La manera de Giuseppe Verdi

Las óperas de Giuseppe Verdi han fascinado generaciones de melómanos y neófitas por la belleza de su música, la fuerza teatral de sus personajes y su extraordinaria capacidad de interpretar el mundo y al ser humano.

Por Francesco Milella agosto 25, 2020 Última Modificación agosto 25, 2020

Las óperas de Giuseppe Verdi han fascinado generaciones de melómanos y neófitas por la belleza de su música, la fuerza teatral de sus personajes y su extraordinaria capacidad de interpretar el mundo y al ser humano.

Este Verdi es un maestro singular; ha llegado a una edad en que todos los grandes compositores tienen ya definida su manera de escribir, y el todavía anda buscando la suya; así por ejemplo entre Aida y Trovador hay una distancia tan grande como entre el Trovador y Nabucco’. Abrir este breve retrato de la música y la trayectoria de Giuseppe Verdi (1813-1901), uno de los pilares fundamentales de la música y, en general, de la cultura del siglo XIX, con un comentario tan denigratorio es indudablemente decepcionante para los muchos que, como yo, aman, estudian y escuchan con pasión todas sus óperas. Es imposible no compartir el desconcierto del anónimo escritor ante las innegables diferencias que separan óperas como Nabucco (1842), Trovatore (1853) y Aida (1872). Sin embargo, la exageración retórica de estas palabras publicadas en La Revista Universal de México en 1874 nos ayuda a entender claramente, y con un poco de sana ironía, lo que quizás sea uno de los elementos más emblemáticos de la identidad musical de ese genio universal que fue Giuseppe Verdi: su identidad transversal, su capacidad de seguir las transformaciones de su tiempo en un constante proceso de autocrítica, crecimiento y exploración. No vamos a analizar la vida y la obra de Verdi en su totalidad: sería una tarea imposible e irrespetuosa por la cantidad de eventos y factores que la definieron. Al contrario, lo que vamos a buscar en este breve retrato es observar más de cerca estas tres óperas y buscar, a través de ellas, la identidad y el genio de Verdi, esa ‘manera de escribir’ que el pobre crítico mexicano no fue capaz de encontrar.

Nabucco

Nabucco es el primer éxito de Verdi en el Teatro alla Scala de Milán después de años de dolor personal y derrotas musicales, una de las óperas más emblemáticas de una fase muy intensa de su vida y, según la opinión superficial de muchos, muy poco original. Son los ‘años de prisión’ (1843-1850), años en que compone obsesivamente una ópera por año bajo la incómoda sombra de la tradición rossiniana y donizettiana: repite sus formas, sus estilos y sus lenguajes e incluso trabaja con los mismos libretistas y cantantes. Sin embargo, a pesar de su identidad tan profundamente italiana y tradicional, Verdi comienza a manifestar señales de malestar hacia tanta rigidez y decide superar poco a poco las fronteras del mundo al que creía pertenecer sin posibilidad de salida. Decide despuntar las formas rígidas del teatro italiano desafiando el espíritu conservador de su público con óperas como Macbeth (1847), donde elementos sobrenaturales y temas políticos irrumpen en la escena después de décadas de mitología literaria sentimental y amores estereotipados. Al mismo tiempo busca un compromiso social más activo haciéndose eco de las tensiones de su pueblo en contra de la dominación austriaca sin caer en la propaganda política y ofreciendo nuevos modelos e ideales (I Lombardi alla prima crociata, 1843; Attila, 1846)

Trovatore

Once años después de Nabucco, Il Trovatore, segundo capítulo de la trilogía popolare junto a Rigoletto (1850) y Traviata (1854), saca finalmente a Verdi de su prisión y lo coloca firmemente al centro del teatro italiano, un teatro que Verdi ya tiene los instrumentos y el prestigio para cambiar y transformar según sus propias exigencias sin postrarse ante los dioses del pasado. Si, por un lado, mantiene muchos aspectos de la tradición italiana (la cavatina, el recitativo, la cabaletta), por el otro, los adapta a una dramaturgia más libre y coherente con una idea de teatro más moderna. El recitativo, por ejemplo, se transforma en un momento de pathos casi melódico y la voz se aleja de la belleza hierática del bel canto. El teatro se abre a una expresividad más intensa, íntima y conflictiva espejo de una sociedad burguesa post 1848, más inquieta y atormentada, incapaz de encontrar el equilibro entre interioridad y sociedad en un mundo cada vez más poderoso y, al mismo tiempo, más frágil y deshumano. Pensemos en Rigoletto, malvado y desagradable cómico de la corte del Duque de Mantua y padre cariñoso de Gilda, o en Violetta en Traviata, prostituta inmoral y víctima ingenua y pura de una sociedad más inmoral que sus ‘servicios’.

Aida

Veinte años y tan solo siete óperas después, Verdi regala al mundo la belleza de Aida.  Tiene casi sesenta años: su mirada hacia el mundo deja a un lado las pulsiones políticas (Nabucco) y sentimentales (Traviata) y lo retrata con una madurez capaz de captar e interpretar todos sus matices. Freud todavía no ha lanzado su cuchillo rompiendo las hipocresías del siglo, sin embargo, la cultura europea comienza poco a poco a mirar al ser humano como el resultado complejo de fuerzas opuestas, de mundos íntimos y tensiones personales que a veces carecen de explicación (no hay que olvidar que son los mismos años del teatro de Ibsen). Verdi, figura extraordinariamente internacional, absorbe estas nuevas miradas y las interpreta en su teatro imaginando personajes cada vez menos polarizados y más multifacéticos. Es el caso de Amneris, enamorada de Radamés y rival de Aida, cruel y, al mismo tiempo, víctima de un amor no correspondido, o de Filippo II en el Don Carlos, figura en donde habitan maravillosamente conflictos personales y políticos sin solución. En el último Verdi, las formas del teatro italiano parecen desaparecer frente a estructuras majestuosas por su grandeza y profundidad en donde elementos del grand opéra y del teatro wagneriano se funden en un lenguaje definitivo. Mientras que Wagner celebra un mundo mitológico de dioses y héroes, Verdi exalta lo humano más humano, lo cotidiano, lo esquizofrénico y desestabilizante, lo impredecible y lo grotesco, lo irónico y lo salvaje entre viejos enamorados sin frenos (Falstaff) y amantes celosos (Otello). Volvamos ahora al texto inicial, a ese retrato sin identidad ni carácter de Verdi. Las diferencias entre las tres óperas no han desaparecido ni la trayectoria de Verdi nos parece más homogénea. Sin embargo, Nabucco, Trovatore y Aida dejan de ser tres conceptos independientes para ocupar en nuestra visión el papel de tres puntos esenciales de una vida sin fronteras, en constante cambio, interacción y diálogo con su mundo exterior e interior. Como todos los más grandes artistas de nuestra historia, Verdi fue un intérprete sensacional y agudo de su tiempo y sus habitantes. Los fue leyendo en todas sus transformaciones, sombras y bellezas: el resultado de esta ‘lectura’ lo vemos hoy en sus óperas y sus protagonistas, tan profundos, conmovedores, majestuosos, inquietantes, dolorosos, cómicos, grotescos, desconcertantes e inagotables, como lo es el mundo que representan.

Francesco Milella
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