Sinfonía Leningrado de Shostakovich

Publicado: enero 10, 2019 Última Modificación enero 25, 2019 Por: adminmusica

La cólera canta, oh diosa: Música para escuchar #Homero2019
Por Sergio Villicaña Múñoz

Comienza Italo Calvino en Por qué leer los clásicos con múltiples definiciones de éstos, una de ellas sostiene que “se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos”. Y qué mejor condición que disfrutarlos o revisitarlos en una lectura colectiva, que, aunque virtual, nos haga encontrar todas las riquezas que múltiples ojos advierten en las letras, sus mundos ocultos, sus divergencias (o afluencias) en otras artes y en las mismas vidas de los lectores. En pos de experiencias literarias nuevas para el año 2019 y desde su primer día, el escritor y profesor Pablo Maurette, siguiendo la tradición iniciada en el 2018 con La Divina Comedia, organizó las redes tuiteras para llenarlas de héroes, dioses y caballos gigantescos de madera, lanzando en redes la invitación a la lectura masiva y mundial de los cantos homéricos: La Iliada en la primera mitad del año, La Odisea en la segunda, un canto por semana, durante cuarenta y ocho semanas.

Como experiencia meta-lectora (o también, por qué no, independiente), propongo maridar los textos con ciertas obras musicales que pueden servir de eco a la voz de Homero, ya sea por haber sido inspiradas por tal o por hablar de los mismos tópicos que los poemas, pero en otras circunstancias. Por ahora y para iniciar, la escucha de una obra compuesta en circunstancias similares a la guerra de Troya, pero ocurrida hace 77 años.

 

“Troya cayó, Roma cayó, Leningrado no cayó”

Esta frase ha cobrado fama como la dicha por los rusos al haber resistido, a pesar de las sórdidas condiciones, al paralelismo (salvo en su final, claro está) del siglo XX del asedio de Troya: el sitio de Leningrado, la actual san Petersburgo. El 22 de junio de 1941 inició la operación Barbarossa, la invasión de las tropas de Hitler a territorio soviético, conformadas por tres millones de soldados alemanes, así como miles de tanques y aviones; el Ejército Rojo decidió no responder pensando en que se trataba de una disputa fronteriza sin importancia. A principios de septiembre el ejército nazi cortaba la comunicación de las últimas carreteras a la ciudad de Leningrado, y no se irían hasta poco menos de dos años y medio después, ochocientos setenta y dos días exactamente. La ciudad era clave debido a su relevancia económica y militar (las principales fábricas de armamento se encontraban aquí), además de ser altamente simbólica por ser cuna de la revolución rusa y de su ideología.

Aunque no tan prolongada como la de Troya —que se extendió durante diez años, como había revelado el adivino Calcas en un principio, según lo cuentan Apolodoro, Proclo y el mismo Homero en el canto II—, la resistencia a la que tuvieron que hacer frente los rusos fue extremadamente atroz. El pan se racionó dividiendo a la población en tres categorías, siendo para muchos la ración diaria de 125 gramos, y se bombardeaba varias veces al día la ciudad. Rápidamente tal situación derivó en saqueos y canibalismo; desaparecían los niños de sus casas y sólo se encontraban de ellos sus ropas y sus huesos. El gobierno sólo mostró su incapacidad para proteger a los ciudadanos, e incluso se censuró publicar en otras partes del país fotografías que mostraran el estado de la ciudad.

 

“Defenderemos nuestra música”

Esta frase bien podía haber sido dicha por algún héroe troyano, no obstante la pronunció en la radio de Leningrado Dmitri Shostakovich, al anunciar en septiembre de 1941 que llevaba concluidos los dos primeros movimientos de su Séptima Sinfonía, Op. 60, que titularía A la ciudad de Leningrado ya terminada el 27 de diciembre de 1941, y que tenía por intención reflejar los fragores de la batalla y la atrocidad de la guerra. Para entonces, el patriotismo del compositor ya había sido conocido por todo el mundo, cuando se ofreció como voluntario en el cuartel general de defensa civil a comienzos de la guerra y fue fotografiado su taciturno rostro con un casco de bomberos que apenas le quedaba; ésta fue publicada más tardes con fines propagandísticos de los aliados en la revista Times en la portada de julio de 1942, con el rótulo “En medio de bombas explotando en Leningrado él escuchó los acordes de la victoria”.

Recuerda este hecho a la epopeya homérica en lo particular —a la historia en lo general—, a los poetas soldados, a los soldados poetas; el arte, como decía Shostakovich, se defiende y se impone en una guerra, y la guerra se impone en y a las artes, y de esta ambivalencia antagónica entre lo brutal y lo sublime es que mejor se observa la naturaleza del hombre.

Cuando la situación en la ciudad fue insostenible, Stalin mandó evacuar al compositor incluso en contra de su voluntad el 27 de septiembre, y se trasladó a Kuibishev, con los manuscritos de su música en mano y casi sin equipaje.

Portada de la revista Times del 20 de julio de 1942, con una imagen de Dmitri Shostakovich portando un casco de bombero. Obtenida de http://content.time.com/time/covers/0,16641,19420720,00.html

Alex Ross en El ruido eterno narra con elocuencia las condiciones de los estrenos de la sinfonía en múltiples lugares del mundo, incluyendo en Leningrado:

La Leningrado se estrenó en Kuibishev en marzo de 1942. Luego se abrió paso por todo el mundo, aunque su avance se vio complicado por la guerra. Como publicó The New Yorker en la sección «Talk of the Town» («Se habla en la ciudad»), la partitura se pasó a microfilm, se metió en una lata de aluminio, voló a Teherán, se llevó en coche a El Cairo, voló a Sudamérica y, finalmente, voló a Nueva York. Toscanini se impuso […] para dirigir el estreno en Occidente, que tuvo lugar el 19 de julio de 1942 […] La Leningrado asediada oyó la sinfonía el 9 de agosto de 1942, en las circunstancias más dramáticas imaginables. La partitura la transportó un avión militar en junio y una Orquesta de la Radio de Leningrado severamente diezmada empezó a estudiarla. Después de que se presentaran al primer ensayo tan sólo quince músicos, el general al mando ordenó que acudieran todos los músicos competentes desde las líneas del frente. Los instrumentistas solían abandonar los ensayos para retomar sus obligaciones, que incluían a veces tener que excavar fosas comunes para las víctimas del asedio. Tres miembros de la orquesta murieron de hambre antes de que se celebrara el estreno […] Un enorme despliegue de altavoces transmitieron entonces la Leningrado al silencio de la tierra de nadie.

Este espíritu fue, sin duda, determinante para la resistencia de la ciudad.

 

Las caras de la guerra

La representación que hace Shostakovich de la guerra no es precisamente naturalista. El primer movimiento comienza con lo que él mismo describió como una pintura de “la vida feliz y apacible de las personas” antes de la guerra. A continuación comienza un episodio sumamente influenciado por el Boléro de Maurice Ravel; es la repetición doce veces de una marcha bastante sencilla —casi vulgar—, primero con pizzicato en los violines, después flauta y pasando por múltiples instrumentos hasta llegar a un tutti orquestal. A muchos críticos y compositores contemporáneos a Shostakovich les inquietó este episodio (Béla Bártok incluso lo parodió y se burló en su Concierto para Orquesta, en el cuarto movimiento) por ser una estampa burlesca de un ataque bélico. Así como en La Iliada se ven reflejados el capricho de los antropomórficos dioses, sus pasiones y antojos, jugando y manipulando el escenario de la guerra como se hace con las piezas en un tablero de ajedrez, así la pinta el compositor en su obra, como una comedia burlesca, mecánica y sin destino aparente. Terminada esta sección, viene un desarrollo que tiene de fondo rítmico la misma caja que en la marcha anterior, pero ahora transmitiendo las “arremetidas bélicas” (en palabras de Shostakovich); es una sección cáustica, con predominio de metales, y que bien puede figurar de manera más realista el estado de una ciudad en resistencia. El movimiento continúa con la reexposición del tema de la vida feliz, pero ahora con un tratamiento diferente: pareciera que de esa antigua vida solo queda un vago recuerdo, casi inaudible, llevando la línea melódica el fagot. Finalmente, se muestra brevemente la percusión con el ritmo de la marcha y acaba el movimiento.

Los siguientes tres movimientos tienen su interés musical, pero la mayor anécdota proviene del primero.

 

Para finalizar sólo resta decir que, aunque no es de sus sinfonías más celebradas, es un hito en la historia de la música no sólo por su calidad, sino por lo que representa: la música, el arte, como la mayor resistencia a la destrucción. Los soldados alemanes que formaron parte del asedio y escucharon la transmisión del estreno de la sinfonía, afirmaron posteriormente que el efecto que la música tuvo en ellos fue revelador: se dieron cuenta que “había algo más fuerte que el hambre, el miedo y la muerte: la voluntad de seguir siendo humanos”. La misma determinación heroica de los rusos se puede encontrar en los troyanos o viceversa, a pesar del triunfo de los unos y la derrota de los otros.

Bibliografía consultada:

  • Calvino, I. (2012). Por qué leer los clásicos. Siruela.
  • Hard, R. (2008). El gran libro de la mitología griega. La esfera de los libros.
  • Jones, M. (2008). El sitio de Leningrado. Crítica.
  • Prieto, C. (2013). Dmitri Shostakóvich. Fondo de Cultura Económica.
  • Ross, A. (2016). El ruido eterno: escuchar al siglo XX a través de su música. Seix Barral.

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