas que, hace más de doscientos años, Ludwig van Beethoven había utilizado para su “marcha turca” como parte de la música incidental del drama Die Ruinen von Athen (Las ruinas de Atenas) de August von Kotzebue (1811). Y cuántas veces hemos caminado en la Alameda de Ciudad de México sin darnos cuenta de que la estatua que domina la rotonda principal que da al Palacio de Bellas Artes, representando a un hombre rezando a los pies de un ángel dominado por la máscara mortuoria de Ludwig van Beethoven, es un maravilloso homenaje que la comunidad alemana de la capital quiso regalar a México el 17 de septiembre de 1921. El pasado musical nunca deja de sorprendernos, sobre todo cuando vuelve a aparecer en nuestro presente en formas y espacios tan cercanos y familiares: en el caso de Beethoven y México la relación es, sin lugar a duda, sorprendente, pero mucho más fascinante y radicada de lo que estos ejemplos anecdóticos parecen indicar. A partir de hoy, en Música en México, vamos a celebrar los 250 años del nacimiento de Beethoven con un breve recorrido a través de esta inesperada pero sorprendentemente familiar relación, con sus historias, obras y protagonistas, comenzando desde su llegada y difusión en la sociedad mexicana después de la independencia. 

Beethoven doméstico

A pesar del triunfo de la ópera italiana de Rossini y sus seguidores, el México independiente siguió alimentando con pasión la difusión y el crecimiento de la música instrumental, una difusión que, además del tradicional repertorio italiano y francés, muy pronto comenzó a incluir también obras alemanas de Mozart, Haydn y, también, Beethoven. No sabemos exactamente cuándo y cómo la música de Beethoven llegó a México en las primeras décadas del siglo XIX, pero sí podemos afirmar con seguridad que, a partir de 1820/1830 sus obras eran ya parte estable del universo musical de las élites mexicanas. En 1826 el periódico El Sol publica una página de anuncios para la venta de partituras para uso privado en donde, entre las distintas obras de Rossini y sus transcripciones para piano y voz, aparece una breve nota: “(Se vende) una numerosa y excelente colección de oberturas, sinfonías, entreactos y otras varias piezas de los autores más afamados como Rossini, Bethoven, Kérubini, […]”. Más allá de errores ortográficos, esta breve nota revela un elemento fundamental sobre la primera etapa de la relación entre Beethoven y México: su música llega a la capital y a otras ciudades de la república como repertorio doméstico, es decir como música para piano (sonatas, pero también, como en este caso, obras sinfónicas transcritas para piano), para el gusto y el deleite de las élites, en oposición a la ópera italiana que seguía dominando en los teatros de la capital. 

La idea de Beethoven

A lo largo de toda la primera mitad del siglo XIX, como demuestran los más recientes estudios de Yael Bitrán Goren y Ricardo Miranda, Beethoven en México fue percibido como compositor eminentemente privado. Volvamos nuevamente a la prensa mexicana de esos años y, precisamente, a una reseña sobre el género del vals publicada en 1843 que, por tan amanerada y retórica que nos pueda parecer, revela detalles fundamentales de la relación entre México y el genio alemán. “La obra maestra en este género es el vals compuesto por Beethoven, vals que recorre toda Alemania como un ángel consolador cuando se aparece en los momentos de un triste deseo, que hace que dirijamos la vista al cielo o a los montes azulados, detrás de los cuales se complace la fantasía en figurarnos un ser querido que está ausente, o del que nos separa la suerte. Si en esta disposición del alma y a la hora del crepúsculo sentís el corazón como sofocado por el deseo que le llena, corred al piano y tocad este vals y seguid tocándole hasta que un torrente de lágrimas os inunde las mejillas y aun cuando os embriaguéis en vuestro propio llanto, seguid tocándolo este vals, y os levantareis aliviado con el corazón lleno de deliciosa esperanza” (El Siglo Diez y Nueve, 10 de mayo 1843).

No importa que el vals mencionado sea el Vals del deseo muy probablemente de Schubert y haya sido publicado en 1828 con el nombre de Beethoven (sabemos que el nombre de Schubert alcanzó su merecida fama solo en los años 40 del siglo XIX, más de diez años después de su muerte (Schubert, del olvido a la gloria) lo que aquí nos interesa es la idea, real o irreal, que los mexicanos tenían de la música y del nombre de Beethoven, así como las fantasías y las emociones que su música generaba en ellos. Entre 1820 y 1850 sus obras para piano alimentan y amplifican los deseos de social y estereotipada emotividad de la burguesía mexicana en un proceso de emulación de los modelos culturales que más frecuentemente llegaban de Londres y París. El escenario ideal era, casi siempre, la sala de una rica mansión de la capital o uno de los grandes salones, como La Lonja, donde las elites se reunían a conversar y tomar licores y comer helado escuchando música europea, lejos de la confusión urbana y promiscua que se vivía en los teatros de la ópera. Pero tampoco podemos olvidar, como parece indicar la misma reseña, el espacio privado en donde tanto las damas como los caballeros de la sociedad mexicana vivían su propia relación con la música. En estos contextos la música favorita no era, como es hoy, el amplio repertorio de sonatas o de conciertos para piano, demasiado complejos y atormentados para los amables oídos de las élites mexicanas. Al contrario, el público de esa época buscaba valses, danzas y piezas agradables que pudieran amenizar con gusto momentos de convivialidad y refinamiento. Pero cuando, con la segunda mitad del siglo XIX, la sociedad mexicana comenzó a cambiar abriéndose a las nuevas inquietudes procedentes de Europa tras la revolución de 1848, su relación con la música y con las obras de Beethoven se fue moviendo hacia nuevos horizontes: el de sus sonatas, sus sinfonías y, poco más tarde, de sus óperas.

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