Obras maestras – Béla Bartók (IV)

Publicado: agosto 22, 2015 Última Modificación agosto 22, 2015 Por: adminmusica



Sir Georg Solti | Orquesta Sinfónica de Chicago

En 1943, mientras dictaba una serie de conferencias sobre música folklórica en la Universidad de Harvard, la frágil salud de Béla Bartók dio un giro drástico que requirió de una gran cantidad de exámenes médicos. Cuando estos fueron inconclusos, “la gente de Harvard me persuadió para llevar a cabo otros exámenes, esta vez liderados por un medico muy apreciado que ellos pagaron. Esto tuvo un cierto resultado, ya que los rayos x mostraron problemas en los pulmones que daban indicios de tuberculosis y declararon con alegría: ‘finalmente conocemos la causa real’ (yo estaba menos alegre al escuchar la noticia).”

Luego de que Bartók regresó a su casa en Nueva York, la Sociedad Americana de Compositores, Autores y Editores “de alguna manera se interesaron en mi caso,” continua, “y decidieron curarme por su cuenta… Mandaron doctores y me hicieron estudios que mostraron un menor grado de daño en los pulmones… quizá no tuberculosis!, pero seguía sin saber la causa real de mi enfermedad.”

Mientras estaba en el hospital, Bartók fue visitado por Serge Koussevitzky, director de la Sinfónica de Boston, quien por recomendación de dos compañeros expatriados de Bartók, el violinista Joseph Szigeti y el director Fritz Reiner, le comisionó una obra en memoria de su esposa Natalie. Bartók aceptó y produjo el Concierto para orquesta, su última obra terminada, salvo por la Sonata para violin solo de 1944.

Poco después del encuentro con Koussevitzky, la leucemia fue diagnosticada, dos años antes de su muerte. Desde el diagnóstico, Bartók se retiró de la vida pública y reunió fuerzas solo para la composición del concierto.

La obra fue escrita en solo dos meses en el Resort-Sanatorio del Lago Saranac, al norte de Nueva York, y fue concluida el 8 de Octubre de 1943. El estreno fue ejecutado por la Sinfónica de Boston y Koussevitzky con un enorme éxito entre la audiencia y los críticos, el 1 de Diciembre de 1944.

El compositor reportó: “Fuimos a los ensayos y presentaciones, con un reticente permiso medico para realizar el viaje… la interpretación fue excelente. Koussevitzky dijo que era la mejor obra orquestal de los últimos 25 años (incluidas piezas de su ídolo Shostakovich)”

En las notas al programa del estreno, Bartók escribió:

“El carácter general de la pieza representa, salvo por el burlón segundo movimiento, una transición gradual desde la severidad del primer movimiento y la lúgubre canción de muerte del tercero, hacia la afirmación de vida del ultimo… El título de esta obra tipo sinfonía se explica en su tendencia de tratar instrumentos solos de la orquesta de forma concertante o solística. El tratamiento virtuoso aparece, por ejemplo, en la secciones fugato del desarrollo del primer movimiento (en los metales), o en el pasaje tipo movimiento perpetuo del tema principal del ultimo movimiento (cuerdas), y especialmente en el segundo movimiento, en donde pares de instrumentos aparecen consecutivamente con pasajes brillantes.”

Una historia fascinante, poco contada, sobre el segundo movimiento se relaciona con el director Antal Dorati, quien estudió piano y composición con Bartók en Budapest y visitaba ocasionalmente a su antiguo maestro en Nueva York:

“Una vez estábamos solos y Bartók me preguntó: ¿sabes de dónde viene el material del interotto en el Intermezzo (del Concierto)?
‘Desde luego que sí, maestro. Es la Viuda Alegre’

¿Y quién es esa?
Momentáneamente desconcertado, establecí que él, después de todo, conocía quién era Lehár, y que había escuchado la Viuda Alegre. Pero que quizá como su música le era tan poco familiar (y como no tenia la menor idea qué estaba pensando) él no captó a lo que me refería.

Así que, evidentemente, no era una cita de Lehár. ¿Qué era entonces? Después de hacerme prometer solemnemente que no diría nada mientras él viviera… me confió que era una melodía caricariturizada de la Séptima Sinfonía “Leningrado” de Shostakovich, que disfrutaba un enorme popularidad en Estados Unidos que era, en la óptica de Bartók, más de lo que merecía ‘Así que ventilé mi enojo,’ decía.”

El Concierto para orquesta sigue la forma palindrómica que Bartók empleó en el Cuarto cuarteto de cuerdas (1928), en donde el movimiento lento del centro se rodea de dos scherzos, que están a su vez rodeados de dos movimientos mayores.

Entre las muchas virtudes de esta, la obra orquestal más popular del compositor, está el final esplendidamente logrado, en donde se permite que cada sección de este virtuoso de cien cabezas brille y finalmente exhiba su virtuosismo en la compleja y espectacular fuga (en el desarrollo del Finale), previo a la exquisita conclusión en donde converge una muchedumbre sonora deslumbrante.

Fuente: Hebert Glass en gustavodudamel.com


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