La música en la Edad Media: el reino de la luz.

Publicado: febrero 5, 2018 Última Modificación febrero 5, 2018 Por: adminmusica

Por Francesco Milella

Después de la gloria de la antigüedad, de las deslumbrantes bellezas de Atenas y de Roma, entrar en lo que hoy conocemos como Edad Media suele ser, para muchos, definitivamente decepcionante: por un lado, ciudades e incluso imperios luminosos, espacios abiertos sobre el Mediterráneo, culturas refinadas y personas en constante diálogo a través de la filosofía, el arte y la literatura, en una suerte de anticipación  milenaria de la globalización actual; por el otro, un mundo cerrado, paralizado por el miedo, la desconfianza y la incertidumbre, con muros y castillos por doquier y caracterizado por una religiosidad obsesiva y totalitaria que parece sofocar cualquier libertad y manifestación artística. Acercarse a la cultura medieval nunca es fácil y tampoco lo es encontrar, más allá de las apabullantes arquitecturas góticas y de algunos célebres versos del Infierno de Dante, lenguajes y formas accesibles, capaces de despertar inmediatamente, sin preámbulos, las emociones que nos generan obras de arte de otras épocas. Dejando a un lado los prejuicios de muchos, la cultura medieval no deja de ser compleja, críptica y misteriosa, densa de implicaciones teológicas y filosóficas: su historia nos asusta, a veces nos aburre; sus protagonistas, casi deshumanizados por un exceso de espiritualidad, nos parecen lejanos y poco comunicativos, y sus espacios, obscuros e impenetrables como los castillos de los cuentos de hadas, nos acogen con distancia. Todo esto en un espacio temporal de más de mil años.

Afortunadamente, en años más recientes, la extraordinaria labor de historiadores como Régine Pernoud y Jacques Le Goff han cambiado drásticamente la imagen que por siglos hemos tenido de esa infinita época histórica. Eliminando el polvo que siglos y siglos de historia habían depositado sobre el mundo medieval, nuestra sociedad fue finalmente descubriendo una nueva Edad Media, la verdadera: un universo dominado por la luz y la fantasía, por la belleza y el detalle, por el amor total, la elegancia y la sabiduría. Esto es la Edad Media: un momento esencial de nuestra historia en la que el hombre, frente a la destrucción total de su mundo (el imperio romano), busca de forma tierna y sorprendente construir uno nuevo, y lo logra más allá del miedo y los grandes errores,  pero también con impresionantes esfuerzos y maravillosos resultados.

De todos los resultados que el mundo medieval alcanzó a lo largo de mil años, la música es, sin lugar a duda, uno de los más sorprendentes. Aunque en este momento no se nos ocurra ningún compositor o melodía en nuestra cabeza, la música medieval, en realidad, no nos es tan desconocida: ¿cuántas películas, cuántos anuncios, discos metal y rock, e incluso videojuegos, han tratado de reconstruir su identidad a veces exagerando o incluso alterando sus formas y sus lenguajes? ¿Quién no identifica los trovadores medievales en el simpático gallo que nos da la bienvenida en Robin Hood de Walt Disney? ¿Quién no ha imaginado la espiritualidad obscura, casi satánica de los monjes en las catedrales del Norte de Europa al interpretar coros del canto gregoriano, místico y sobrehumano, a través de las múltiples películas y series que cada día Hollywood nos ofrece?.

Aunque parezca sorprendente, la verdad histórica no está tan lejos de la versión que la televisión nos ha contado hasta hoy: no faltarán las ocasiones para demostrarlo. Pero lo que hoy nos interesa no es tanto la reconstrucción de nuestro presente, sino el descubrimiento del pasado, de los hechos, de los nombres, de las voces y de los instrumentos que fueron construyendo poco a poco uno de los capítulos más interesantes y complejos de la historia de la música. Estamos entrando en un momento fundamental de nuestro largo camino musical: la Edad Media marca definitivamente la fractura con el mundo antiguo, rompe lentamente el silencio en el que, a partir de la dolorosa -y para muchos apocalíptica- caída del Imperio Romano, fue entrando el mundo europeo, marcando, lenta e inexorablemente, el nacimiento de la música moderna.

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