Ciclo: El pianismo de Maurice Ravel (1875-1937)

Publicado: mayo 13, 2017 Última Modificación mayo 14, 2017 Por: adminmusica

Jeux d’eau (1901)
Inmaterialidad cristalina

 

Martha Argerich, piano

 

Jeux d’eau será propiamente la primera gran obra para piano con estilo propio raveliano. Como confesará el propio Ravel, en esta obra está el origen de todas sus novedades pianísticas. Inspirada en el ruido del agua y en los sonidos musicales que producen las fuentes, cascadas y riachuelos, está estructurada sobre dos motivos, al estilo de un primer tiempo de sonata, el primero de carácter rítmico, mediante la alternancia de dos acordes arpegiados, y el segundo melódico, en escala pentafónica, acompañado de un curioso pasaje por segundas sucesivas, seguido de un desarrollo y de la reexposición; todo ello, claro está, sin sujetarse rígidamente al plan tonal clásico.

 

Aquí se adelanta ya el empleo de ciertas agrupaciones armónicas que luego serán usuales en Ravel. Ya dice bastante el que armónicamente se abra con el acorde de novena mayor, de donde afloran toda clase de arpegios, en medio de un gracioso vaivén rítmico, y el que se cierre con el acorde de séptima mayor. Podría decirse que tales acordes son como la célula de la que brota el resto de la obra. Huye de las cadencias clásicas y son típicas las superposiciones de cuartas y de quintas, que reaparecerán en obras posteriores.

 

Podría decirse que a través de la obra planean los Jeux d’eau a la Villa d’Este, del tercer cuaderno de Années de pélerinage, de Liszt. Comentando esta obra dirá Alfred Cortot: Descubre de nuevo el secreto de aquella técnica brillante, de aquel impresionismo de reflejos y de resplandores, de los que Liszt había llenado la música de su tiempo. Una prueba más de que al componer esta obra pensó en Liszt, es el hecho de que recomendase al pianista Perlemuter que tocase tal pieza como si se tratase de una obra de este autor. Y E. Vuillermoz llama a esta obra reverberante cuento de hadas, donde el teclado crea efectos de fluidez, transparencia y frescor maravillosos.

 

Ve en la utilización del teclado una técnica ingeniosa nueva, como si quisiera imitar una orquestación de cascadas, arroyuelos, fuentes y caídas de agua.

 

Aunque salida de Liszt, trata de obtener huevos recursos de producción de sonido a través de la mobilidad quasi-mercurial de que habla A. Cortot. El resultado es una inmaterialidad cristalina, carente de peso y densidad, mediante la utilización de registros agudos en la mano derecha, mientras la izquierda crea una atmósfera armónica, con sus célebres quintas paralelas inferiores.

 

Ravel mismo, sorprendido al principio por el éxito, más tarde reconocerá y reclamará las novedades de esta obra ante el lacerante crítico Pierre Lalo, que se las atribuiría a Debussy. No olvidemos que los Jardins sous la pluie, de Debussy, cuyos efectos tratan de imitar a Jeux d’eau, son posteriores en dos años, y los Préludes, que deberán también mucho a esta misma obra, son de 1910.

 

Esta obra fue estrenada también por Ricardo Viñes el 5 de abril de 1902 en la Sala Pleyel de París. Está dedicada a su querido maestro Gabriel Fauré.

 

Fuente: Mariano Pérez Gutierrez para el ciclo “Integral para piano de Maurice Ravel” – Fundación Juan March, 1987.

 

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