Encuentro con Shostakovich

Publicado: octubre 23, 2013 Última Modificación octubre 23, 2013 Por: adminmusica

por: Ricardo Rondón


Mientras me preparaba para asistir a un concierto en Bellas Artes, en donde Alexander Gauk iba a dirigir a la Orquesta Sinfónica Nacional en la Quinta Sinfonía de Dmitri Shostakovich, tuve una premonición: ¿Estaría presente en el evento el compositor? Me llevé la grabación de la hoy extinta marca Classic Editions, seguramente Melodiya, en donde está la Suite de la película La caída de Berlín con Gauk dirigiendo. Teníamos la costumbre de ir en grupo a los conciertos de la Sinfónica Nacional y cómo nuestras finanzas eran paupérrimas, nos instalábamos en “gayola celestial”, había gran ebullición emotiva en el Palacio esa noche. Como era costumbre, al llegar saludamos a la acomodadora, la Sra. Josefina Plata, cuya sonrisa y amabilidad nos daban la bienvenida. Ella solía acomodarnos en la luneta cuando había lugares y también cuando estaba lleno, aunque a veces de pié, pero a esa edad qué importa. Le pregunté: Señora Plata, ¿estará el Maestro Shostakovich en el teatro? ”Si, niño, está en los palcos del segundo piso y siempre sale a fumar en el intermedio, allí lo pescas”. Le dí un beso y abrazo y me preparé para conocerlo. Shostakovich estaba en México con motivo de la Exposición Rusa en el Auditorio Nacional y había venido una comitiva de músicos famosísimos de la Unión Soviética, entre ellos Dmitri Kabalevsky y Aram Khatchaturian. Recuerdo también a un violinista excepcional, Leonid Kogan. Ese 25 de noviembre de 1959 Kabalevsky dirigía obras suyas, y en la segunda parte Gauk enfrentó la Sinfonía que ya formaba parte de nuestra sensibilidad gracias a las muchas ejecuciones que escuchamos bajo la batuta del maestro Luis Herrera de la Fuente. Recuerdo la Suite de la öpera Colas Breugnon cuyas melodías accesibles y ritmos decididos arrancaron una ovación. Termina el aplauso y corro al segundo piso – la escalera es siempre mejor que el elevador – y no bien había pisado el último escalón cuando vi a unos pasos al compositor actual más importante de mis tiempos. Allí estaba Shostakovich masticando un cigarro y serio. Al verme acercar me saludó, y cómo mi ruso es inexistente todo fue a señas pero él sabía muy bien la emoción que me estaba transmitiendo. Me firmó una foto suya y de inmediato me dió una afectuosa palmada en el hombro. Mi reacción fue indescriptible ya que temblé de la emoción y él tiene que haberlo sentido. Le di las gracias, naturalmente en ruso, y bajé corriendo las escaleras. Era yo la envidia de mis amigos y no podía controlar mi emoción por lo que había sucedido. Aunque seguí conociendo muchas figuras y después me convertí en crítico musical, este encuentro sigue siendo el más importante de toda mi vida. Alexander Gauk, todo un ícono de la batuta y estupendo intérprete de Shostakovich, transmitió el alma del pueblo ruso a los miembros de la Sinfónica Nacional y tocaron como poseídos de la inspiración tan intensa que todo un drama se desenvolvía frente a nosotros. Nadie se hubiera cambiado por otro escuchando esa ejecución en donde no se oía ni la caída de un alfiler, con los intensos timbales y la melodía final flotando como un mar bravío bajo las manos del Maestro Gauk. La ovación fue de la más grandes que he escuchado en mi larga vida musical y cuando salió Gauk por tercera vez a recibir el reconocimiento de un público totalmente de pie, llevaba de la mano a nadie menos que Dmitri Shostakovich. La gente enloqueció, aquello era un pandemónium, y el honor de estar allí en persona produjo lágrimas en muchos de nosotros. Expresaban la felicidad especial que venía de nuestro corazón.


Años después conocí a Maxim Shostakovich, hijo del compositor, le conté esta anécdota y le gustó mucho. Maxim habla perfectamente inglés y tiene mi edad exacta, que no voy a revelar en este momento. Cuando me preguntan ,contesto: “!Entre 40 y la muerte!” La juventud me permitió crecer y conocer profundamente a compositores favoritos. Siempre he tenido predilección por el repertorio ruso y tengo tres campeones: Moussorgsky, Tchaikovsky y Shostakovich, el que me tendió la mano con una sonrisa apoyada en un cigarro y me hizo sentir que apreciaba mi presencia. ¡Nunca lo olvidare! Desde luego, esa noche no pude pegar el ojo.



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