Concierto triple (violín, cello, piano y orquesta) op. 56 en do mayor

A Beethoven jamás se le hubiera ocurrido componer conciertos para oboe o para corno, o para otros instrumentos que sí fueron abordados por sus predecesores Haydn y Mozart.

Por Música en México marzo 1, 2020 Última Modificación marzo 14, 2020
Martha Argerich, piano
Renaud Capucon, violín
Gautier Capucon, cello
Orquesta Juvenil Simón Bolívar, dirige Gustavo Dudamel 

Si hiciéramos un brevísimo análisis de la relación entre Ludwig van Beethoven y ciertos instrumentos musicales, lo mejor sería comenzar por afirmar que en el aspecto de la elección instrumental el gran compositor de Bonn no fue ni atrevido ni explorador ni revolucionario. A Beethoven jamás se le hubiera ocurrido componer conciertos para oboe o para corno, o para otros instrumentos que sí fueron abordados por sus predecesores Haydn y Mozart. Y mucho menos se le hubiera ocurrido escribir conciertos para una enorme variedad de instrumentos, como lo hicieron Telemann y Vivaldi en el barroco. A partir de esto, podemos hallar al piano en el primer lugar de las preferencias instrumentales del señor Beethoven.

¿Y el violín? Beethoven no olvidó el violín, al que dedicó también algunas interesantes obras de cámara y, sobre todo, su hermoso Concierto Op. 61. ¿Y el violoncello? Aquí es donde Beethoven decidió mantenerse en el camino conservador, ya que no compuso conciertos para este instrumento, aunque le prestó alguna atención en su música de cámara, sobre todo a través de una muy atractiva serie de sonatas. Es por ello que hay quienes afirman que el Triple concierto es lo más cerca que Beethoven estuvo de crear un concierto para violoncello.

La historia registra que allá por 1803 Beethoven tuvo entre sus alumnos de piano al joven archiduque Rodolfo de Austria, hijo del emperador Leopoldo II y hermano de otro emperador, Francisco II. Cuentan los historiadores que las habilidades pianísticas del joven archiduque eran muy limitadas, y que ello explica la configuración de la parte de piano del Triple concierto, escrita por Beethoven pensando precisamente en su aristocrático alumno. Las otras dos partes solistas del concierto fueron evidentemente concebidas para músicos de mayor técnica y experiencia, siendo la más difícil de ellas la parte del violoncello. Así, la estructura del Triple concierto fue diseñada por Beethoven para una dotación de solistas que incluía al archiduque Rodolfo en el piano, August Seidler en el violín y Anton Kraft en el violoncello. Entre las muestras que pueden hallarse de la dificultad diversa de las partes solistas está sobre todo el hecho de que en la parte del piano hay muchos pasajes paralelos para las dos manos, poco trabajo de acordes y muy pocos intervalos grandes. En cambio, la parte del violín es más madura y exigente, y ya prefigura algunos de los hallazgos expresivos que Beethoven incluiría en el Concierto Op. 61.

Cabe recordar que algunos musicólogos, como Deryck Cooke, nos informan que para resolver ciertos problemas de balance sonoro en su Triple concierto, Beethoven dio un gran relieve a la cuerda más aguda del violoncello, que así puede dialogar con el violín de manera más equitativa, como si fuera una viola.

El Triple concierto fue terminado por Beethoven en 1804, mismo año en el que puso a su Sinfonía Heroica una dedicatoria a Napoleón, para retirarla de inmediato al enterarse de que Bonaparte se había proclamado emperador. La partitura del Triple concierto fue publicada en 1807, y su primera ejecución pública se realizó en 1808.

Fuente: Juan Arturo Brennan para la OFCM

Concierto para violín y orquesta op. 61 en re mayor

Hilary Hahn, violín
Orquesta Sinfónica de Detroit, dirige Leonard Statkin

El Concierto para violín de Beethoven se cuece aparte. Terminado en 1806, fue el único gran concierto para violín entre los de Mozart de 1775 y el de Mendelssohn de 1844. 

Beethoven no había escrito ningún concierto para violín hasta que Franz Clement, el popular director de la Orquesta del Teatro de Viena, se le acercó con un encargo. El resultado, completado a tiempo, se estrenó en un concierto benéfico para el mismo violinista el 23 de diciembre de 1806. Johann Nepomuk Möser expresó opiniones encontradas en su informe para una revista teatral vienesa:

El excelente violinista Clement también tocó … un Concierto para violín de Beethoven, que debido a su originalidad y varios bellos pasajes, fue recibido con mucho agrado. El genuino arte y gracia de Clement, su poder y dominio perfecto del violín … fueron recibidos con aplausos ensordecedores. En cuanto al Concierto de Beethoven, el veredicto de los expertos es unánime; si bien reconocen que contiene algunas cosas buenas, están de acuerdo en que la continuidad a menudo parece estar completamente interrumpida, y que la repetición interminable de algunos pasajes podría resultar agotadora.

Evidentemente, el público vienés, con la brillantez superficial de los conciertos de Viotti y Spohr en sus oídos, quedó perplejo por la contribución de Beethoven, incluso cuando la velada los complació. Este fue un concierto para violín de una sustancia sin precedentes. Aunque los movimientos se dividieron, con el segundo y el tercer movimiento tocados después del intermedio, sólo la duración del primer movimiento (de más de 20 minutos) habría sorprendido a más de uno.

Además, el concierto era lírico y serio en lugar de brillante y llamativo, como si estuviera hecho a medida para el estilo de interpretación de Clement, un poco anticuado y no particularmente robusto, pero imbuido de “elegancia y brillo”. La parte solista no es fácil, pero Beethoven minimiza la “confrontación” virtuoso- orquesta que se espera en un concierto. En cambio, destaca los contrastes dramáticos entre las ideas temáticas y construye una estructura expansiva. El efecto es el de una sinfonía con el violín solista tomando la parte principal.

Este concierto-sinfonía se anuncia mediante cinco golpes del timbal, un motivo que, como un latido, domina la totalidad del primer movimiento (Allegro ma non troppo). Como era habitual, la orquesta presenta los temas principales en una exposición larga y lírica, comenzando con un tema radiante en los instrumentos de madera, antes de que el violín solista entre con una ornamentación equilibrada de octavas y su interpretación serena del mismo material. Sin embargo, el solista debe esperar casi hasta el final del movimiento, antes de que Beethoven le entregue el hermoso segundo tema, tocado con gran efecto en la cuerda más baja del violín.

El segundo movimiento, Larghetto, tiene algo del carácter de los primeros romances, junto con una cualidad que Donald Tovey describió como una “inacción sublime”. Al escuchar los arabescos de filigrana de la parte solista, es fácil imaginar la “ternura indescriptible” de la interpretación de Clement, e igualmente fácil olvidar que el solista realmente nunca tiene la melodía.

El mismo Clement había escrito un concierto para violín, también en re mayor, que se estrenó en 1805, compartiendo el programa con la Sinfonía Heroica de Beethoven. Sin duda, este trabajo proporcionó un modelo técnico para Beethoven, y la historia dice que Clement propuso el estribillo de salto para el rondó de caza que concluye el concierto de Beethoven. Este tema de rondó es introducido por el violín solista, nuevamente usando sólo la cuerda de sol, tal vez haciéndose eco de la afición de Clement por los trucos de fiesta: después del primer movimiento del concierto, Clement tocó una pieza propia, en una cuerda, ¡sosteniendo el violín boca abajo!

Tal truco no hubiera sido posible entre el segundo y el tercer movimiento, que están unidos por una cadencia en solitario que lleva a la música entre las variaciones ingeniosamente orquestadas del Larghetto y la energía del final bullicioso.

El concierto recibió una segunda ejecución en 1808, pero luego fue más o menos olvidado hasta 1844, cuando Joseph Joachim, de 13 años, lo tocó en Londres bajo la dirección de Felix Mendelssohn. Desde entonces, ha asumido el lugar que le corresponde, no sólo como elemento básico del repertorio, sino como una piedra de toque musical que se mantiene sola, en compañía de los grandes conciertos para violín.

Fuente: Yvonne Frindle para la Orquesta Sinfónica de St. Louis

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