Don Giovanni, o la traición de la tecnología

Publicado: octubre 23, 2016 Última Modificación octubre 23, 2016 Por: adminmusica

Por José Antonio Palafox

El pasado sábado 22 de octubre se dio cita en el Auditorio Nacional una nutrida cantidad de espectadores para asistir a la proyección en vivo desde el MET de Nueva York de Don Giovanni, una de las grandes óperas de Wolfgang Amadeus Mozart (y una de las más importantes dentro de la historia de la música). Todo mundo estaba entusiasmado, y cómo no estarlo: desde su estreno en 1787, Don Giovanni sigue siendo una de las obras favoritas del público, tanto por su temática como por su perfecta dosis de drama y comedia (que ha llevado a clasificarla como un dramma giocoso) y porque es una de las óperas que cuenta con más arias famosas: desde las iniciales “Notte e giorno faticar” y “Madamina, il catalogo è questo” que canta Leporello, hasta las reflexivas “Il mio tesoro” y “Dalla sua pace” cantadas por Don Ottavio, pasando por la juguetona “Là ci darem la mano”, la vertiginosa “Fin ch'han dal vino” y la curiosa “Oh statua gentilissima”, entre otras que han hecho las delicias de generaciones de melómanos.

Tras los acostumbrados comerciales de los patrocinadores y una brevísima introducción a cargo de la famosa mezzosoprano Joyce DiDonato, las luces de la sala se apagaron y el maestro Fabio Luisi bajó al foso orquestal. Los músicos del MET dieron cuenta de una espléndida interpretación de la controvertida obertura de Don Giovanni, dándole un ritmo más lento y majestuoso que el habitual y abundando en sutiles detalles orquestales que generalmente son pasados por alto. Todo indicaba que íbamos a pasar las mejores tres horas y media del fin de semana. En el escenario apareció Leporello (el bajo barítono checo Adam Plachetka), quien, haciendo de los espectadores sus cómplices, empezó a lamentarse de su infortunio como sirviente de don Giovanni con una excelente “Notte e giorno faticar”. De pronto, en la ventana, apareció doña Ana (la soprano rusa Hibla Gerzmava) luchando por defender su honra del libidinoso don Giovanni (el barítono británico Simon Keenlyside). Los gritos de auxilio de la indefensa joven fueron atendidos rápidamente por su padre, el Comendador (el bajo coreano Kwangchul Youn), quien, espada en mano, se enfrentó a don Giovanni en emocionante duelo mientras doña Anna salía corriendo para pedir ayuda a don Ottavio (el tenor estadounidense Paul Appleby), su prometido. De pronto, don Giovanni hiere de muerte al Comendador y —tras revelar su identidad al moribundo— sale huyendo junto con un asustado Leporello. Cuando doña Anna llega al lugar del crimen con don Ottavio y un grupo de sirvientes, el Comendador ha muerto.

Y fue entonces cuando comenzaron las desdichas, no solo para doña Anna, don Ottavio, Leporello y las otras víctimas del malvado don Giovanni, sino también para los espectadores. Efectivamente: como si de una mala broma se tratase, la señal satelital que hacía posible la transmisión falló de la peor manera posible y empezó a transmitir el audio duplicado, con un desfase como de medio minuto entre la transmisión original y la réplica. El resultado fue que, durante casi diez minutos, Don Giovanni se convirtió en un amasijo ininteligible de ruidos encimados bastante cercano a las experimentales Europeras de John Cage. En pantalla, don Giovanni abría la boca para decir algo a Leporello, pero lo que escuchábamos era la voz de doña Elvira jurando venganza contra aquél que la había deshonrado. Peor aún: no había acabado de cantar doña Elvira cuando volvía a empezar la misma aria, ahora sobre la voz de Leporello. Al principio hubo uno que otro murmullo entre el desconcertado público, y hasta dos o tres personas se levantaron de sus asientos para advertir a los técnicos de transmisión del Auditorio Nacional sobre la falla; pero el tiempo pasaba, la acción seguía adelante y la transmisión continuaba cacofónicamente desfasada. Entonces la rechifla entre los espectadores no se hizo esperar: algunas personas abandonaron la sala dando grandes y ruidosas zancadas, molestas, mientras se escuchaban silbidos, risas, gritos de “¡Cácaro!” y más de uno encendía las luces del teléfono celular como protesta. Afortunadamente, para cuando Leporello canta “Madamina, il catalogo è questo”, una de las arias más esperadas de Don Giovanni, la transmisión ya había vuelto a la normalidad y no volvió a fallar.

Sin embargo, la tecnología volvería a traicionar a Don Giovanni dos veces más: una, cuando un insólitamente torpe manejo de cámaras desde el MET hizo que el cuadro quedara vacío en un par de ocasiones, con la cámara recorriendo erráticamente el escenario para tratar de encontrar al personaje que cantaba, o concentrándose en un plano de dos personajes inmóviles mientras la acción importante ocurría en el otro extremo del escenario. Esto resultó muy extraño, porque si algo caracteriza técnicamente las transmisiones del MET es su impecable calidad en el movimiento de cámaras.

Lo siguiente que falló fue la gentil voz en off del Auditorio Nacional que anuncia por los altavoces las llamadas entre cada acto de las óperas. En efecto: esta amable voz se pasó todo el intermedio entre los dos actos de Don Giovanni explicando que el incidente acaecido había sido un problema del satélite, no del Auditorio Nacional, lo cual quedó claro y es muy cierto, pero olvidó dar las correspondientes llamadas para el inicio del segundo acto al público que se encontraba afuera. El resultado fue que, diez minutos después de empezado el desenlace de Don Giovanni, seguía entrando gente a la sala, hablando en voz alta, tropezándose con los escalones y encendiendo las luces del celular para encontrar sus asientos. Algunos de los que ya estaban adentro, por supuesto, hacían “¡Shhh!” una y otra vez para que los que apenas iban ingresando guardaran silencio. Una vez pasado este episodio, todo volvió a la normalidad y el Comendador pudo llevarse a don Giovanni al infierno con tranquilidad.

Accidentes y olvidos aparte, podemos decir que la estrella de este Don Giovanni fue, sin duda alguna, el Leporello encarnado por el joven cantante Adam Plachetka. Dueño de una vena cómica innata, una gran personalidad y una voz poderosa, Plachetka logró crear un Leporello realmente memorable. Por su parte, Simon Keenlyside hizo entrega de un don Giovanni tan galante y simpático como libidinoso y decadente, aunque en franca desventaja actoral frente al gracioso Leporello de Plachetka. La voz de Keenlyside es vigorosa, si bien se escuchó un tanto cansada en un par de breves momentos. Agradable sorpresa fue también el don Ottavio cantado por Paul Appleby. Bastante apagado y acartonado en las escenas de conjunto, sacó a relucir una voz muy bella, suave y espléndidamente modulada al cantar en solitario sus arias “Il mio tesoro” y “Dalla sua pace”, mientras que el bajo estadounidense Matthew Rose hizo entrega de un Masetto de entrañable aspecto bonachón, aunque tal vez demasiado discreto. Kwangchul Youn ofreció un Comendador de voz poderosa, aunque su baja estatura no ayudó mucho a que su sombría presencia intimidara de manera creíble a unos don Giovanni y Leporello considerablemente más altos.

En cuanto a las damas, otro personaje a destacar fue la doña Elvira encarnada con voz potente y geniales gestos de mujer no solo despechada, sino desquiciada, por la soprano sueca Malin Byström. La coqueta Zerlina cantada por la mezzosoprano italiana Serena Malfi tuvo momentos acertados, aunque en general le faltó un poco de soltura vocal. Por su parte, Hibla Gerzmava ofreció una doña Anna correcta, sin más.

Tanto la puesta en escena (que corrió a cargo del director teatral británico Michael Grandage, quien optó por ubicar la acción en un esquemático escenario de época), como una dirección actoral de corte tradicional (con la excepción de Leporello, que desde el principio se movió por el escenario con gran desenvoltura, todos los personajes lucieron bastante acartonados, quedándose de pie mirando hacia el frente mientras cantaban sus arias) y la tan esperada escena climática donde el impenitente don Giovanni es arrojado a los infiernos (resuelta de una manera bastante simple, con un poco de humo y tres o cuatro llamaradas de utilería) hicieron que en ningún momento perdiéramos de vista que se trataba de un espectáculo sobre un escenario, percepción que sí han logrado borrar otras producciones del MET. ¿Es esto bueno o malo? Al público le toca responder.

Wolfgang Amadeus Mozart: Là ci darem la mano (Don Giovanni) / Simon Keenlyside (Don Giovanni), Christine Schäfer (Zerlina) y la Berliner Philharmoniker, dirige Claudio Abbado

 

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