La música en la antigua Roma

Publicado: enero 21, 2018 Última Modificación enero 21, 2018 Por: adminmusica

Por Francesco Milella

Pasar de la cultura griega a la romana pueder ser decepcionante para muchos. En el mundo helénico, a partir de Atenas, toda forma artística (incluida la música) ocupaba una posición dominante tanto en la vida pública como en la privada de una comunidad: el arte, la música, la literatura y la escultura tenían implicaciones políticas, morales, espirituales y filosóficas, y, por lo tanto, eran consideradas un elemento esencial e insostituible en la formación de los ciudadanos y de las personas. En fin, el arte no era solamente un adorno de la cotidianidad, sino el motor, el corazón de todo el mundo griego. Al extremo opuesto, el mundo romano, cuyos orígenes y costumbres culturales eran menos nobles que los de los griegos (resulta el caso del primer emperador, Augusto, que pidió a Virgilio un poema mitológico que pudiera ennoblecer el nacimiento de Roma y de su pueblo, la Eneida).

En su origen (siglo V-II a.C), los Romanos, descendientes de los pastores y campesinos de las regiones centrales de Italia, habían desarrollado lenguajes artísticos pobres y primitivos, sobre todo en comparación con las primeras formas artísticas de los griegos. Durante la primera etapa de consolidación de Roma, la música comenzó a desarrollarse como simple adorno en los eventos públicos y privados de las primeras comunidades de romanos: banquetes, bodas, funerales y espectáculos teatrales incluían a menudo momentos musicales con instrumentos (de cuerda y aliento) y bailarines, elementos y lenguajes importados de la cultura etrusca, en aquel entonces la más cercana a Roma. Con la estabilización del mundo romano, y su consecuente expansión en Italia y en Europa, la música comenzó a estructurarse adaptándose a los nuevos ritmos de la sociedad civil y de sus cada vez más importantes y frecuentes fiestas civiles y religiosas. Las agonalia, las lupercalia, las bacchanalia, los ludii apollinares y los saeculares, entre otros: cada celebración, civil o religiosa que fuera, solía incluir representaciones musicales fastuosas y majestuosas de caracter militar y civil (frecuente debió de ser el uso de instrumentos de percusión y de aliento), con el fin de poder incluir a todos los participantes.

Más allá de estos eventos públicos, elemento clave para entender la identidad profunda del mundo romano, la música siguió acompañando la expansión de Roma de forma sumamente superficial sin nunca lograr ocupar una posición relevante. Ni la conquista del mundo griego en 146 a. C., con la definitiva caída de Corinto, fue capaz de desencadenar un cambio real en la identidad musical de los romanos. La historia nos enseña que, a partir de esa fecha, la cultura helénica, a través de la literatura, la escultura y la arquitectura, comenzó a ocupar todos los espacios de la cotidianidad latina marcando una nueva ruta en la vida cultural de Roma: a partir de la herencia griega, los romanos comenzaron a desarrollar nuevos lenguajes y nuevas formas culturales capaces de fortalecer su identidad y su poder en toda Europa.

Curiosamente, la música se mantuvo al margen de todo este proceso cultural limitándose a llenar vacíos culturales que Roma nunca había sido capaz de desarrollar autónomamente.  Frente a la tradición musical griega, con sus amables bailarines, sus elaborados instrumentos musicales y sus sofisticadas leyes armónicas, los romanos comenzaron a copiar e importar vorazmente cada elemento adaptando lenguajes y formas a sus necesidades más concretas: la música griega entró en las fiestas civiles y religiosas, en los teatros, en las escuelas, en los banquetes, en los momentos familiares… En fin, conscientes de su inferioridad cultural y de la necesidad de elevar su vida artística, los romanos interiorizaron completamente la cultura y la música griegas identificándose en ellas por casi cuatro siglos, desde la república al imperio, hasta las primeras invasiones de los bárbaros a partir del IV siglo a. C.

A lo largo de su historia, la música latina, a pesar de los intensos contactos con el mundo griego, se mantuvo siempre al margen de la vida política e inclusive cultural de Roma, incapaz de forjar su espíritu y su identidad. La llegada de los bárbaros marcó de hecho el capítulo final de una vida musical en muchos aspectos inexistente o, por lo menos, demasiado débil para poder superar los peligrios de la historia. Frente a tanto silencio, será fácil para las nuevas comunidades de cristianos elevar su canto de fe y esperanza y dar inicio a lo que hoy conocemos como música medieval.

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