Gayarre

La dramática vida de Julián Gayarre ha sido llevada a la pantalla grande en tres ocasiones: la primera, en 1934, con el nombre de El canto del ruiseñor

Por Música en México Última Modificación octubre 11, 2021

Tercer y último hijo de una familia de escasos recursos, el navarro Sebastián Julián Gayarre Garjón (1844-1890) tuvo que abandonar la escuela a los 13 años de edad para empezar a aportar ingresos a su hogar como pastor. A los 15 años su padre lo envió a Pamplona para trabajar como empleado en una mercería, de la que fue despedido cuando una banda de música pasó desfilando frente al establecimiento y el joven se ausentó para seguirla. Entonces empezó a ganarse la vida como aprendiz de herrero y luego como cerrajero. Se cuenta que mientras trabajaba tenía la costumbre de cantar y, como no lo hacía nada mal, alguna amistad bienintencionada le sugirió estudiar música. Gayarre escuchó el consejo, y consiguió entrar a aprender solfeo en el recién fundado Orfeón Pamplonés (1865), agrupación dedicada a la música coral. Con la ayuda del sacerdote, compositor y musicólogo Miguel Hilarión Eslava Elizondo (1807-1878),  continuó sus estudios en el Real Conservatorio de Madrid, en calidad de becario. Sin embargo, sus ideas políticas progresistas lo hicieron apoyar la Revolución de 1868, sublevación militar que culminó con el destronamiento y posterior exilio de la reina Isabel II de España. Gayarre terminó en la cárcel del Saladero y perdió su beca. Cuando fue liberado, regresó a Pamplona, dispuesto a volver al oficio de cerrajero. Sus amigos se propusieron ayudarlo a continuar con su carrera musical, y en la primavera de 1869 lograron enviarlo a Milán, en cuyo Conservatorio continuó sus estudios bajo la tutela del destacado Francesco Lamperti (1813-1892). Seis meses después hizo su debut como Alvino en I Lombardi de Giuseppe Verdi, e inmediatamente después encarnó a Nemorino en L’elisir d’amore de Gaetano Donizetti. En plena representación de esta ópera, un triste suceso familiar (en una situación que podría parecer sacada del guión de una telenovela pero que —según coinciden los biógrafos del artista— es del todo exacta y verídica) le reportó su primer gran triunfo. A partir de ese momento, Gayarre inició una carrera ascendente que lo llevó a presentarse como figura estelar en los principales teatros de ópera italianos y a viajar a San Petersburgo, Moscú, Viena —donde cantó al lado de la legendaria diva Adelina Patti (1843-1919)—, Buenos Aires, París, Lisboa y Londres, además de pisar los escenarios de los teatros más importantes de España. Éxito tras éxito, Gayarre llegó a ser considerado en su momento como el mejor tenor del mundo. Su repertorio abarcó más de 60 óperas, desde Don Giovanni de Wolfgang Amadeus Mozart hasta La Gioconda de Amilcare Ponchielli, pasando por L’Africaine y Les Huguenots de Giacomo Meyerbeer, La favorita (su ópera predilecta, y con la que debutó en La Scala de Milán en 1876), Don Pasquale  y Lucrezia Borgia de Gaetano Donizetti, I Puritani y Norma de Vincenzo Bellini, Una vida por el Zar de Mijaíl Glinka, Lohengrin y Tannhäuser de Richard Wagner, Fausto de Charles Gounod, Il Guarany de Antônio Carlos Gomes (que cantó solo una vez, por desavenencias con el compositor) y Les pêcheurs de perles de Georges Bizet. Durante una representación de esta última ópera en Madrid, el tenor —visiblemente indispuesto— falló al intentar un do sobreagudo exigido por el papel de Nadir. Lo intentó una vez más, sin conseguirlo, y —aunque el público le brindó un solidario aplauso— cuando se retiraba del escenario dijo “Esto se acabó”. Pocos días después, Julián Gayarre moría víctima de la pandemia de gripe más devastadora del siglo XIX.

La dramática vida de Julián Gayarre ha sido llevada a la pantalla grande en tres ocasiones: la primera, en 1934, con el nombre de El canto del ruiseñor, dirigida por el  actor colombiano Carlos San Martín y estelarizada por el actor teatral lorquino José Romeu Parra; la segunda (que es la que nos ocupa en esta ocasión), en 1959, con el nombre de Gayarre, dirigida por el pintor y cineasta madrileño Domingo Viladomat Pancorbo (1913-1994) y estelarizada por el tenor palmense Alfredo Kraus (1927-1999) y la tercera, en 1986, con el nombre de Romanza final, dirigida por el cineasta zaragozano José María Forqué y estelarizada por el tenor barcelonés Josep Carreras (1946).

Artífice de una modesta filmografía que no abarca más de una decena de películas en veinte años de actividad detrás de las cámaras —Dos mujeres en la niebla (1948), Cerca del cielo (1951), Toro bravo (1960), el documental Olimpiada (1961) y Perro golfo (1963), entre otras—, con Gayarre Domingo Viladomat realizó un suntuoso homenaje (en Eastmancolor y con sonido estereofónico, por primera vez en España) a una de las principales figuras operísticas del siglo XIX, cuya carrera se desarrolló precisamente en el momento de mayor esplendor de la ópera italiana. Sin escatimar gastos ni esfuerzos, la película se filmó en los sitios donde vivió Julián Gayarre (el valle del Roncal, Pamplona y Zaragoza), mientras que los interiores de La Scala de Milán, la Ópera de París y el Teatro Real de Madrid fueron cuidadosamente reconstruidos en estudio. El guión —basado en el libro Memorias de Julián Gayarre, publicado en 1891 por Julio Enciso (1849-1922), amigo del cantante— fue elaborado por Enrique Fernández Sintes, José Luis Madrid de la Viña y el destacado escritor neorrealista José Ignacio de Aldecoa (1925-1969), e intenta plasmar de la manera más fidedigna posible las vicisitudes vividas por el artista. El reparto estuvo conformado por una pléyade de famosos actores españoles de su momento —Luz Márquez como Luisa, interés amoroso de Gayarre; Adriano Domínguez como Sabater, amigo íntimo del tenor, Félix Dafauce como Hilarión Eslava y la soprano pamplonesa Lina Huarte (1928-2017) como Adelina Patti, entre muchos otros— sin contar con que el mayor acierto de esta fastuosa superproducción realizada sin recurrir a la tan socorrida coproducción con otros países fue la inclusión del gran tenor Alfredo Kraus en su debut actoral como Julián Gayarre. No solo la magnética personalidad de Kraus emana elegancia y sensibilidad en cada una de sus escenas, sino que el público tiene la oportunidad de deleitarse con sus espléndidas interpretaciones de arias como Com’e gentil y Cercherò lontana terra (Don Pasquale), Bianca Al Par (Les Huguenots), Una furtiva lagrima (L’ elisir d’ amore), La donna è mobile (Rigoletto), A te, o cara (I Puritani), O Paradiso (L’Africaine), Una vergine y Spirto gentil (La favorita) y Mi par d’udir ancora (Les pêcheurs de perles), en las que lo acompaña la Orquesta Sinfónica de Madrid bajo la batuta de José Luis Lloret (1907-1962). A tan magnífica banda sonora se suma la acertada música incidental de Salvador Ruiz de Luna (1908-1978), quien también compuso (expresamente para esta película) la jota Por mi puerta y el zortzico El Roncales, que Kraus convirtió en dos de sus grandes éxitos dentro de la música popular y que hicieron al compositor merecedor del Premio Nacional del hoy extinto Sindicato del Espectáculo español.

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