Bach, entre Versailles y Köthen

Junio 23, 2015

Por Francesco Milella

La elegancia, el lujo, la abundancia y la belleza del nuevo estilo de vida que el rey francés Luis XIV había logrado crear en Versailles, fuera de París entre 1600 y 1700, empezaron casi inmediatamente a difundirse por toda Europa impresionando intensa y profundamente a diversas cortes europeas. Cada país empezó a imitar diferentes aspectos y elementos del modelo Versailles: Italia, gracias al brillante arquitecto italo-holandés Luigi Vanvitelli, importó la idea de un nuevo espacio para la corte, inmenso y elegante. Alemania, luterana y por lo tanto más discreta y frugal, miró más bien a la música, especialmente a la danza. Y así fue en el pequeño ducado de Anhalt-Köthen, donde, aprovechando de la presencia de un tal Johann Sebastian Bach, que desde 1717 trabajaba como Kapellmeister, el príncipe Leopold pudo dar un nuevo impulso a la vida de corte animando las fiestas con un género importado directamenente desde Versailles: el ballet de corte.

Bach, que desde joven amaba mirar más allá de las fronteras musicales alemanas, conocía perfectamente la música francesa, su estilo, sus colores y su estructura. Y sobre todo conocía las suites, o sea, aquellas estructuras formales alrededor de las cuales Lully y todos los grandes compositores franceses al servicio del rey componían sus ballets. El núcleo de la suite era la sucesión de cuatro danzas fundamentales: allemande – courante – sarabande – gigue. A partir de este esqueleto, cada compositor podía, en un segundo momento, añadir danzas nuevas. Al acercarse a este modelo, Bach, en esos años ya plenamente maduro, logró realizar algo realmente impresionante: cuatro suites, cuatro joyas en donde la rígida estructura y el inflexible lenguaje musical de la corte francesa parecen desaparecer completamente para dar vida a obras ligeras y libres. Les propongo acercarnos hoy a la menos conocida de las cuatro: la suite n 1 en do mayor BWV 1066.

Bach abre la suite con una ouverture teatral y escenográfica, en el mejor estilo francés: el compositor alemán usa el lenguaje de la corte parisina, su ritmo y su elegancia para poderlo fortalecer con la solidez de su música, una música contrapuntística, fuerte, brillante y ágil. Y así es en esta suite: después de una introducción galante y suntuosa, Bach inicia un tema de exquisita factura donde, a través de un elegante diálogo entre los diferentes instrumentos, las frases adquieren una fluidez y luminosidad sin precedentes en el género. En los breves movimientos que siguen (Courante, Gavotte I y II, Forlane, Minuet I y II, Bourée I y II, Passpied I y II), Bach homenajea la hermosa tradición francesa imitando todas aquellas prácticas musicales que Lully, Marais, Camprá y De Lalande habían logrado estilizar para el placer de la corte de Versailles: ritmos claros y sólidos, redondos y perfectos como debe de ser tratándose de danzas (aunque en Köthen no fueran propiamente acompañadas por una danza “física”), melodías amables, delicadas y sencillas. En pocas palabras: elegancia, refinamiento, delicadeza y encanto. Bach, lo hemos ido conociendo juntos semana tras semana, obviamente no podía limitarse a imitar pasivamente la tradición francesa. En cada uno de los movimientos verán cómo el gran compositor alemán ha logrado dejar huellas de una excepcional personalidad musical (en el bajo continuo siempre dinámico y ágil, en los juegos armónicos nunca descontados ni previsibles, en la brillantez y originalidad de la instrumentación de algunos compases, en un gusto melódico equilibrado y refinado) logrando siempre encontrar detalles y pequeñas sorpresas para sublimar el espíritu material y cortesano de este género del ballet de corte, orientándolo siempre hacía una estética musical llena de pathos y poesía.

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