Amor y melancolía: trovadores y troveros

Publicado: mayo 5, 2018 Última Modificación mayo 6, 2018 Por: adminmusica

por Francesco Milella

En el imaginario que cada uno de nosotros tiene de la Edad Media, el Gallo que abre la película de Robin Hood (Walt Disney) ocupa una posición especial: es el prototipo ideal del músico medieval, el juglar perfecto que todos, con un poco de ingenuidad, nos imaginamos. En realidad, al verlo vestido de verde cantando las aventuras de Robin acompañado por su laúd, no estamos tan equivocados. Porque, en efecto, lo que Walt Disney quiso realizar con su retórica no es más que la traducción libre y moderna de las figuras más bellas y complejas de toda la Edad Media: el trovador (o trovero). Pero, lejos del cine y sus lógicas narrativas (Robin Hood es solo uno de los tantos ejemplos que Hollywood nos ofrece), ¿quién era realmente el trovador? ¿Cuál era su verdadera identidad histórica y musical?

El trovador (o trovero) es, “simplemente”, un músico-poeta. La palabra trovador nace, muy probablemente, del verbo occitano “trovar”, es decir, “inventar literariamente”: en efecto, su arte se define por la unión libre e improvisada entre canto – siempre monódico y en lengua romance sobre textos de su propia invención – y acompañamiento instrumental, sencillo y esencial ya que tenía que ser realizado por instrumentos que él mismo fuese capaz de tocar autónomanente. La inspiración del trovador (o trovero, pronto definiremos esta diferencia) nace directamente del mundo feudal y de sus castillos, de sus damas bellas e inalcanzables y de sus valerosos caballeros. Un mundo aristocrático, utópico e imaginario, que el trovador, amador solitario y melancólico, canta y elogia con un lenguaje musical y literario de extraordinaria dulzura y encanto.

La aventura musical y literaria de los trovadores abarca una zona geográfica amplia, desde el norte de Italia llega hasta Francia y España, con influencias muy fuertes también en Alemania; en cada región su figura adquiere nombres y características lingüísticas y sociales diferentes.  Por ejemplo, el trovador, paradigma de toda la categoría, es en realidad el poeta-músico de Provenza, en el sur de Francia, con su derramamiento en Cataluña e Italia del norte: cualquiera que sea su origen geográfico, sus textos son en idioma occitano. La mayoría de ellos, al pertenecer a clases sociales más bajas, trabajaban para los ricos aristocrátas de la región. La melancolía y la soledad de sus textos nace por lo tanto de la conciencia de su inferioridad al cantar la belleza de la dama de su señor o el valor de un caballero, elementos esenciales de lo que hoy se conoce como “amor cortés”. Moviéndose hacia el norte, el trovador cambia su idioma y su nombre transformándose en trovero, abandona la langue d’oc para cantar y componer en langue d’oil, dialecto del cual nacerá el francés moderno. Los troveros, al contrario de los trovadores, solían ser nobles, artistocrátas y caballeros. El tono de los troveros está, por lo tanto, menos determinado por su condición social. Elemento fundamental de la estética de los troveros es la nostalgia por un mundo, el propio, que la llegada del nuevo milenio y el inicio del urbanismo estaban lentamente deshaciendo. Últimos de la lista, los Minnesänger, traducción alemana, rígida y menos romántica, de lo que los troveros había desarrollado en el norte de Francia (los Minnesänger serán un modelo fundamental para la inagotable fantasía teatral de Richard Wagner: Tannhäuser era, de hecho, un trovador).

Aún cubriendo un espacio temporal de casi tres siglos (XI-XIV), todas estas experiencias viven su momento de máximo auge entre los siglos XI y XII, cuando todavía la cultura feudal podía seguir alimentando el arte de sus cantores: en esos siglos de transición de la Alta a la Baja Edad Media el arte trovador alcanza su máximo auge con Arnaut Daniel (1150-1210?, que el mismo Dante recordará en el Purgatorio), Sordello da Goito (1210-1269, la voz más importante de Italia), Folquet de Marselha (1155-1231), Bernard de Ventadorn (1130-1190), Marcabru (siglo XII, uno de los pocos trovadores satíricos), Jaufre Rudel (1125-1148?), Raimbaut de Vaqueiras (1180-1207), Giraut de Bornelh (11…-1220) y Guillermo IX, duque de Aquitania (1071-1137, considerado el fundador de la tradición). Sus trayectorias artísticas y biográficas, a menudo legendarias e inventadas, nos regalan una poesía de extraordinaria calidad, refinada y noble, entre rimas y frecuentes juegos retóricos. La música (lo poco que se conoce) nos parece discreta y delicada: una música en donde palabra y canto se mezclan de forma única y original, agradable y amigable.

Con el siglo XIV, en pleno medievo urbano, el arte de los trovadores se transforma en puro ejercicio literario e histórico. Desaparece su melancólica nobleza, su canto solitario y metafórico, pero permanece su herencia extraordinaria, una herencia capaz de revolucionar toda la música europea: con los trovadores, por primera vez la música descubre al individuo como creador y abandona la idea de una música como resultado de una comunidad (el canto gregoriano y, con ello, todo el repertorio coral romano). Nace así la primera figura de compositor.

 

Bernard de Ventadorn: Can vei la lauzeta mover

 

Guillermo IX de Aquitania: Farai un vers pos mi sonelh

 

Folquet de Marselha: Tant m’abelis

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