Cavalleria Rusticana

Es el día de Pascua y estamos en uno de esos atemporales pueblos sicilianos tan caros a la memoria de los cinéfilos que disfrutaron la trilogía de El Padrino...

Por Música en México Última Modificación octubre 3, 2021

Es el día de Pascua y estamos en uno de esos atemporales pueblos sicilianos tan caros a la memoria de los cinéfilos que disfrutaron la trilogía de El Padrino. Turiddu es un joven aldeano que acaba de terminar su servicio militar y regresa a casa, dispuesto a casarse con Lola, su prometida. Sin embargo, en ausencia de nuestro protagonista, Lola se ha casado con el próspero y celoso carretero Alfio. Herido en su honor, Turiddu seduce a Santuzza, una candorosa campesina que está enamorada de él. Vencida por los celos, Lola inicia una relación adúltera con Turiddu, quien no duda en acudir a su lecho cada que Alfio se ausenta en uno de sus viajes. Esto rompe el corazón de Santuzza, quien se da cuenta de que Turiddu solo la utilizó para lastimar a Lola, a la que no ha dejado de amar en ningún momento. Entonces Alfio regresa, justo a tiempo para unirse a los demás aldeanos en la tradicional procesión religiosa del Domingo de Pascua. Un violento drama de celos, traición y muerte está a punto de desarrollarse ante los angustiados ojos de Lucia, madre de Turiddu…

Estrenada en el Teatro Costanzi de Roma el 17 de mayo de 1890, Cavalleria Rusticana (honor campesino o caballerosidad rústica) es una ópera en un acto compuesta por el livornés Pietro Mascagni (1863-1945) con libreto de Giovanni Targioni-Tozzetti (1863-1934) y Guido Menasci (1867-1925), basado en el relato homónimo del escritor Giovanni Verga (1840-1922). Aunque Mascagni compuso casi una veintena de óperas, Cavalleria Rusticana permanece como su trabajo más conocido y una de las obras maestras del verismo italiano, tendencia artística que, con una postura trágica y pesimista, exponía tramas sórdidas donde los personajes eran sometidos a una gran tensión emocional que los obligaba a reaccionar de forma impredecible y violenta.

Mucho tiempo ha pasado desde su exitoso estreno, y Cavalleria Rusticana sigue siendo una de las óperas más populares y apreciadas por el público. A lo largo y ancho del orbe, cientos de teatros la han presentado infinidad de veces, casi siempre en un programa doble con Pagliacci, ópera en dos actos compuesta por Ruggero Leoncavallo (1857-1919), además de que su famoso intermezzo ha acompañado las más diversas escenas cinematográficas, destacando la magnífica secuencia de créditos iniciales de Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980). Incluso, una parte importante del desenlace de El Padrino III (Francis Ford Coppola, 1990) tiene lugar durante una representación de Cavalleria Rusticana.

Sin contar las diversas puestas en escena grabadas en video, Cavalleria Rusticana ha sido llevada a la pantalla en diversas ocasiones por cineastas como Ugo Falena (1916, en una versión muda que contó con la presencia de Gemma Bellincioni, la soprano que interpretó a Santuzza en el estreno mundial de la ópera), Karl Otto Krause y Rudolf Meinert (1917, con el tenor Paul Hansen como Turiddu y la mezzosoprano Emma Vilmar como Lucia), Amleto Palermi (1939, con los entonces célebres actores Isa Pola y Leonardo Cortese en los papeles de Santuzza y Turiddu), Carmine Gallone (1953, con Anthony Quinn como Alfio, cantado por Tito Gobbi), Åke Falck (1968, en una estupenda versión con el tenor Gianfranco Cecchele como Turiddu, la legendaria mezzosoprano Fiorenza Cossotto como Santuzza y Herbert von Karajan al frente del coro y la orquesta de La Scala de Milán) y, por supuesto, Franco Zeffirelli (1923-2019), que en 1982 dirigió una elegante adaptación cinematográfica con el tenor español Plácido Domingo (1941) como Turiddu, la mezzosoprano rusa Yelena Obraztsova (1939-2015) como Santuzza, el barítono italiano Renato Bruson (1936) como Alfio, la mezzosoprano Axelle Gall como Lola, la legendaria mezzosoprano italiana Fedora Barbieri (1920-2003) como Lucia y el coro y la orquesta de La Scala de Milán bajo la dirección del maestro francés Georges Prêtre (1924-2017).

Ya en 1978 el famoso director cinematográfico y escénico había creado una espléndida puesta en escena (que llegó a ser icónica) de Cavalleria Rusticana para el Met de Nueva York, pero poco después decidió hacer a un lado las limitantes del espacio teatral para mover su cámara con absoluta libertad en las calles y escenarios naturales de Vizzini (donde ocurre la historia original de Giovanni Verga), pintoresca localidad de la provincia de Catania, en Sicilia, para darle un toque de mayor autenticidad. Con gran atención al detalle y la calidad de sus imágenes, Zeffirelli consigue un impresionante espectáculo cinematográfico cuya cuidada fotografía resalta la belleza de los paisajes sicilianos, además de ofrecer un retrato costumbrista de carácter poco menos que documental (sobre todo en las escenas de la procesión de Pascua que, nos imaginamos, ha de seguir celebrándose de similar manera en nuestros días) que hace al espectador involucrarse aún más en la trama. Zeffirelli da también a sus protagonistas un papel activo, haciendo que actúen además de cantar (de hecho, la banda sonora se grabó previamente en el Teatro de La Scala), y en ese aspecto la elección de los estelares no pudo ser más adecuada: como Turiddu, Plácido Domingo se encuentra en plena forma vocal y actoral, con un aura trágica que lo envuelve desde las escenas iniciales. Por su parte, Yelena Obraztsova hace entrega de una estupenda Santuzza, conmovedora en la lucha interna que libran su corazón enamorado y su dignidad de mujer traicionada. Con arrolladora personalidad, Renato Bruson se roba la escena en cada una de sus apariciones como el engañado Alfio y —aunque discreta— Axelle Gall es una excelente Lola. Mención aparte merece la veterana Fedora Barbieri, que es una verdadera mamma italiana revestida de grave autoridad, aunque no exenta de ternura.
El resultado de esta conjunción de aciertos es una película inolvidable que dota de un admirable ritmo a una ópera dinámica siempre enfrentada al estatismo teatral. La Cavalleria Rusticana de Franco Zeffirelli cautiva al espectador, complaciendo al melómano avezado y despertando en el neófito el interés por adentrarse en el fascinante mundo de esta manifestación artística. 

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