Tristán e Isolda y el público

Publicado: octubre 10, 2016 Última Modificación octubre 10, 2016 Por: adminmusica

Por José Antonio Palafox

El pasado 8 de octubre asistimos en el Auditorio Nacional a la proyección de Tristán e Isolda, monumental ópera en tres actos de Richard Wagner con la que el MET de Nueva York dio inicio a su temporada 2016-2017, que coincidió además con su transmisión mundial en directo número 100 y con sus primeros 50 años dentro de las instalaciones del Lincoln Center. Este triple evento merecía una celebración única, y en verdad el MET echó la casa por la ventana para ofrecer al público un espectáculo realmente inolvidable en una nueva producción a cargo del artista polaco Mariusz Treliński y con un reparto de primer nivel al frente del cual estuvo el experimentado director de orquesta inglés Simon Rattle.

En los papeles protagónicos de esta trágica historia de amor se encontraron la soprano sueca Nina Stemme y el tenor australiano Stuart Skelton. Stemme hizo entrega de una magnífica Isolda, construyendo cuidadosamente su personaje y dando particular importancia a los aparentemente imperceptibles matices que dan cohesión a la complejidad psicológica de una mujer que pasa del más abyecto desprecio al más apasionado amor por el hombre al que considera su captor. Por su parte, el desempeño de Skelton como Tristán fue muy limpio y correcto, aunque no sobresaliente. Su voz es cálida y poderosa, pero su capacidad actoral limitada y un aspecto bonachón harto simpático hicieron prácticamente imposible relacionar su imagen con la de un Tristán consumido por una pasión desgarradora.

Mención aparte merecen la brillante mezzosoprano rusa Ekaterina Gubanova como una espléndida Brangaine (causante de todos los males de la pareja protagónica), el gran bajo alemán René Pape (cuya avasalladora presencia escénica y su portentosa voz lograron crear un inolvidable rey Marco) y el bajo barítono ruso especializado en papeles wagnerianos Evgeny Nikitin como un genial Kurnewal (fiel compañero de Tristán).

Por otro lado, el desempeño de la orquesta del MET fue soberbio. La lectura que hizo Simon Rattle de la partitura resultó muy interesante y propositiva, ya que decidió apoyarse en las cuerdas y en una muy expresiva sección de metales para enfatizar la pasión y la desesperación de los amantes, consiguiendo un curioso equilibrio que emparentó –durante gran parte de la obra- a su Wagner con el Mahler de las últimas sinfonías y, por momentos (concretamente durante el delirio de Tristán en el tercer acto), con las cerebrales atmósferas de Schoenberg. Sin embargo, tal vez esta propuesta llegó demasiado lejos y no resultó del agrado de todos los que esperaban ansiosamente la famosísima “muerte de amor” (liebestod) de Isolda, ya que Rattle la desgranó a una velocidad inusualmente rápida, llegando a poner en problemas en un par de ocasiones la interpretación vocal –más lenta- de Nina Stemme.

La puesta en escena resultó realmente deslumbrante: teniendo como hilo unificador la gigantesca imagen en verde y negro del sonar de un barco (que aparecía durante los preludios sinfónicos de cada uno de los actos y en cuyo centro se proyectaban pequeños cortometrajes en blanco y negro con imágenes de barcos acometidos por furiosas olas, bosques estallando en llamas, semillas de diente de león esparcidas al viento y un inquietante sol negro de amenazadora presencia), la acción de esta leyenda medieval fue audazmente trasladada a una época contemporánea, dentro del asfixiante espacio de un buque de guerra. Tristán es el capitán de la embarcación que traslada

a la prometida de Marco de Irlanda a Cornualles. Sus marineros son todos infantes de marina con tatuajes en los brazos, boinas negras, pantalones camuflados y rifles de asalto en ristre. Con sendos cigarrillos en la mano, Isolda y Brangaine visten elegantes gabardinas en deuda con las películas de espionaje ubicadas en la Guerra Fría, y el rey Marco es un orgulloso almirante que luce un impecable uniforme blanco lleno de condecoraciones. En el segundo acto, cuando Tristán e Isolda ya están perdidamente enamorados uno de la otra por culpa del filtro proporcionado por Brangaine, los protagonistas reafirman su pasión escondidos en la bodega del barco, rodeados –a modo de muda advertencia- de decenas de barriles que tienen la etiqueta “Peligro” pegada en sus costados. Finalmente, el tercer acto transcurre en una lóbrega habitación de hospital y en una cabaña totalmente derruida.

Dentro de tan poco ortodoxa propuesta escénica abundó el uso de espacios vacíos totalmente en negro, con solo una luz iluminando a un único intérprete, además de que -como si de una videoinstalación se tratara- se proyectaban sobre el fondo cuadrículas en color verde, o imágenes en blanco y negro de una espesa niebla, de un mar embravecido o de un circuito cerrado que repetía desde distintos ángulos las acciones de Isolda.

Pero la audacia de la puesta en escena fue más allá al hacer que el decisivo ajuste de cuentas entre el fiel Kurvenal y el traidor Merlot (quien pone sobre aviso al rey Marco respecto a los amores de Tristán e Isolda y después hiere de muerte al héroe) se lleve a cabo en la oscuridad. Efectivamente: de la llegada del rey y su séquito al hospital donde yace Tristán, así como de la pelea entre Kurvenal y Merlot (en la cual ambos mueren) solo nos enteramos por las voces y por los destellos de unas lámparas que se mueven de un lado a otro del escenario, por detrás de una gruesa pantalla. Esto pareció molestar a más de un espectador (al menos en el Auditorio Nacional) porque pudimos observar algunos grupos de personas que se levantaron de sus asientos y abandonaron el recinto, murmurando entre dientes.

Ya algunos concurrentes habían tirado la toalla en los intermedios del primer y el segundo acto (lo cual es comprensible debido a la maratónica duración de esta ópera), pero este detalle pone de manifiesto que no todo el público se encuentra listo para aceptar nuevas formas de abordar a los “monstruos sagrados”. En su momento el propio Wagner tuvo que peregrinar de un lado a otro buscando quién pusiera en escena su titánica ópera, que en 1862 era considerada como “no representable” por sus audacias vocales y orquestales, pero hoy en día Tristán e Isolda es una de las obras más clásicas dentro del repertorio clásico. Sin embargo, parece ser que se sigue prefiriendo un discurso lineal tradicional por encima de las nuevas propuestas.

Tal vez se debió a la arriesgada puesta en escena, o quizá a la hoy excesiva duración (recordemos que Tristán e Isolda dura 5 horas), o a que sus highlights son –concretamente- el preludio con que empieza y la liebestod con que termina, pero lo cierto es que, al finalizar la transmisión, el público se había reducido considerablemente, y no todos los comentarios a la salida eran halagadores. Sin embargo, sea como fuere, la realidad es que con esta majestuosa producción el MET dio bastante para hablar y aún más para recordar.

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