Las apuestas de Rinaldo

Publicado: enero 10, 2018 Última Modificación enero 10, 2018 Por: adminmusica

Por Francesco Milella

«Hace un par de noches, mientras caminaba por la calle, me topé casualmente con un joven que cargaba una jaula con pájaros en su espalda. Con la curiosidad de saber qué tanto iba a hacer con tan curioso bulto, le pregunté a dónde iba y para qué le podían servir esos pájaros. El me respondió “¡los estoy comprando para la ópera!” Mientras él pronunciaba estas palabras, el compañero que estaba a su lado se chupó los labios dejándome imaginar que iban a ser rostizados para acompañar algún banquete. “¡No, no! – me contestó el joven – ¡entrarán en el escenario al final del primer acto para volar hacia el público!”».

Esta breve y curiosa anécdota es solamente una de las tantas maravillas que Jospeh Addison quiso compartir con los lectores del periódico londinense The Spectator sobre el triunfal y extravagante estreno, el 24 de febrero de 1711, de la primera ópera compuesta por Georg Friedrich Handel tras su llegada a Londres:  Rinaldo. Aaron Hill, uno de los intelectuales más sorprendentes de toda la ciudad, no solo había propuesto el tema de la ópera basado sobre un episodio del Orlando Furioso de Ludovico Ariosto, sino que se había encargado personalmente de la puesta en escena, cuidando cada uno de los detalles que acompañarían  la música de Handel. A este propósito Addison contaba que: «La puesta en escena de Rinaldo está llena de truenos y relámpagos, luces y fuegos artificiales que el público pudo admirar sin ningún riesgo o peligro, ya que en el escenario habían sido colocados muchos motores de agua.»

No había duda. Para toda Londres el estreno de Rinaldo era mucho más que la puesta en escena de una ópera. La aristocracia, la burguesía local y, obviamente, la misma monarquía tenían muchas expectativas sobre Handel y su debut británico: a pesar de su joven edad (25 años), Handel había sido invitado a Inglaterra para restaurar el mundo operístico que parecía descuidado por completo desde la muerte de Purcell en 1695. Eso implicaba necesariamente invitar a los mejores cantantes de su época, realizar óperas de altísimo nivel, capaces de competir con las otras capitales de Europa, y volver a llenar los teatros de Londres despertando nuevamente el interés del público local, en su mayoría escéptico hacia la ópera italiana y más interesado en espectáculos locales y populares en lengua inglesa. Para lograrlo, había que ofrecer nuevas óperas que fueran perfectas tanto en el escenario como en la música y en sus intérpretes. Rinaldo fue el primer experimento. Nadie y nada podía fallar.

Desde luego no fallaron los escenógrafos guiados por Aaron Hill. No falló Johann Jakob Heidegger empresario del Queen’s Theatre de Haymarket y primer londiniense en apostar en el genio de Handel. Tampoco falló el libretista Giacomo Rossi quien, en pocos días, fue capaz de redactar un discreto libreto sobre uno de los más famosos episodios del Orlando Furioso de Ludovico Ariosto: el conflicto amoroso en tiempos de cruzadas en Tierra Santa entre Rinaldo (Orlando) y Almirena en oposición al de la maga Armida y Argante. Pero el que más atinadamente logró “darle al clavo” fue, obviamente, Georg Friedrich Handel.

Desde la obertura, brillante y delicada, nos queda claro que lo que Handel busca es sorprender y emocionar, cautivar la atención del público con continuos cambio de ritmos, melodías y colores musicales. Veamos brevemente algunos ejemplos. La entrada de Argante, el “malo”, con el aria “Sibilar gli angui d’Aletto” es paradigmática: el público del estreno no podía disfrutar de un momento teatral más majestuoso, imponente, elegante y luminoso que ese. Argante, con su ambigua maldad, entra en el escenario con una fuerza musical (más que teatral) que solo un genio como Handel podía imaginar y construir.

Lo mismo podemos decir del aria final de Rinaldo “Or la tromba in suon festante” con la cual el protagonista derrota a los enemigos musulmanes triunfando tanto en la guerra como en el amor: un aria poderosa y brillante que logra transformar la retórica del belcanto en un poderoso instrumento expresivo.

Y, finalmente, quizás el aria más famosa de toda la ópera: “Lascia ch’io pianga”, con la cual Almirena, atrapada por los musulmanes, le pide a la guardia de la prisión que la deje expresar su dolor y su miedo. La belleza, la delicadeza y la intimidad que Handel es capaz de expresar son tan profundas y tan inmediatas que incluso le perdonamos el haber reciclado la partitura (de esta y de muchas otras escenas) del oratorio romano Il trionfo del Tempo e del Disinganno.

Podríamos entrar más a fondo, analizar escena por escena y darnos cuenta que, detrás del éxito descomunal que acompañó Rinaldo, se esconde en realidad una ópera a veces imperfecta y discontinua tanto en la música como en su ritmo teatral. Pero, la verdad y sin querer ser superficiales, hoy esa labor se la dejamos a los musicólogos más severos, mientras nosotros nos dedicamos a escuchar sus arias y sus duetos disfrutando de sus maravillas, con la misma sincera ingenuidad con la que Joseph Addison admiraba los pájaros encerrados en la jaula, listos para volar acompañando el canto de un ambiguo castrato.

Rinaldo

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