Música navideña: una breve historia.

Publicado: diciembre 17, 2018 Última Modificación diciembre 17, 2018 Por: adminmusica

por Francesco Milella

Desde los recónditos inicios de la religión cristiana, el nacimiento de Cristo ocupó un espacio prioritario en las liturgias de las primeras comunidades mediterráneas escondidas entre las catacumbas y las grutas de la Roma imperial. Su alto valor simbólico y alegórico fue colocando lo que hoy conocemos como Navidad al centro de una ritualidad cada vez más elaborada. A pesar de las incertidumbres y de las dificultades de los primeros tiempos, los cristianos tenían claro su doble misión: por un lado, celebrar con las más altas glorias la llegada de Cristo y, por el otro, facilitar la transmisión de dicha ritualidad de generación en generación y entre todas las naciones. La música, ingrediente esencial para la sobrevivencia y la consolidación de la fe cristiana en su estado embrionario, fue ocupando en tal sentido una posición predominante. El lenguaje, como el de toda la música religiosa de la época paleocristiana, era esencial. Dominaba la monodia en un canto comunitario, cuya fuerza espiritual sigue viviendo en el testigo más emocionante de esos años: el himno en latín Veni redemptor gentium (Ven, Redentor de los pueblos, de San Ambrosio de Milán, IV siglo d.C).  

Siguiendo el camino marcado por el himno ambrosiano, el canto gregoriano sucesivamente alimentó la ritualidad navideña con nuevos cantos, himnos y secuencias conforme a las reglas establecidas -según dice la leyenda- por el Papa Gregorio Magno: canto monódico y comunitario, modal y sin cromatismo, cuya única finalidad era la exaltación de la gloria divina. Pero la relación entre la Edad Media y la Navidad no se limitó al canto gregoriano: fuera de los monasterios y de las basílicas, el nacimiento de los espacios urbanos y, con ellos, de comunidades más amplias de ciudadanos y monjes fue generando un repertorio de cantos populares, generalmente en idioma vulgar (no en latín), capaces de despertar la espiritualidad de masas más amplias con lenguajes más claros que las áridas monodias gregorianas. Es el caso de las laude en Italia, impulsadas por los franciscanos (Dal ciel venne messo novello), los villancicos españoles (Riu Riu Chiu) o los Christmas Carols ingleses.  

A partir de la Edad Media la música navideña se dividió en dos caminos distintos: por un lado, el repertorio oficial aprobado por la Iglesia e interpretado en los momentos oficiales de la liturgia romana, cuya historia seguiría la de la música “culta”; por el otro, el universo popular alimentado por la espiritualidad libre y sincera de las diferentes comunidades cristianas. Así nació un repertorio inmenso -caso único en la cultura occidental (no hay, de hecho, ninguna otra fiesta de la liturgia cristiana que haya sido capaz de catalizar tanta atención por parte del universo popular)- que se radicó en toda Europa dibujando una historia de mitos, cuentos y leyendas. Momento clave para ambos repertorios fue el Renacimiento y sus revoluciones religiosas: a partir de entonces, cada área geográfica (tanto la Europa protestante como la Europa católica con sus infinitas variaciones locales) fue desarrollando su propia espiritualidad navideña y, con ella, su música y sus tradiciones.

El norte de Europa, con sus velas, sus árboles de Navidad y su San Nicolaus vestido de rojo y con barba blanca, miró a Lutero y a su canto comunitario profundamente emotivo, el mismo del que surgirían Purcell en Inglaterra (siglo XVII, Behold I bring you glad things), Charpentier en Francia (siglo XVII, Misa para la Medianoche de Navidad) y, obviamente, Bach en Alemania (siglo XVIII; Oratorio de Navidad). A pesar de las numerosas diferencias que separan estos (y otros) ejemplos, todos ellos parecen vivir una misma dimensión navideña: el coro y la colectividad en el calor de la casa y de la iglesia, en contraste con el frío de la nieve y de los bosques. La Europa católica de Italia y España desarrolló otras miradas: la comunidad, como en los tiempos paleocristianos, seguía siendo el centro, pero no encerrada en las iglesias y en las casas, como en el norte. La cristiandad mediterránea sale a las calles con sus procesiones y sus canciones populares construyendo un mundo que, en el Nacimiento de Jesús vive su más poética y sincera representación. De esta cultura nacen las canciones napolitanas (siglo XVIII, Tu scendi dalle Stelle) y también todo ese repertorio clásico de misas (F. Durante, siglo XVIII, Messa Pastorale), sonatas y conciertos del barroco italiano (A. Corelli, siglo XVIII, Concerto Grosso “Para la noche de Navidad) que llegarán hasta el continente americano (J. G de Zespedes, Puebla, siglo XVII, Convidando está la noche).

Con los siglos XVIII y XIX, los siglos de la Ilustración y del historicismo, ese complejo mundo de tradiciones se codifica, cataloga y, sobre todo, se escribe (muchos cantos vivían solamente en forma oral, demasiado precaria para sobrevivir). Si, por un lado, la codificación de estos cantos implicó la pérdida de su identidad popular y oral, seguramente más genuina y auténtica, por el otro, permitió una mayor difusión del repertorio navideño popular y su organización en torno a títulos tradicionales: Adeste Fideles (compuesto en 1743 sobre un tema popular irlandés), We wish you a Merry Christmas (basado sobre un canto popular inglés del siglo XVI) y Silent Night (compuesto, en su versión original en alemán, en Austria a principios del siglo XIX), entre otros. Con el siglo XX, la música de Navidad pasó del popular al pop: las grandes voces de la popular music, entre ellas Bing Crosby, John Lennon, José Feliciano hasta los Coldplay, se apoderaron de ese universo simbólico y alegórico cambiando las formas (nace la canción moderna), los lenguajes (jazz, góspel y rock) y los tonos de la música navideña, pero no de su necesidad de espiritualidad (ahora sí, más profana y menos religiosa) y de colectividad (si excluimos algunas divertidas parodias que el Grinch seguramente apreciaría).

Reconstruir el pasado de la música navideña es un reto fascinante y complejo que, obviamente, no termina y no se agota en esta breve reflexión. Su pasado y su identidad nos invitan a conocer más a fondo nuestra cultura en su totalidad histórica, social y geográfica ya que, de todos los repertorios de nuestra tradición musical, el navideño es, muy probablemente, el más antiguo, el más complejo y el que más ha sabido superar las fronteras de la liturgia. Podríamos seguir escarbando en cada época y en cada país: probablemente terminaríamos perdiéndonos en la leyenda y en esos cantos mágicos y sin tiempo, los mismos que nuestros abuelos nos cantaban cuando éramos niños y que seguiremos cantando a las futuras generaciones manteniendo viva esa memoria que, desde los primeros cristianos en Roma, el mundo occidental ha logrado mantener en vida con una fuerza inagotable.

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