El cerebro de Ravel

En 1927 la bailarina y coreógrafa rusa Ida Rubinstein (1885-1960) comisionó al gran compositor francés Maurice Ravel (1875-1937) un ballet “de carácter español”

Por Música en México Última Modificación abril 25, 2021

En 1927 la bailarina y coreógrafa rusa Ida Rubinstein (1885-1960) comisionó al gran compositor francés Maurice Ravel (1875-1937) un ballet “de carácter español” que se estrenó en noviembre del año siguiente y que terminó convirtiéndose en una de las obras más famosas del músico: Boléro. Cuando Ravel compuso esta pieza, ya empezaba a mostrar los primeros síntomas de la enfermedad neurológica degenerativa que en los últimos cinco años de su vida lo redujo a un estado de afasia (pérdida de la capacidad de hablar, escribir y comprender el lenguaje tanto verbal como escrito) y apraxia (incapacidad de realizar movimientos de forma voluntaria). Peor aún, el daño presente en el hemisferio izquierdo de su cerebro —la parte donde se ubican los centros lingüísticos— hizo que no pudiera ordenar las palabras de forma coherente y lo incapacitó totalmente para escribir música. Podía apreciarla, disfrutarla e incluso “componerla” en su mente, pero no plasmarla sobre papel. Buscando remediar esta terrible situación, el 19 de diciembre de 1937 Maurice Ravel se sometió a una intervención quirúrgica realizada por el eminente neurocirujano Clovis Vincent (1879-1947). El tumor cerebral que provocaba los síntomas fue extirpado, pero el compositor entró en un coma profundo del que ya no se recuperó y que lo llevó a la tumba nueve días después.

Tomando como punto de partida el infausto final de uno de los compositores más sutiles y meticulosos del siglo XX, el documentalista canadiense Larry Weinstein (All that Bach, When the Fire Burns: The Life and Music of Manuel de Falla, My War Years: Arnold Schoenberg, Solidarity Song: The Hanns Eisler Story, The War Symphonies: Shostakovich Against Stalin, Beethoven’s Hair, Mozartballs y Toscanini in His Own Words, entre otros trabajos) realizó en 2001 el mediometraje El cerebro de Ravel. Ya en 1987 Weinstein había abordado la vida y obra del compositor en el espléndido documental Ravel, pero es en El cerebro de Ravel donde hace entrega de un brillante acercamiento a la música, el proceso de creación artística y el ser interno del artista desde un punto de vista tan fascinante como original que, con su estructura abiertamente experimental, se aleja totalmente de los esquemas tradicionales del cine documental.

El cerebro de Ravel está formado por entrevistas con personas que conocieron al compositor —Jean-Paul Vibert; el director de orquesta y compositor Manuel Rosenthal (1904-2003), que fue su último alumno; la pianista Gaby Casadesus (1901-1999), esposa del renombrado pianista Robert Casadesus y destacada intérprete de la obra de Ravel—, material de archivo, sendas explicaciones médicas a cargo de los profesores Michel Bonduelle y Raymond Houdart, impresionantes recreaciones dramatizadas (actuadas por Thierry Costa como Maurice Ravel, Jacques Dewitt como el escultor Léon Leyritz y Morgane Maugran como Ida Rubinstein) que por momentos llegan a confundirse con las grabaciones auténticas de la época y, además, curiosas “arias” de ópera cuyos textos están formados por los escritos del doctor Clovis Vincent, interpretado para la ocasión por el bajo barítono Richard Cowan (1957-2015), quien aparece de tanto en tanto para cantar a todo pulmón el diagnóstico, el historial médico del paciente y el reporte de la operación. Pero el amable espectador que retrocede amedrentado ante las radicales películas experimentales de, digamos, Stan Brakhage (1933-2003) o Hollis Frampton (1936-1984), no tiene por qué preocuparse: aunque extravagante por momentos, El cerebro de Ravel es un trabajo de gran belleza visual que rezuma una delicada melancolía, y para ello resultan esenciales tanto el tratamiento temático (abordado de manera elegante e inteligente) como el uso de la música, que en este atípico documental juega un papel fundamental (al grado de que abarca casi la totalidad de su duración).

Además de las curiosas “arias” médicas, escuchamos incesantemente abundantes fragmentos de obras de Maurice Ravel, como la Sonatina para piano y Oiseaux tristes —ambas interpretadas por Gaby Casadeus—, una grabación de 1932 del Concierto para piano en sol mayor, Gaspard de la nuit, La valse, Dafnis y Cloe, Une barque sur l’océan, Valses nobles y sentimentales, Un grand sommeil noir, la Sonata para violín y violonchelo, la Sonata para violín y piano y muchas piezas más en la interpretación de la Orquesta Sinfónica y el Coro de la WDR de Colonia bajo la batuta del compositor canadiense Alex Pauk, quien también se encargó de escribir la música incidental del filme.

Desafortunadamente, la calidad de la imagen en la copia que ofrecemos a nuestros lectores dista de ser óptima, pero esperamos que eso no sea impedimento para adentrarse en El cerebro de Ravel. 

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