Concierto para violín y orquesta no. 2 op. 63 de Sergei Prokofiev

Publicado: septiembre 17, 2017 Última Modificación septiembre 17, 2017 Por: adminmusica

vLeonidas Kavakos, violín

Orquesta del Teatro Mariinsky, dirige Valery Gergiev

 

El Concierto para violín y orquesta no. 2 en sol menor de Prokofiev fue compuesto el año 1935 a petición del violinista francés Robert Soetens, que dio la primera audición de esta obra en el mes de diciembre del citado año en Madrid. Obligado es, en primer lugar, señalar la extraordinaria vitalidad de aquellos últimos meses de la República Española, también en el apartado de Conciertos para violín y orquesta (por ceñirnos al tema). En apenas cinco meses se estrenó en Madrid este Segundo Concierto de Prokofiev y en Barcelona el Concierto de Alban Berg. Con ocasión de este estreno Prokofiev visitaría por primera vez la ciudad en que había nacido su esposa Lina Llubera.

Es bien sabido que la personalidad de Prokofiev estaba mucho más ajustada al piano que a cualquier otra fórmula instrumental. Sus dos únicos Conciertos para violín están separados por más de veinte años de distancia y parecen haber nacido por demandas externas. Es cierto que la materia violinística de Prokofiev no alcanza la personalidad de su trabajo con el piano, pero es lógico. Por otra parte, ningún gran compositor del siglo XX, de los que han enriquecido el repertorio del concierto para violín, han sido violinistas. Sin embargo estos Conciertos de Prokofiev no dejan de ofrecer un estupendo diagrama de su personalidad creadora.

La estructura de esta obra encaja de manera natural en la del concierto tradicional en muchos aspectos. En primer lugar, su tonalidad, sol menor, es tan típicamente violinística como sólo lo es la de re (que es, por cierto, la tonalidad de su Primer Concierto); en segundo lugar, el Concierto se articula en torno a los tres movimientos clásicos: Allegro moderato-Andante assai-Allegro ben marcato, y los tres movimientos nos traen aromas clásicos.

En el primer movimiento se respira algo parecido a la dialéctica de la forma sonata. El primer tema se reconoce en el mismo origen, el violín solo arranca desde lo más grave del instrumento con un diseño de resonancias modales, la falsa regularidad rítmica juega aquí un papel importante; un Menos mosso en el compás 51 ofrece una idea del segundo tema, por supuesto con origen en el relativo mayor, Si bemol, aunque Prokofiev juegue aquí inmediatamente con el equívoco armónico; a partir de este momento la atmosfera de un desarrollo con diferentes momentos reexpositivos domina el transcurso del movimiento.

El segundo movimiento canta como un lento de amplias resonancias líricas dentro de la historia del violín (cómo no evocar el lento del Concierto para dos violines de Bach, en esa bella cantinela que se desgrana acompañada de un movimiento arpegiado).

El último movimiento se asemeja tanto a un Rondó, con sus temas populares y sus dobles, triples, y aún cuádruples cuerdas, que es difícil sustraerse a esa sensación. A pesar de esta fisonomía convencional todo el Concierto respira a través de la personalidad de Prokofiev, que construye a su manera, con ese sentido tan típico en él, como de rapsodismo mecánico y esa búsqueda de lo insólito para resolver cualquier proceso ya sea armónico, rítmico, instrumental o formal.

La orquesta que Prokofiev emplea en este concierto es clásica, sin trombones ni tuba, y algo enriquecida en la percusión. Con ella plantea una densidad instrumental muy liviana, dejando respirar ampliamente al solista. Por su parte, la escritura de la parte solista es muy violinística, como se dice en estos casos, pero no de un violinismo trascendente; de hecho, la sucesión de recursos del instrumento tienen algo de apriorísticos, de tópicos en este Concierto, aunque siempre matizados por la sinceridad e inmediatez compositiva de Prokofiev.

Este Concierto muestra también signos de su tiempo. En los años treinta Prokofiev ya ha superado su etapa de furioso maquinismo y comienza su residencia en la URSS. Un año más tarde de la composición de este concierto crearía su Romeo y Julieta, obra con la que muchos emparentan los momentos líricos de este Segundo, y último, Concierto para violín.

La obra muestra esa antigüedad a la postre trágica, que emana de la figura de Prokofiev. Demasiado bueno y brillante para ser un compositor de segunda fila pero con una extraña inquietud interior que le impedía concentrar todas sus calidades en una obra sin fisuras. Ruso en occidente y sospechoso en su país, demasiado moderno para unos y poco para otros, en realidad, Prokofiev tuvo esa extraña virtud de no dejar contento a nadie. Quizás tuvo mala suerte histórica: abandonó su país en el mejor momento artístico (la década de los veinte) y regresó a él en la ignominiosa década de los treinta. Cuando cantó a Lenin, Stalin y a los tópicos de la revolución sus amigos occidentales se negaron a entender el cambio, mientras que en su país no parecía suficiente. Su ambigüedad le mantuvo a salvo de tragedias como las de sus amigos Meyerhold, Einsenstein, e incluso su propia esposa, pero la mala suerte histórica le siguió hasta el final, cuando falleció (no demasiado mayor, a punto de cumplir los 62 años) sólo un día antes que Stalin, el más nefasto crítico musical de todos los tiempos.

Para la historia queda una obra difícil, demasiado buena y bella como para olvidarla, pero algo ambigua y desajustada para atravesar la difícil prueba de los siglos.

 

Fuente: clasica2.com

Comentarios

Suscríbete y recibe lo mejor de Música en México

Escucha música clásica en línea aquí