La música contemporánea en México (Segunda Parte)

Publicado: enero 14, 2014 Última Modificación enero 12, 2014 Por: adminmusica

Panorama de la minoría que esculpe con el sonido

En Instrumenta, ese porvenir estuvo simbolizado por Pablo Chemor (1981), el compositor más joven al que se le comisionó una fanfarria. Representa a la nueva generación de compositores mexicanos, la que releva a Mario Lavista, Víctor Rasgado, Jorge Torre, y a todos los que crecieron bajo el influjo de Carlos Chávez y Rodolfo Halffter; todos aquellos que quisieron experimentar y luego se echaron para atrás.

Se trata de un cambio generacional drástico, porque cuando un joven compositor busca vanguardias en México se encuentra con una ausencia (las academias mexicanas carecen de programas educativos integrales de música experimental).

Pablo Chemor cree profundamente “en la importancia del sonido, más allá de las notas, y su relación con el tiempo y el espacio, como eje constructor de la música”. Su filosofía artística resume el sentir de decenas de compositores nacidos entre 1970 y el 2000, la mayoría aún anónimos, que han tenido que aprender de manera autodidacta, sin mentores, grabando y manipulando sonidos en sus computadoras portátiles.

Es el caso de Tamara Bello, compositora en ciernes de 25 años: “Estuve en el Conservatorio (Nacional de Música) seis meses pero me aburrí terriblemente, yo quería grabar los latidos de mi corazón y construir sobre eso pero me regañaron e intentaron explicar que antes de poder hacerlo necesitaba saber cómo escribir una sonata al estilo de Bach. Es un sistema educativo anacrónico, una estupidez monumental”.

Tamara estuvo en Instrumenta 2013 y se acercó a dos de los maestros que impartieron clases, Pierre Yves Artaud y Christian Lindberg, quienes la asesoraron en la creación de Mi corazón es una granada y quiero que te explote en la cara, pieza electroacústica compuesta para cuatro sonidos manipulados con tecnología: latidos de corazón grabados en un cuerpo inmediatamente después de haber nadado media hora de pecho, explosiones de dinamita, viento nocturno en el bosque de Tlalpan y el grito de un vendedor de gas a las seis de la madrugada. “Estoy convencida de que mi labor, ahora desconocida, está completando una historia perdida del arte mexicano: la de la música experimental, que se enlaza con Antonio Russek o Manuel Rocha, esos mártires de la electroacústica en México, y tarde o temprano será reconocida”.

Mientras tanto, Pablo y Tamara son la minoría que en México esculpe con el sonido convertido en materia. No obstante, ahora el futuro parece menos oscuro; por lo menos en Oaxaca.

El futuro

“Nos interesan sobre todo los niños; ellos no tienen prejuicios y por eso en Instrumenta te encuentras con pequeños de ocho años disfrutando de una pieza de música aleatoria (creada al azar; los intérpretes improvisan parámetros como el pasaje, la afinación, la dinámica o el tiempo)”, dice Ignacio Toscano.

Academias, conservatorios, teatros y orquestas de tiempo completo en México han ignorado sistemáticamente la música experimental, una de las vanguardias paradigmáticas del siglo XX, y propuesto un panorama musical anclado en el siglo XIX. Es un atentado grave cuyo equivalente literario sería cortar la historia de las letras mexicanas en Manuel Altamirano y suprimir a Pita Amor, Gilberto Owen, José Revueltas, Inés Arredondo y Beatriz Espejo.

Instrumenta ha luchado en solitario, en su pequeño espacio de dos semanas al año, por revertir esta situación y difundir gratuitamente músicas donde, por ejemplo, ya no existen partituras o sobran los intérpretes.

En la última noche de Instrumenta 2013 (9 de noviembre), los alumnos dieron conciertos en las calles. En el corredor Macedonio Alcalá, Tamara reunió a un grupo de peatones al azar y les explicó que 4´33´´, de John Cage, es una obra silenciosa en la que no puede existir el silencio, un espacio vacío de 4 minutos 33 segundos que se va estructurando en torno a cualquier ruido ajeno que se produzca en el entorno (“No rechazo la melodía. La rechazo tanto menos cuando se produce por sí sola. Pero es preciso que empiece por no ser impuesta; no quiero obligar a los sonidos a seguirme”, es la postura de Cage).

Comenzó a correr el tiempo y una niña de tal vez 10 años tomó de la mano a su hermana chiquita y se pusieron en el centro del grupo; le pidieron a cada integrante del público que cantara su nana más querida. Las voces se encimaron y persiguieron, y sobre esta caótica fuga de canciones de cuna sonaron las campanas de la iglesia, un vendedor gritó “¡Hot dogs!” a pleno pulmón, cuatro borrachos se rieron, y la noche en el centro de Oaxaca se integró tan bien a la idea de la niña que, seguramente, la revolucionaria pieza de Cage tuvo en Instrumenta una de sus interpretaciones más interesantes en la historia de la música.

Fuente: Milenio


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