“ATYS” DE LULLY Y EL DIÁLOGO DE LAS ARTES

Publicado: noviembre 4, 2015 Última Modificación noviembre 5, 2015 Por: adminmusica

Atys

Por Francesco Milella

De las casi quince óperas compuestas por Lully a lo largo de su carrera musical al servicio del Rey Sol, “Atys”, presentada por primera vez en la Académie Royale de Musique de París el 10 de enero de 1676 con la participación activa del Rey Luis XIV, sigue siendo una de las más exitosas e interesantes. No solamente por su complejidad musical y teatral sino porque, en cierto sentido, representa un modelo perfecto, equilibrado y, desde luego, fascinante de ese género musical del cual el mismo Lully se considera el padre fundador: la trágedie-lyrique.

En otras palabras, “Atys” es una ópera donde todos los elementos de la tragédie-lyrique parecen unirse en un fascinante equilibrio tanto dramatúrgico como musical. El modelo literario y teatral al cual se inspira el libreto de Philippe Quinault abarca todo el repertorio codificado por Racine, Corneille y Moliere (los pilares de la dramaturgia francesa). Un repertorio que pone al centro el mundo mitológico romano y griego.

Attis, según la mitología griega, era el amante de la diosa Cibeles, su siervo y conductor de carroza. Quinault toma como modelo los “Fastos” de Ovidio (gran poeta latino de la primera época imperial, I siglo a. C.) donde la relación de Attis (francesizado en Atys) con Cibeles (transformada en Cybèle) toma un rumbo diferente debido a la presencia de la ninfa Sangaride. Nace entre Atys y Sangaride un amor intenso, pero imposible ya que el protagonista es amado también por la diosa Cybèle, frente a la cual la pobre ninfa no puede competir. Después de una serie de confusiones (y confesiones) amorosas, Cybèle ordena al dios del infierno Alecton que embruje a Atys y mate a Sangaride. El protagonista, interpretado por el famoso contralto Bernard Clédière, al final decide suicidarse frente a la muerte de su amada. La ópera se cierra con un tierno gesto de la diosa Cybèle que, para mantener vivo el recuerdo del tierno amor entre Atys y Sangaride, decide transformar al protagonista en un pino.

Sobre esta historia y, sobre todo, con base en un modelo dramatúrgico fijo e inmutable (prólogo + 5 actos), Lully organiza su estructura musical. Una estructura musical que hoy, después de casi 400 años nos puede parecer lejana, difícil. Es la verdad: las óperas de Lully están estrictamente vinculadas, más que otras composiciones de épocas diferentes, al contexto para el cual fueron compuestas. Por esta razón nos cuesta trabajo comprender y apreciar, por ejemplo, el tono triunfal, celebrativo y tremendamente retórico del prólogo donde la alegoría del Tiempo y Melpómene, la musa del teatro, se unen para celebrar la gloria del Rey y de su corte. Y quizás aún más complejos y – hay que admitirlo – absurdos nos suenen tanto los divertissmements que caracterizaban el final de cada acto para comentar los hechos de la historia y glorificar nuevamente (como si fuera necesario) al Rey presente, como los finales mágicos e irreales con los cuales “Atys” y todas las trágedie-lyriques se cerraban. Momentos en donde la lógica teatral moderna parece casi desaparecer para complacer las necesidades estéticas de un mundo y una sociedad demasiado lejanos de nosotros. La Revolución Francesa, obviamente, acabará con todo esto.

Pero entonces, se preguntarán, ¿qué sentido tiene hablar de Lully y presentar una ópera suya completa? Porque por primera vez – y “Atys” en este sentido es un verdadero milagro del arte – observamos cómo todas las artes dialogan entre ellas y se unen para contar una historia. No hay nada más fascinante que esto: la danza, con sus movimientos refinados que parecen casi detener el tiempo, la palabra fuerte y penetrante (muchos dicen religiosa), la música delicada y seductora (Lully, como buen italiano, era un maestro de la melodía) y, por último, el teatro con sus escenas maravillosas, mágicas e irreales donde dioses, musas y seres mitológicos actuaban y cantaban. Así, todos estos elementos se mezclan en la obra de Lully dando vida a algo espectacular, que después de casi cuatro siglos nos sigue dejando sin palabras.

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