De vampiros, brujas y otros monstruos en la música clásica (Primera parte)

Publicado: octubre 22, 2016 Última Modificación octubre 23, 2018 Por: adminmusica
Desde tiempos inmemoriales, todo aquello que tiene que ver con lo siniestro y lo ajeno al orden natural de las cosas (lo sobrenatural), ha llamado poderosamente la atención del ser humano. El miedo es una de nuestras pulsiones vitales básicas, por lo que cada noche las brujas, los duendes, los muertos vivientes y demás esperpentos que forman parte de nuestra memoria colectiva se dan cita para poblar las pesadillas de miles de niños y, ¿por qué no?, de uno que otro adulto.
Ya desde las antiguas civilizaciones egipcia y griega, los monstruos han caminado a nuestro lado, rodeados de una especie de morbosa fascinación que adquiere en las manifestaciones artísticas su corporeidad: primero a través de la tradición oral, luego mediante la escultura y los pictogramas, y más tarde gracias a la pintura y la literatura.

Así, en nuestro bagaje cultural podemos encontrar obras como las perturbadoras estatuillas africanas de demonios, inquietantes cuadros como La pesadilla de Johann Heinrich Füssli, o terroríficos relatos como Viy de Nikolai Gogol, sin contar los cientos de adaptaciones cinematográficas que —con mayor o menor fortuna— han poblado al séptimo arte con las más variadas personificaciones de los monstruos más famosos, desde el grotesco Fantasma de la Ópera encarnado por Lon Chaney hasta el sensual y carismático Drácula caracterizado por Gary Oldman.

La música, como toda manifestación artística que se precie de serlo, no ha sido inmune al encantamiento ejercido por el lado oscuro de la psique humana, y a lo largo de su historia nos ha ofrecido un puñado de composiciones cuyo objetivo es dar vida —mediante los recursos del sonido y el silencio— a los monstruos como una experiencia estética auditiva trascendental.

Así, encontramos a las brujas —esas terribles mujeres (a veces jóvenes seductoras, casi siempre espantosas viejas contrahechas) que vuelan a medianoche sobre sus escobas lanzando hechizos a diestra y siniestra y robando niños recién nacidos para sacrificarlos en sus aquelarres— en obras tales como La bruja del mediodía de Antonín Dvořák, donde, harta de las travesuras y los berrinches de un niño, su mamá lo amenaza con que si no se porta bien, la bruja del mediodía se lo va a llevar. El pequeño continúa con su mala conducta… y la bruja del mediodía llega por él.

Antonín Dvořák: La bruja del mediodía / Masaryk University Symphony Orchestra, dirige Martin Mazánek

También en las óperas Hansel y Gretel de Engelbert Humperdinck y Macbeth de Giuseppe Verdi aparecen sendas brujas —para intentar devorar a los pequeños protagonistas en la primera, y para profetizar los destinos de reyes y guerreros en la segunda—. Pero más grotesca y cruel es la bruja que encontramos en el folclore ruso: Baba Yaga es una mujer viejísima, llena de arrugas y con dientes afilados que le sirven para romper los huesos y desgarrar la carne de sus víctimas. Pero su principal característica es que vive en una cabaña que posee un par de inmensas patas de gallina que le sirven para llevar a Baba Yaga a cualquier lugar en busca de niños tiernitos para comérselos. En el segmento La cabaña de Baba Yaga de sus Cuadros de una exposición, el compositor Modest Mussorgsky nos ofrece un nítido retrato de esta malvada bruja, que podemos complementar con el tétrico poema sinfónico Baba Yaga de Anatol Liadov.

Las maldades de las brujas no tienen fin, aunque es en sus aquelarres —celebrados cada noche de luna llena — donde llegan a niveles de depravación sin igual, como podemos escuchar en las desenfrenadas composiciones que intentan dar testimonio de lo que ocurre en ellos: el ballet El nogal de Benevento de Franz Xaver Süssmayr, el poema sinfónico Una noche en el Monte Pelado de Mussorgsky, la Danza de las brujas de Niccolò Paganini y, por supuesto, el Sueño de una noche de aquelarre, quinto y último movimiento de la Sinfonía Fantástica de Héctor Berlioz.

 Héctor Berlioz: Sinfonía Fantástica (V. Sueño de una noche de aquelarre) / Los Angeles Philharmonic, dirige Gustavo Dudamel

El diablo, amo y señor de las brujas, también ha encontrado su espacio dentro de la música: desde la endiablada (por su dificultad técnica) sonata para violín El trino del Diablo —que Giuseppe Tartini compuso después de soñar que el mismísimo Satanás lo apabullaba con su virtuosismo musical— hasta los cuatro valses Mefisto de Franz Liszt y la Sugestión diabólica para piano de Sergei Prokofiev, pasando por los innumerables veces que ha intentado embaucar soldados (Roberto el diablo de Giacomo Meyerbeer y La historia del soldado de Igor Stravinski), inocentes jovencitas (El demonio de Anton Rubinstein y El ángel de fuego de Sergei Prokofiev) o al doctor Fausto (la Sinfonía Fausto de Franz Liszt, La condenación de Fausto de Héctor Berlioz, los Fausto de Louis Spohr, Charles Gounod, Robert Schumann y Jules Perrot, los Doktor Faustus de Ferruccio Busoni, Henri Pousseur, Alfred Schnittke y Antonio Ballestín, el Fausto, la última noche de Pascal Dusapin y —con una inusitada presencia protagónica— la controvertida ópera Mefistófeles de Arrigo Boito) y sin contar las andanzas de los demonios “menores” en El diablo de la aldea de Franz Lhotka y El cazador furtivo de Carl Maria von Weber. Mención aparte merece la asfixiante presencia de una malignidad abstracta en la ópera Los demonios de Loudun de Krzysztof Penderecki.

Sergei Prokofiev: Sugestión diabólica / André Laplante (piano)

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