Concierto para viola y orquesta (1928-29) Revisión (1962)

Publicado: mayo 5, 2018 Última Modificación mayo 5, 2018 Por: adminmusica

Amihai Grosz, viola
Orquesta Filarmónica de Berlín, dirige Simon Rattle


“Thomas Beecham me sugirió que escribiera un concierto de viola para Lionel Tertis”, recordaba Walton en un boceto autobiográfico que apareció en la edición del Sunday Telegraph del 25 de marzo de 1962. “Cuando lo terminé, se lo envié a Tertis, pero éste lo rechazó abruptamente, lo que me deprimió mucho ya que los violistas virtuosos eran escasos. Sin embargo, Edward Clark, que en ese momento estaba a cargo del departamento de música de la BBC, sugirió que se lo mostraramos a Hindemith. Así que dirigí a Hindemith en el estreno en los Proms en 1929. Tertis estuvo presente y se convenció de la obra por completo, la tocó cada vez que tuvo la oportunidad.” Vale la pena agregar que tan completa fue la conversión de Tertis para con la pieza que editó la parte solista al año siguiente para el arreglo de viola y piano hecho por el propio Walton.

En Behind the Façade, la biografía de su marido, Lady Walton recordó que después de la interpretación del concierto de Tertis en Worcester, Walton se encontró en el guardaropas de la sala con Elgar, que nunca fue fanático de la música del compositor más joven. Elgar murmuró que Walton había “asesinado el pobre y desafortunado instrumento” y parecía mucho más interesado en conocer los últimos resultados de las carreras de caballos.

Comparado con la brillantez del violín y la nobleza del cello, la introspectiva viola es notoriamente difícil de equilibrar con la orquesta sinfónica moderna. Esto hace que el éxito de Walton, de 27 años, parezca aún más notable. El conjunto se maneja con una notable destreza táctil: los diversos hilos instrumentales se entrelazan y combinan con gran habilidad, con instrucciones detalladas para garantizar que el solista permanezca audible en todo momento. Esta es una música virtuosa pero no llamativa, audaz ni exuberante, está teñida de una reflexión nostálgica pero nunca triste ni indulgente, lo que establece un marco emocional para el resto de la producción de Walton.

Walton volvió a trabajar la obra en 1961 con el fin de diseñar un telón de fondo más transparente y atractivo para el solista. Las maderas a tres se redijeron a dos, se retiró una trompeta y la parte de la tuba, y más significativamente se incluyó un arpa. Esto agregó una pizca ocasional de color y también reemplazó una serie de figuraciones ondulantes anteriormente asignadas a las cuerdas y a las maderas.

El Andante comodo inicial explora la compleja naturaleza de la viola. Parece que Walton intenta descubrir su elusivo núcleo emocional a medida que avanza la música. La viola presenta el tema principal nostálgico, estableciendo la intimidad camerística de gran parte de esta música, ya que la línea solista se complementa ocasionalmente con el oboe, la flauta, el clarinete y finalmente el corno. La música transcurre casi imperceptiblemente en una nueva idea, de naturaleza más reflexiva, que sostiene la sensación de una “corriente de conciencia” del movimiento como un todo. Las líneas solistas y orquestales continúan entrelazándose e incluso hay una cadenza que recuerda a Elgar, hecha con estruendosos timbales.

El Vivo, con moto preciso capta perfectamente la agilidad tentadoramente tenue de la viola, marcando el tono para el arquetípico scherzo waltoniano, una embriagadora combinación de prestidigitación mendelssohniana y moto perpetuo inspirado en Prokofiev. La voz lastimera del solista se escucha en su momento más cautivador en el Allegro moderato, cuyo tema fugado y reflexiones nostálgicas sobre la melodía del inicio del concierto logran una intensidad expresiva que Walton raramente igualó y quizá nunca superó.

Julian Haylock para The Amati Magazine

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