Mar en calma y próspero viaje, Op. 27, de Félix Mendelssohn

Publicado: julio 31, 2019 Última Modificación julio 31, 2019 Por: Música en México

Por Sergio Villicaña Muñoz

No hay un tópico como el mar desde el principio de los tiempos, para simbolizar tan perfectamente la ambivalencia de la naturaleza, la majestuosa inmensidad por un lado, por el otro la brutalidad y el desastre. Baste leer La Odisea para apreciar ambos extremos, que se despliegan a lo largo de veinticuatro cantos en las aventuras de diez años del taimado Ulises Laertíada, en su periplo desde las costas de Ilio hasta la escarpada Ítaca. Si hay un personaje en dicho poema que se pueda considerar central es justamente el mar; es a su antojo que Ulises va de isla en isla en su viaje iniciático, y por lo tanto representa el catalizador de su transformación de un saqueador a un sabio viajero.

Incontables obras musicales tienen igualmente al mar por figura central, tratando de mostrar, tal y como lo hace Homero, sus polifacéticos caracteres. Tal vez es en el Romanticismo en donde se encuentran los mejores ejemplos, y muy particularmente, dentro de la obra del genio Félix Mendelssohn.

Detalles de la obra

La formación de los hermanos Mendelssohn estuvo profundamente influenciada por la literatura y la filosofía, intereses que cultivaron todas sus vidas. No es de extrañar, por tanto, que la conveniente situación económica de la familia les permitiera codearse con la élite intelectual de su tiempo; prueba de ello es la relación que entabló Félix con el afamado poeta alemán Johann Wolfgang von Goethe, a quien visitó en Weimar en tres ocasiones durante su juventud (en 1821, 1825 y 1830, a los 12, 16 y 21 años, respectivamente). Su admiración mutua, así como el afecto personal que se tenían, propició que el joven compositor nutriera su obra con reminiscencias de las letras del escritor romántico. Una de estas obras es la obertura Meeresstille und Glückliche Fahrt (Mar en calma y próspero viaje), Op. 27, que compuso en 1828, y que publicó en 1835 en su versión final.

Mendelssohn toca el piano para Goethe. Pintura de Moritz Daniel Oppenheim (1864). Jüdisches Museum, Frankfurt, Alemania.

La obra consta de dos partes bien diferenciadas, que se corresponden con dos poemas de Goethe de 1795 con títulos homónimos, Meeresstille (Mar en calma) y Glückliche Fahrt (Próspero viaje), publicados ambos en 1796 en la revista editada por Schiller, Musenalmanach (Almanaque de las musas). Ambos poemas son una evocación de la travesía que realizara a Sicilia unos años antes.

En el primero, Goethe describe el terror de un marinero en altamar al no existir vientos favorables ni corriente que permita a su embarcación surcar las aguas; al pasar de los días, un mar en calma puede significar el agotamiento de las provisiones y la consecuente muerte de la tripulación. El segundo poema es una antítesis del anterior: con el viento rompiendo sus ataduras, el barco se mueve raudamente, hasta que por fin se vislumbra a lo lejos la costa. Más allá del sentido literal, los poemas pueden ser analizados con el sentido simbólico característico de Goethe, teniendo como tema al artífice y el afán creativo. La creación artística se nutre de la animación del espíritu, del trabajo y la reflexión constantes; en contraparte, el individuo flemático que se deja arrastrar por la apatía y la pasividad, vive en una “calma mortal”, como describe el texto.

Los poemas de Goethe fueron inicialmente usados por Beethoven para una cantata, que no está dentro de lo más popular ni lo mejor de su producción. La obra de Mendelssohn, en cambio de la del genio de Bonn, prescindió del texto, por lo que bien se puede considerar como un poema sinfónico. Su emotiva expresividad es notoria desde el primer compás hasta el último tutti en el que se retorna al mismo acorde y carácter iniciales.

Mar en calma

La obra abre con un Adagio. El poema de Goethe dice lo siguiente:

Hondo silencio en las aguas;
ni un soplo la mar agita,
y el marino, calma en torno,
por doquiera inquieto mira.

¡Duerme el aire, y un silencio
de muerte todo domina!
Ni una ola se encrespa en toda
la enorme amplitud marina.

Las cuerdas y los alientos-madera en homofonía trazan largos y densos acordes —descollando por sobre todo los tonos agudos—, dando la sensación de inmovilidad, de un mar henchido e inconmovible, luminoso y claro. El contrabajo marca desde las cimientes un motivo descendente de cuatro notas que pasa desapercibido, pero que tendrá una importancia fundamental en Próspero viaje; simboliza la energía latente del mar y el viento. Las flautas al aparecer, igualmente lentas, representan la brisa descrita en el poema, soplos impávidos, en vilo; en este punto no hay registros bajos, sino medios y agudos.

En ciertos pasajes la tensión incrementa —coincidiendo con brevísimos cromatismos abruptos—, pero ningún clímax se llega a concretar: las aguas crecen ligeramente, golpean en las rompientes, pero vuelven a su letargo original, sin que se formen movimientos rápidos.

Durante esta parte, el interés se centra en la armonización por sobre la melodía, sin que de ésta existan líneas duraderas o claras.

La sección de poco más de cuatro minutos concluye de forma apasible, tal cual como inició, con el mar en calma.

Próspero viaje

La sección que continúa de la obertura corresponde al siguiente poema:

 Se rasgan las nubes,
despéjase el cielo
y, benigno, Eolo
rompió el nudo fiero;
ya los vientos soplan,
sonríe el marinero.
¡Aprisa, muchachos!
Ya el barco ligero,
hendiendo las olas,
avanza, y ya casi
diviso yo el puerto.

El sonido que irrumpe en la calma es una flauta —¡por fin el primer indicio de viento, de conturbación en el glauco mar!—, dibuja ocho notas ligeras y despreocupadas, repitiendo el trazo una vez más. A ésta se unen primero los fagotes, después los oboes, el resto de las maderas, y una trompa en un acorde de tensión que resuena insistentemente; se conjuntan las cuerdas y se forman remolinos sonoros. El movimiento en la mar es inminente así como en la orquesta, que va de un lado a otro exultante en crescendo y con ritmos más marcados con la ayuda de los timbales, que hacen su aparición por primera vez.

Después de la introducción anterior inicia el Allegro, con una vertiginosa y compacta forma sonata, siendo el tema principal el que ya había sido cantado por el contrabajo al inicio de la obra, pero ahora rápido y sumamente rítmico. El viento en popa y la embarcación navegando se hacen patentes en el dinamismo de toda la sección de la obra, en cuanto a timbres, intensidades y ritmos. Por ejemplo, el empleo del piccolo sugiere el silbido que genera el viento al impulsar las velas y colarse en los recovecos de la embarcación. Por otro lado, los constantes ascendentes y descendentes ilustran la marea y las olas, impulsoras del barco hacia su destino.

Miríadas de golpes de los timbales indican que se aproxima la coda y con ésta el fin del viaje, y anticipan el grito de “¡tierra!” que emiten los marineros al columbrar el puerto en el poema de Goethe. Una brillante fanfarria de metales da la jubilosa bienvenida a los tripulantes de la nave a tierra firme. La obra culmina y el mar vuelve a la calma en el horizonte.

El final del movimiento ha suscitado interés en varios musicólogos, ya que no se corresponde con el final del poema de Goethe. Algunos indican que obedece simplemente a estética, otros que así la obra tiene un sentido de descubrimiento cíclico que se renueva a sí mismo, como Larry Todd; Thomas Gray dice que la tranquilidad final adquiere un nuevo significado después de los derroteros del navío a lo largo de toda la obra. No obstante, Douglas Seaton propone una interesante reflexión: un marino delirante en un mar apacible alucina el viaje feliz, y que arriba en última instancia a tierra firme, y la conclusión de la obra es el regreso a la fatídica realidad, y la muerte del viajero. 

Esta es una de las primeras obras de Mendelssohn que comienzan a afirmar contundentemente su estilo personal y en las que se nota una madurez musical e intelectual más sólida, apartándose de la tradición barroca y clásica. Un año después de la composición de la obertura se embarcaría en un viaje largo que cambiarían por completo su vida al visitar Inglaterra e Italia, y en el que experimentaría la fiereza y bondad del mar que plasmó magistralmente en su Op. 29.

Referencias

  • Goethe, J. W. Traducción de Rafael Cansinos Asséns. (1991). Obras completas. Colección Grandes Clásicos. Aguilar.
  • Mercer-Taylor, P (Editor). (2004). The Cambridge Companion to Mendelssohn. Cambridge University Press.

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