Franz Liszt. Mirando hacia el futuro.

Con Franz Liszt la música europea se abre a nuevos horizontes y comienza a imaginar nuevos mundos y nuevas sonoridades.

Por Francesco Milella septiembre 10, 2020 Última Modificación septiembre 10, 2020

Con Franz Liszt la música europea se abre a nuevos horizontes y comienza a imaginar nuevos mundos y nuevas sonoridades. 

Música como transfiguración.

Con la muerte de Beethoven, epítome del héroe prometeico en lucha contra el mundo y su mundanidad, el mito del arte como transfiguración del mundo y de la misma existencia humana se transforma en el objetivo de muchos jóvenes músicos a partir de 1830. Con Schubert y el desafortunado destino de sus obras vimos cómo fue naciendo, bajo la sombra del Maestro de Bonn, el deseo de un lenguaje musical capaz de alejarse de las reglas burguesas y terrenas del mundo, para imaginar y proponer un mundo ideal y visionario que rompiera las cadenas de la fantasía y diera libre espacio a los anhelos del ser humano. No se trataba de ideales abstractos forjados por intelectuales encerrados en sus torres de marfil, sino de ideas que nacían a partir de un directo contacto con la realidad: las revoluciones de 1830 y, sobre todo, de 1848, el lento pero inexorable triunfo de la burguesía, del capitalismo, del positivismo científico fortalecieron y difundieron este mito romántico en toda Europa con resultados fascinantes, a veces trágicos. Si Schumann no pudo frente a los retos existenciales de este nuevo mundo, poco después de él llegó una generación de nuevos compositores con la intención de buscar nuevos caminos, para enfrentar este mundo heroicamente. Y cambiarlo. 

Franz Liszt fue el primero de ellos. Nacido en Hungría en 1811 y sólidamente anclado al mundo alemán – Weimar será por muchos años su verdadera casa hasta su muerte en 1886 –, Liszt es una figura difícil de enmarcar no solo por su identidad transcultural que lo llevará a hacer largas giras por Europa, desde Portugal hasta Turquía, sino también por su lenguaje musical tan impredecible, innovador, personal, casi utópico y, al mismo tiempo, lúcido y consciente de la realidad que lo rodea y de sus transformaciones sociales, políticas y culturales. A pesar de las diferencias abismales que escuchamos entre el primer y el último Liszt, su música se define como un constante e intenso proceso de innovación hacia un ideal artístico: música como misión existencial ante el rechazo de una realidad inaceptable, música capaz de unirse a todas las artes en una pulsión mística, una incesante búsqueda de una dimensión futura, ideal. 

Del socialismo…

Todo comienza en París, en 1830, cuando explotan movimientos sociales en contra del poder aristocrático puesto nuevamente en la cumbre de Europa después del congreso de Viena en 1815. Liszt los apoya abiertamente y ve en ellos una etapa fundamental para la emancipación y la elevación de la sociedad. El fracaso es traumático para todos, incluido Liszt: su entusiasmo socialista – algunos libros de historia de la música hablan incluso de un Liszt ‘agitador de masas’ – cede paulatinamente ante un pesimismo existencial que se acentúa después de 1848, año de la gran revolución europea. Liszt no muestra ningún interés por esta nueva transformación social y política de Europa: al contrario, desde Weimar, donde ese mismo año había sido nombrado director de la ópera, se encierra en un misticismo casi misionario y comienza a ‘evangelizar’ a los pueblos de Europa y sus extremos con su propia arte pianística. 

Después de haber viajado y conocido a los grandes protagonistas de la cultura europea, desde Rossini y Paganini hasta las escritoras Marie d’Agoult y George Sand, Liszt se encierra en Weimar. Nacen así la extraordinaria Sonata para piano en si menor y los trece poemas sinfónicos, obras maestras que transportan el lenguaje del compositor de origen húngara hacia una nueva etapa. Su música define finalmente su identidad transcultural, en un diálogo constante con otras artes, sobre todo la literatura (Dante, Petrarca y Goethe en primer lugar), así como su carácter libre: Liszt desestabiliza las formas tradicionales de la música y se deja guiar por su mirada poética más allá de las reglas estructurales, melódicas y armónicas. Pensemos, por ejemplo, en la ya mencionada Sonata en si menor, un verdadero poema sinfónico para piano, o en el Concierto para piano n. 2 en donde la estructura en tres partes se transforma en una estructura circular en seis. 

…al misticismo.

Pero la trayectoria de Liszt todavía no llega a su fin. En esos mismos años explora otros caminos y se acerca, primero, a una dimensión mística más profundamente espiritual y religiosa con la Misa de Gran (1855) y los dos oratorios La Leyenda de Santa Isabel (1862) y Christus (1866), y luego, a partir de los años 70’, a un lenguaje más experimental: dibujos atonales, estructuras armónicas audaces, disonancias a veces explicitas como en la Bagatelle sans tonalité (1855), a veces escondidas en composiciones aparentemente más tradicionales. Al final de su vida, Liszt alcanza un verdadero ascetismo musical alejándose del mundo y sus reglas e imaginando un mundo musical profundamente místico. Visto después de su muerte, su camino musical puede parecer frágil, imperfecto, incluso desequilibrado entre las tensiones socialistas de su juventud y el misticismo silencioso y experimental de los últimos años. Sin embargo, es aquí donde podemos encontrar y entender la grandeza de este pianista y compositor excepcional: un genio que nunca se rinde ante la complejidad del mundo y busca siempre caminos distintos para enfrentarlo y transformarlo, mirando siempre hacia el futuro. 

Francesco Milella
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