Grandes Sinfonías (IV)

Publicado: enero 26, 2019 Última Modificación enero 26, 2019 Por: adminmusica

Hacer listas de lo mejor de cada género instrumental es una práctica polémica. Cada melómano tiene sus propias opiniones justificadas por diferentes razones que, desde el punto de vista de la apreciación, son todas válidas. En realidad no hay manera de llegar a una selección que convenza a todo el mundo. Sin embargo, realizar estas valoraciones siempre resulta interesante.

Creemos que estas son, sin orden establecido, las más grandes sinfonías de todos los tiempos, las obras más emotivas, más impresionantes y mejor escritas en la historia.

Tchaikovsky – Sinfonía no. 6 “Patética” op. 74

Orquesta Filarmónica de Radio Francia, dirige Myung-Whun Chung

La composición de esta obra gira alrededor de varias incógnitas que han ido entrelazando una historia que ha ido siempre acompañada de la música, como si fuese el propio programa de la Sinfonía. Por un lado, la beneficiaria y amiga del compositor, Nadezdha von Meck, viuda de un empresario del ferrocarril, y por lo tanto muy rica, había dejado de darle dinero, así como brindarle su amistad por motivos desconocidos. Esto, parece ser, sumió al compositor en una profunda tristeza. Por otro lado, el programa secreto de la sinfonía. La inclinación que sentía Tchaikovsky hacia lo dramático y escénico lo llevaron durante toda su carrera a acompañarse, para muchas de sus obras, especialmente en algunas de sus sinfonías, de programa o de una motivación extramusical. La Sinfonía Manfred op. 58, de 1885, es la más representativa. En la Sinfonía nº 4 todo gira en torno a la idea del destino y para la quinta dejó una sucinta descripción en su cuaderno de notas. Sin embargo, para la Sexta Sinfonía únicamente indicó que había seguido un programa mental que, sin embargo, no dejó plasmado en ningún sitio, tal y como indicó en una carta a Vladimir Davidov, a quien está dedicada la obra.

Otra de los grandes enigmas de la obra reside en la repentina muerte del compositor, nueve días después del estreno de la sinfonía, el 16 de octubre de 1893 en el concierto inaugural de la Sociedad Rusa de Conciertos, en San Petersburgo. La muerte de Tchaikovsky se dio por un repentino ataque de cólera por beber agua en mal estado que, según las diferentes interpretaciones, se debió a una confusión, o bien a un suicidio al airearse las inclinaciones homosexuales del compositor, que luchaba con la moralidad impuesta de la época. Sea como fuere, todo forma parte del imaginario que acompaña a la propia música, siendo uno de los trabajas más controvertidos del músico ruso.

Adagio – Allegro non troppo

En un principio, Tchaikovsky presenta una estructura convencional de la Sinfonía decimonónica donde el compositor plasmará toda su técnica orquestal. Comienza con un Adagio en el que el fagot expondrá el tema principal, como una pequeña letanía que da paso a un tempo mucho más vivo, donde se desarrollará, también, el segundo tema. Encontramos aquí, que Tchaikovsky introduce novedades, como lo cambios de tempi en mitad del segundo tema, la polimétrica y el más llamativo a nivel estructural, el solo de clarinete al que Tchaikovsky pide una dinámica simbólica de ppppp, que sirve como elemento de contraste con la sección posterior, mucho más enérgica. Esto nos lleva a un final en el que los vientos realizan un coral sobre pizzicati de las cuerdas hacia un morendo en el que los metales toman el testigo del fagot al comienzo de la obra.

Allegro con grazia

Este movimiento es donde Tchaikovsky despliega su vena más paródica a través de la composición de este segundo movimiento sobre un vals en 5/4. El compositor irá desplegando los temas entre las diferentes secciones de la orquesta en un movimiento que el crítico vienes Eduard Hanslick encontraría “inquietante e incómodo”.

Allegro molto vivace

En este movimiento nos conduce un pequeño segmento musical que nos introduce por primera vez el oboe. Este pequeño motivo que se mueve entre la danza francesa y la marcha militar será reconducido por Tchaikovsky a través de todas las familias instrumentales, en un constante juego de polimetría oído en el primer movimiento, que dirigen la obra hacia un falso final triunfal.

Adagio Lamentoso

En este movimiento está una de las mayores novedades de esta sinfonía en el mundo sinfónico. El nivel estructural de la obra Tchaikovsky colocó como último movimiento un Adagio Lamentoso que contradice las estructura de sinfonía beethoveniana, de la oscuridad a la luz.

El material temático de este movimiento lo presentan las cuerdas, a las que responden los fagotes en una especie de largo lamento a través de notas tenidas. Esto da pie a una incursión en nuevos terrenos melódicos y texturales que nos llevan hacia un clímax que se disolverá progresivamente hacia un coral en el que tomarán importancia los vientos, que pasarán el testigo a las cuerdas graves.

Fuente: Israel López Estelche para la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias

 

Henryk Gorecki – Sinfonía no. 3 de Henryk Gorecki

Orquesta Filarmónica de Varsóvia, dirige Antoni Wit

La revolución de Górecki consiste, en el caso de la Sinfonía núm. 3, de las lamentaciones, en un importante descubrimiento: tras tantos años perdido en el bosque infranqueable del serialismo integral encuentra el valor de la emoción en la ausencia de la variación armónica y en la repetición de células temáticas minimalistas sobre una textura muy simple. La repetición ad nauseam crea un efecto hipnótico adecuado a unos textos que cautivaron profundamente al compositor polaco en 1973.

Por fin cae el velo: no es ni la alta poesía de Goethe, Heine o Eichendorf, con su vuelo poético de alta cultura: son las palabras simples y tersas que nacen del dolor de una madre que ha perdido a su hijo. Es un texto recogido por el folclorista polaco Aldolf Digacz en la región de Silesia que describe el dolor de una madre por la pérdida de su hijo, probablemente durante las rebeliones de 1919-1921. Para Górecki resultó «un texto poético maravilloso. No sé si un poeta profesional podría crear tanta fuerza poética con palabras tan simples y tersas. No hay pena, desesperación o resignación, ni gesticulaciones exageradas: sólo hay el dolor y los lamentos de una madre que ha perdido a su hijo» y que, como Bartleby, acepta su desolación como una circunstancia ineludible.

Ese mismo año de 1973, Górecki oyó hablar de una inscripción en la pared de una prisión de la Gestapo en Zakopane, al pie de los Montes Tatras, al sur de Polonia. Eran las palabras de Helena Wanda, de dieciocho años, encarcelada en septiembre de 1944: «Oh mamá, no llores – Inmaculada Reina Celestial, socórreme siempre». Como explica el propio compositor, y frente a los chillidos desesperados de otros presos, «ella es diferente. No desespera, no llora, no exige venganza. No piensa en sí misma, si merece o no este destino». Ante la opción de reclamar justicia o venganza por su cruel destino, ella prefiere no hacerlo y piensa en su madre quien, sin duda alguna, «experimenta la verdadera desesperación».

Ya con los textos de una madre hacia su hijo —tercer movimiento— y de una hija hacia su madre —segundo movimiento— a Górecki únicamente le falta un texto para abrir la sinfonía: será el de una canción popular del siglo XV de la ciudad de Ople, una pasaje en el que la Virgen María reclama a Jesús que comparta con ella sus heridas en el mismo momento de la crucifixión y que le servirán para abrir esta sinfonía cosida con lamentos y con la que, con su minimalismo esencial y sin habernos movido prácticamente del sitio, nos lleva, al final y al igual que Bartleby, realmente muy lejos.

Fuente: ORQUESTA Y CORO NACIONALES DE ESPAÑA

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