Las maravillas de un Rameau desconocido: el clavecín

Publicado: enero 17, 2016 Última Modificación enero 17, 2016 Por: adminmusica

Por Francesco Milella

Habían pasado cuarenta años de la muerte de Lully y tan solo ocho de la del Rey Sol. París, motor del imperio francés, estaba viviendo en el desorden y la incertidumbre amplificados por los gritos y las discusiones de la “guerra cultural” (y no solamente cultural) entre modernos y antiguos. Entre tanto ruido y movimiento, el debut de Rameau en la sociedad parisina de 1723, pareció pasar totalmente desapercibido. Nadie lo consideraba realmente, a pesar de haber sido introducido por Alexandre Jean-Joseph Le Riche de La Pouplinière, figura de primer nivel en el mundo social y político de la capital: tenía más de cuarenta años y no había compuesto ni una ópera, un escándalo en una época y un país en donde cualquier compositor, incluso los más mediocres, habían compuesto sus primeras óperas a los veinte años.

Curiosa figura la de Rameau: llega silenciosamente y con discreción a París en 1723, pasan diez años y presenta su primera ópera Hippolyte et Aricie con un éxito desbordante. Rameau vive así su primer triunfo a la edad de cincuenta años, a diferencia de todos los grandes genios de la música  del siglo XIX  que cuando llegaron a esa edad  ya se estaban acercando a la muerte, como Beethoven, o habían decidido callar para siempre, como Rossini. ¿Qué había pasado con Rameau entre los años de su formación y su tardía llegada a París en 1723?

Rameau había vivido toda su vida entre Dijon, su ciudad natal, y otros pequeños centros de la región, limitándose en 1701 a un breve viaje a Italia, demasiado breve, comentará el mismo Rameau, para poder enriquecer de forma determinante su lenguaje musical. La historia de la música prefiere ignorar esos cuarenta años de su vida, quizás por considerarlos tediosos y monótonos. Pero precisamente en esos años el genio de Rameau se va formando, lenta y firmemente, año tras año, como brillante teórico de la música, pero también como organista y, sobre todo, como clavecinista.

El clavecín es de hecho el gran protagonista de los primeros años de Rameau, el instrumento con y sobre el cual el joven compositor francés empieza lentamente a construir su fascinante lenguaje musical, para poder acceder con seguridad al mundo de la ópera. La antología de sus primeras Pièces pour Clavecin se publicó oficialmente en 1706, el segundo y el tercer livre en 1724 y 1728 , ya en París, para terminar, en 1741, con las Pièces de Clavecin en Concert, hermoso punto final de un recorrido musical tanto fascinante como complejo.

El lenguaje del Rameau clavecinista resiente obviamente de los influjos de la gran escuela francesa de Couperin, cuyas partituras el joven compositor había estudiado con curiosidad e intensidad, para luego separarse y darse la oportunidad de experimentar y elaborar sus propias ideas. Una de las obras más fascinantes del primer periodo es Les Cyclopes, del segundo libro del 1724, publicado en los primeros meses de su estancia en París, pero compuesto muy probablemente durante sus años “de provincia”.

Lo que inmediatamente nos sorprende escuchando esta obra no es solamente la complejidad de su estructura en rondó, de impresionante tamaño sino, sobre todo, la riqueza, la exuberancia y la fantasía de su música. Después de una introducción (tema A) impetuosa y salvaje, ágil y fluida, Rameau nos abre las puertas al tema B: el movimiento consecutivo y casi obsesivo de las dos manos parece imitar los tambores con un ritmo polifónico penetrante, casi imparable, que Rameau logra cerrar con un momento casi coral por su amplitud y cohesión. Y así, repitiendo las mismas estructuras rítmicas y melódicas, Rameau realiza una obra pequeña y breve pero con una fuerza, una tensión realmente teatrales. ¡Le urgía escribir una ópera, y desahogar su amor total por el drama!

En 1741 vuelve al clavecín, durante la pausa entre Les Fetes d’Hébé (1739) y la segunda versión de Dardanus (1744), con Pièces de Clavecin en Concert con violín, viola da gamba y flauta. Para entonces ya había desahogado con indiscutibles triunfos su amor por la ópera y por la teatralidad. Ahora, a sesenta años de edad, Rameau puede emprender un nuevo viaje y experimentar nuevos lenguajes. El de La Fourqueray, maravilloso ejemplo de esta antología, es un lenguaje refinadísimo en donde los tres instrumentos dialogan con la misma energía y fuerza de los primeros años, pero con una delicadeza y una experiencia mayor. Más consciente y coherente. Después de 1741 Rameau volverá a su amado clavecín, en 1747, con La Dauphine, una breve pieza virtuosística con la cual el gran genio francés se despedirá de este gran instrumento poniendo idealmente el punto final a su historia, una historia de la cual Rameau fue uno de sus protagonistas más delicados.

La Fourqueray (1741) 

Cyclopes (1724)

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