In memoriam Ennio Morricone

La primera vez que escuché la música de Ennio Morricone fue en 1990, cuando fui al cine a ver Hamlet, hubo algo que me fascinó sobremanera: la espléndida música.

Por Jose Antonio Palafox julio 8, 2020 Última Modificación julio 8, 2020

La primera vez que escuché la música de Ennio Morricone fue en 1990, cuando fui al cine a ver Hamlet, largometraje dirigido por Franco Zefirelli y protagonizado por Mel Gibson, Glenn Close y Helena Bonham Carter. La película en sí no me gustó (recuerdo que me pareció espantosa la actuación de Gibson, que a la menor provocación abría tremendos ojos como si estuviera en una de sus películas de Arma letal), pero hubo algo que me fascinó sobremanera: la espléndida música. La sala cinematográfica estaba ubicada dentro de un centro comercial, y justo al lado había una conocida tienda de discos que entonces estaba en su esplendor, por lo que me bastó dar unos cuantos pasos, entrar a la tienda y, minutos después, tener en mis manos un flamante CD con la banda sonora de la película que acababa de ver.

Escuchar el recién adquirido disco una y otra vez me llevó a la comprensión de que esa música no necesitaba de la película para tener vida propia, pero también poseía una impresionante capacidad de evocación de la imagen cinematográfica. La hipnótica atmósfera creada por las fantasmales cuerdas y los melancólicos solos de viola y oboe nos traslada a la Dinamarca medieval para hablarnos por sí sola del amor, la locura y el odio (y lo hace de una manera quizá más contundente que la película), pero es también —no sé explicarlo de otra manera— la música de esa película de Franco Zeffirelli. Lo mismo ocurre con otros trabajos cinematográficos en los que Ennio Morricone fue el autor de la banda sonora, por ejemplo sus inolvidables colaboraciones en las tres películas fundamentales del spaghetti western dirigidas por su amigo Sergio Leone (1929-1989): Por un puñado de dólares (1964), Por unos dólares más (1965) y, sobre todo, El bueno, el malo y el feo (1966). Basta escuchar el distintivo golpeteo de tambor y el grito de dos notas, entre amenazador y sarcástico, de El bueno, el malo y el feo para que en nuestra memoria aparezcan inmediatamente Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach cruzando los parajes del Viejo Oeste durante la Guerra de Secesión. ¿Y qué decir de la impresionante partitura que acompaña los esfuerzos del padre Gabriel (Jeremy Irons) y el ex cazador de esclavos Mendoza (Robert De Niro) por salvar a una comunidad indígena del implacable avance colonizador en la poética La misión (Roland Joffé, 1986), o de la vigorosa banda sonora que acompaña a Eliott Ness (Kevin Costner) y sus agentes en su lucha contra Al Capone (Robert De Niro) en Los intocables (Brian De Palma, 1987)? ¿Y de los emotivos temas que enmarcan la entrañable amistad entre Totò y Alfredo en esa nostálgica historia de amor por el cine que es Cinema Paradiso (Giseppe Tornatore, 1988)?

De manera similar al recorrido por las diversas temáticas y estilos cinematográficos de que somos testigos a través de los ojos de los espectadores del Paradiso, el nombre de Ennio Morricone (en ocasiones oculto detrás de la firma de Dan Savio, seudónimo que utilizaba cuando un trabajo no terminaba de convencerlo) se encuentra ligado a casi 60 años de partituras para los más variados géneros (comedias eróticas, westerns a la italiana, musicales, dramas románticos, películas de terror, películas bélicas, thrillers de suspenso y acción) y realizadores (Sergio Corbucci, Mario Bava, Lucio Fulci, Darío Argento, Marco Bellocchio, Pier Paolo Pasolini, Gillo Pontecorvo, Marco Ferreri, Bernardo Bertolucci, Liliana Cavani, los hermanos Taviani, Roman Polanski, John Carpenter, Terrence Malick, Pedro Almodóvar, Mike Nichols, Giuseppe Tornatore y Quentin Tarantino, entre muchos otros) dentro de la historia del cine.

Siempre camaleónica, la música de Ennio Morricone se adapta perfectamente a las exigencias de la película en turno sin perder esa autonomía que la hace funcionar por separado de las imágenes. Discreta o grandilocuente, apasionada o truculenta, brutal o elegante, muchas veces con inusuales combinaciones instrumentales para crear la adecuada ambientación espacial y temporal, su presencia no solo refuerza las imágenes sino que pone en primer plano las emociones y sensaciones de los personajes de una manera tan sutil que —en apariencia—pasa inadvertida, pero deja en el espectador ese “no-sé-qué” que conmueve y permanece vivo aún después de terminada la película. Es por ello que podemos volver más tarde a su música y sentir cómo resurgen las impresiones vividas en el momento de ver la película, y eso es algo que muy pocas bandas sonoras pueden lograr.

Ennio Morricone nació el 10 de noviembre de 1928 y murió el 6 de julio de 2020. Fue uno de los compositores para cine más prolíficos, versátiles e importantes. Compuso la música de más de 500 películas. Ganó un Óscar honorífico en 2006, el Óscar a Mejor Banda Sonora en 2016 por The Hateful Eight (Quentin Tarantino, 2015), obtuvo tres Globos de Oro, seis Premios BAFTA y 2 Grammy, entre otros muchos reconocimientos… Toda esta es información que podemos hallar con solo teclear el nombre del compositor en un buscador de internet, pero lo que no podemos encontrar ahí ni en ningún otro lado es el íntimo disfrute que nos proporciona la evocación de momentos que son referente obligado de nuestro bagaje cinematográfico al escuchar una vez más cualquiera de los temas compuestos por el maestro Morricone.


Jose Antonio Palafox
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