Los genes musicales II

Las ciencias genómicas nos permiten vislubrar lo que se esconde detrás de características complejas que han sido pensadas como “resultado del entorno”, y entre ellas está la capacidad musical.

Por Música en México abril 1, 2020 Última Modificación abril 1, 2020

Descubriendo las bases genéticas de la música

Por: Sergio Villicaña Muñoz

Con el descubrimiento de la estructura del ADN en 1953, científicos como Rosalind Franklin, James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins (entre muchísimos otros) abrieron la puerta a la era de la genética, y a principios del siglo XXI con el Proyecto Genoma Humano se abrió una puerta incluso más grande a la era de la genómica. Estas dos ciencias han dado origen al conocimiento extensivo y minucioso de una gran cantidad de organismos, y ha sido también una gran oportunidad para conocernos mejor a nosotros mismos.

Además de entender de una forma integral a las enfermedades y desarrollar los tratamientos adecuados, las ciencias genómicas nos permiten vislubrar de forma más clara lo que se esconde detrás de características complejas que durante mucho tiempo han sido pensadas como “resultado del entorno”, y entre ellas está la capacidad musical.

Numerosos genes se han asociado con la habilidad musical en diversos estudios. Los genes musicales I: Descubriendo las bases genéticas de la música Hemos dicho anteriormente que las “habilidades musicales” han de ser, para obtener resultados sensatos, lo más cuantificables posible, como la medición de “percepción de tono”. En el grueso de la población este rasgo puede estar mejor o peor desarrollado, pero en cualquier caso no significa que estemos especialmente dotados o impedidos musicalmente. ¿Podemos, pues, buscar algunas características a estudiar que sean menos comunes, y que nos lleven a encontrar más respuestas en el “origen de la musicalidad” en los seres humanos?

Habilidades raras y desórdenes aún más raros

Hay capacidades que —a diferencia de la percepción de tono, por ejemplo— sí reflejan una habilidad musical más fina, como el llamado oído absoluto. Éste consiste en poder escuchar cualquier sonido e identificar a qué nota corresponde. Aproximadamente 1 entre 1,500 personas tienen desarrollada esta cualidad. Aunque en un principio se pensó que la carga genética de dicha condición era muy alta, los estudios posteriores han descrito una clara relación entre el oído absoluto y el entrenamiento musical temprano. Sin embargo, este hecho sólo genera más interrogantes, pues no se sabe con certeza cuál puede ser la causa y cuál la consecuencia. Se puede pensar que se desarrolla oído absoluto gracias a un adiestramiento oportuno, pero otra hipótesis plausible es que —y asumiendo que existe predisposición genética— el oído absoluto sea el antecedente a que un niño reciba educación musical.

Por el otro lado, están algunas condiciones en las que los afectados tienen la incapacidad de detectar notas fuera de tono en melodías, o incluso no poder reconocerlas; se les conoce como amusia y pueden originarse por lesiones en el cerebro pero también pueden ser congénitas. Se ha visto que esta condición existe en el 3% de la población, pero la probabilidad de sufrir amusia aumenta hasta 39% en familias en donde al menos un miembro la padece. Esto último sólo puede ser indicador de un componente genético en la amusia congénita.

En los últimos años han aumentado los estudios que sugieren que en los casos extremos —como el oído absoluto y la amusia— los genes juegan un papel mucho más preponderante. Sostienen que el talento no es algo que se pueda conseguir con el tiempo, y la importancia de la práctica en los logros musicales se ha sobreestimado. Es cierto que para los músicos profesionales la práctica es crucial, pero es un factor menos importante para la población en general. En todo caso, es la interacción entre los genes y el ambiente lo que mejor explica el efecto que tiene practicar. Es decir practicar la misma cantidad de tiempo afecta de forma diferente a dos personas con distintos “niveles de talento”, el cual viene dado por los genes.

Esta idea que puede ser un triste desengaño para todos aquellos que aspiran a ser intérpretes y compositores de la talla de las grandes figuras, intuitivamente la podemos considerar al escuchar la primera obra de uno de los prodigios más asombrosos de la historia: Wolfgang Amadeus Mozart. Trate de recordar el lector qué hacía a la edad de cinco años, misma que Wolfgang tenía cuando escribió sus primeras notas. Se puede aducir que el pequeño Mozart era hijo de uno de los más grandes pedagogos de la época y desde niño estuvo rodeado de experiencias musicales en su núcleo familiar, pero, ¿habrá sido eso suficiente para convertirlo en un genio tan pronto?

La mejor interpretación

Ciertamente la genética y la genómica han develado importantes descubrimientos para dar sustento a la base orgánica de un sinfín de características, pero hasta ahora los hallazgos con respecto a la música no son concluyentes, y aún existen muchas incógnitas inexploradas. Los mecanismos genéticos y las vías que subyacen a la genialidad nos son aún desconocidos. Sí, hay algo de innato en la capacidad musical, pero cuánto o cómo, no lo sabemos. Sí, también hay un componente ambiental, pero cómo interactúa con los genes, igualmente sigue siendo una interrogante.

Si las aptitudes musicales tuvieran una base genética absoluta —es decir, que fueran completamente independientes del entorno— serían menos sorprendentes los portentos de genios como Bach, Mozart o Beethoven, porque ellos serían sólo un resultado mecanístico. Por otro lado, es cierto que aunque la mayoría de nosotros practicáramos tantas horas como lo hacía cualquiera de ellos, tal vez nunca seríamos capaces de alcanzar los límites a los que ellos llegaron como compositores y virtuosos. Las “instrucciones” de su genoma tenían algo que los hizo especiales, y al mismo tiempo, su potencial no hubiera sido suficiente para componer una Pasión según san Mateo, un Don Giovanni o una Quinta sinfonía.

Y en conclusión, los directores de orquesta no están limitados a leer inmutables las páginas de una partitura, y nosotros somos los directores de nuestra propia sinfonía genética. No podemos alterar la partitura, así como no podemos modificar nuestros genes, pero sí podemos hacer de nuestra interpretación la mejor de todas.

Fuentes

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  • Schellenberg, E. G. (2015). Music training and speech perception: a gene–environment interaction. Annals of the New York Academy of Sciences, 1337(1), 170-177.
  • https://www.classicfm.com/composers/mozart/guides/first-composition-minuet-trio/
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