Marcel Proust: en busca de la música perdida (primera parte)

Publicado: marzo 20, 2016 Última Modificación marzo 20, 2016 Por: adminmusica

Por José Antonio Palafóx
Marcel Proust (1871-1922), uno de los más grandes escritores del siglo XX, fue un verdadero apasionado de la música, y sentía por ella un respeto exagerado, aunque nada ingenuo. Cuando su hipocondría se lo permitía, frecuentaba los salones donde se ofrecían veladas musicales, las salas de conciertos y la ópera; cuando no, pagaba generosamente a los músicos para que acudieran a su casa a interpretar las obras de alguno de sus compositores favoritos. Aún más: en 1911 se suscribió al entonces novedoso servicio llamado teatrófono, que era una especie de complicado teléfono mediante el cual el usuario podía escuchar, simplemente levantando una bocina y cómodamente recostado en la sala de su casa, las transmisiones en vivo de óperas y conciertos.

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Los gustos musicales de Proust eran bastante amplios. A lo largo de su obra y dentro de su abundante correspondencia se encuentran continuas menciones a sus músicos predilectos (desde Rameau y Mozart hasta Ravel y Debussy), los que dejaron de serlo (Saint-Saëns, de quien primero habla con admiración y después con profundo desprecio), los que estaban de moda (Massenet) y los que significaron para él algo más de manera personal (Reynaldo Hahn, con quien sostuvo un breve romance). Sin embargo, siempre colocó en un lugar aparte a Ludwig van Beethoven y a Richard Wagner, ya que la renovación estética a la que ambos compositores se habían sometido en sus obras de madurez le hacía sentirse identificado: así como el Beethoven de los últimos cuartetos y el Wagner de Parsifal exigían un nuevo tipo de auditorio, capaz de comprender nuevos lenguajes musicales, Proust, como escritor, también exigía otro tipo de lector, dispuesto a entender otros lenguajes narrativos.

Es así como –convencido de que la importancia de su obra tenía que empezar donde la de las obras de los demás terminaba- Marcel Proust inició en 1908 la escritura de una novela que llegaría a ser una de las grandes obras de la literatura universal: En busca del tiempo perdido. A lo largo de los siete volúmenes que la conforman, el autor indaga en su propia naturaleza como ser humano y se dedica a desgranar los recuerdos y percepciones personales del discurrir de su existencia en el escenario la Francia aristocrática de su época: la vida se va agotando día tras día, y el tiempo perdido –aquel desperdiciado en encuentros inútiles, en relaciones fugaces, en desgastantes esfuerzos por mantener una imagen ante la sociedad– solamente puede reconocerse como valioso y trascendental gracias a las ideas y emociones que el arte despierta en el ser humano. Más allá de su aspecto estético, que produce un goce inmediato y fugaz, la verdadera obra de arte debe formar parte de la vida y la conciencia del espectador.

Así, en En busca del tiempo perdido se encuentran presentes prácticamente todas las manifestaciones artísticas, encarnadas en -por ejemplo- el escritor Bergotte y el pintor Elstir (ambos ficticios, pero en quienes se ha querido ver los retratos del escritor Anatole France y del diseñador y pintor Paul César Helleu). Por supuesto, la música no podía faltar, y es la obra del imaginario compositor Vinteuil (un músico cuya presencia resulta patética y provoca las despectivas risas de la alta sociedad, pero que es en realidad un genio desconocido) de la que Proust se sirve para expresar la avasalladora fuerza con que este arte -el único incorpóreo- nos libera de toda razón y toda lógica, haciéndonos vivir una experiencia emocional única e indescriptible. Es por ello que solamente la música podía servir como marco –quizás metafórico- para la soberbia historia del obsesivo amor de Charles Swann por Odette de Crécy.

 

Camille Saint-Saëns: Sonata para violín y piano No. 1 / Jascha Heifetz (violín) y Brooks Smith (piano)

https://www.youtube.com/watch?v=qdmz1PjC1oM

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