Treinta y dos películas cortas sobre Glenn Gould

Un hombre de fascinante personalidad y excéntrica figura cuyas curiosas manías suelen opacar el valor de su labor como compositor e intérprete.

Glenn Gould
Por Música en México Última Modificación abril 10, 2021

La imagen que casi siempre nos viene a la memoria cuando hablamos del pianista y compositor canadiense Glenn Gould (1932-1982) es la de un hombre de fascinante personalidad y excéntrica figura cuyas curiosas manías —entre otras: rehuir el contacto físico con la gente; una exacerbada hipocondría que lo llevaba a atiborrarse de píldoras; la afición a imitar voces y acentos para hacerse pasar por otras personas; andar siempre desaliñado y enfundado en un abrigo, con la bufanda al cuello y mitones en las manos (hiciera frío o calor); arrastrar los pies y llevar consigo a todos lados la misma sillita desvencijada de madera cuyo pequeño tamaño lo obligaba a adoptar una postura forzada frente al piano, además de su proverbial costumbre de canturrear incesantemente en pleno concierto— suelen opacar el valor de su labor como compositor e intérprete. Sin embargo, el hecho es que Gould fue uno de los pianistas más perfeccionistas que han existido, y que muchas de sus grabaciones son punto de referencia obligada para los melómanos más avezados. Particularmente, la obra con la que suele asociarse su enorme genio interpretativo son las Variaciones Goldberg  de Johann Sebastian Bach, pieza que grabó en dos ocasiones (1955 y 1981) con resultados tan admirables como distintos.

Y es precisamente siguiendo la estructura cíclica de esta emblemática composición que el cineasta canadiense François Girard (El violín rojo, Seda) realizó en 1993 el filme Treinta y dos películas cortas sobre Glenn Gould, una colección de breves viñetas que, con cierto orden cronológico aunque sin ningún tipo de progresión dramática, abordan distintos aspectos de la vida, el trabajo y el carácter del célebre pianista. Así, en una sucesión de recreaciones de escenas de su vida, entrevistas con gente que lo conoció y colaboró con él (por ejemplo el violinista Yehudi Menuhin y el cineasta, escritor y también violinista Bruno Monsaingeon), montajes de imágenes sincronizadas con música y hasta un par de secuencias animadas, va surgiendo un retrato íntimo del excepcional músico cuyo objetivo no es desentrañar la leyenda sino acercarnos a su dimensión humana. Cada uno de los 32 fragmentos que componen el filme es, más que una escena documental, una impresión que busca capturar un aspecto específico del artista para, en conjunto, mostrar quién y qué era Glenn Gould a partir de su vida, sus pasiones, sus obsesiones y su música.

Curiosamente, en esta poco convencional película nunca vemos al verdadero Glenn Gould sino a tres niños que lo personifican en distintas etapas de su infancia y al actor estadounidense Colm Feore (Titus, El violín rojo, Chicago, El exorcismo de Emily Rose) que lo encarna espléndidamente en las recreaciones de su vida adulta. Por supuesto, está de más mencionar que la banda sonora de Treinta y dos películas cortas sobre Glennn Gould es una verdadera delicia, con fragmentos de obras de Johann Sebastian Bach, Ludwig van Beethoven, Richard Strauss, Jean Sibelius, Alexander Scriabin, Arnold Schönberg, Sergei Prokofiev y Paul Hindemith interpretados, esos sí,  por el propio Glenn Gould.

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