Los grandes éxitos del teatro de revista (I)

En México ha existido tradicionalmente una estrecha relación entre la canción y el escenario. Desde los tiempos de la colonia

Por Música en México Última Modificación abril 3, 2022

En México ha existido tradicionalmente una estrecha relación entre la canción y el escenario. Desde los tiempos de la colonia, muchas de las canciones de moda llegaron a México principalmente como música de teatro. Basta recordar cómo a finales del siglo XVIII centenares de estas canciones se incluían en las obras teatrales conocidas con el nombre de tonadillas.

La tonadilla fue una especie de comedia musical primitiva muy popular en Madrid hasta principios del siglo XIX. Que intercalaba canciones entre los diferentes actos de la pieza. Su evolución natural la convirtió en una ópera cómica muy corta, cuya duración no pasaba de treinta minutos. Miles de partituras jamás publicadas y que reposan en el olvido de archivos y bibliotecas son testigos de su pasada gloria, así como de la sobreabundancia del género. Recordemos al azar los nombres de algunas tonadillas de mediados del siglo XVIII que se presentaron en el Teatro Coliseo de México: México adorado, El paseo Ixtacalco, La solterina, etc. Desgraciadamente, la calidad de aquella música y las canciones utilizadas permanecen en el anonimato. Lo más probable es que todo se tratase de canciones de moda o elaboradas para la ocasión. Aún así, conocidas a medias, no debería subestimarse la importancia de la tonadilla para el desarrollo de la canción mexicana ya que, según Vicente T. Mendoza, los rasgos melódicos y giros peculiares de la canción, derivan en buena parte de los estilos musicales imperantes en la tonadilla.

Otro género de mucha importancia en la evolución de la canción mexicana fue la zarzuela que a pesar de su procedencia agudamente hispana, logró adaptarse al ambiente mediante la adopción de motivos locales y la exitosa recreación de una atmósfera regional. Por este motivo llegó a ser en México uno de los géneros preferidos y, con el correr del tiempo marcó el apogeo de los teatros de “género chico” especializados en estas especies de operetas encogidas en un solo acto.

El primer centro de producción de zarzuelas netamente mexicanas fue el Teatro María Guerrero; sus empresarios Juan y Felipe Lelo de Larrea, además de organizar un concurso para autores del país (1907), adquirieron el compromiso de presentar semanalmente una zarzuela compuesta por un autor nacional. De esta manera, los patriotas empresarios concretaron un movimiento de autores del llamado “género chico” en contra del monopolio español de la zarzuela. Tras estos inicios independentistas resultó natural que se iniciara una serie de “noches mexicanas” en las qué sólo se presentaron obras de autores del país. En esa serie destacó La onda fría de Pepe Elizondo con música de Barrueco Serna y la presencia de las famosas triples Paquita y Emilia Cirés.

En 1908 abundaban ya las pequeñas piezas de autores nacionales que cubrían los estrenos de los teatros de barriada. Aunque la zarzuela española, insertada muy dentro de las costumbres porfirianas, era considerada por el público como el espectáculo más digno para familias que pudiera decirse. Es por eso que al cobrar fuerza y popularidad entre la clase media y baja la sobrinitas del género chico, intelectuales puros como el poeta Luis G Urbina pusieron el grito en el cielo.

Cualquier exceso que saliera del decoro indispensable, podría ser reprimido por la dura mano de la censura. Por aquellos años, el Teatro María Guerrero convertido en la catedral de los autores del género chico, presentó la obra del sicalíptico joven Carlos Fernández Ortega con bailables y couplets de José Torres Quintero titulada México festivo; el engendro fue suprimido de inmediato por sus frases de doble sentido y sus “calambures” al rojo vivo. Pronto la empresa corrió la obra y las familias que se habían ausentado del teatro, pudieron concurrir a él sin temor al bochorno.

A principios de siglo, los teatros principal, María Guerrero y Manuel Briseño, acaparaban toda la producción nacional de autores de zarzuela, pero el Teatro María Guerrero continuó siendo antes y después de 1910 el “templo y palenque” más visitado y popular de cuantos teatros hubo dedicados al género.

Las obras mexicanas, generadas en abundancia, apuntaban hacia todos los temas posibles; en el María Guerrero se representaban: El pájaro azul, Frivolidades, El país de la alegría y Don Juan de Huarache con críticas políticas; en el teatro Apolo aparecieron algunas piezas mexicanas como El baño de Venus y El rosario de Amozoc y en el Teatro Díaz de León se presentaba la popularísima Chin chun chan.

En la programación de 1911, aparece ya como zarzuelista uno de los más importantes creadores de música y canciones de revista, don Lauro D. Uranga, autor de la música de Héroe del día, La onda fría y El rosario de Amozoc. Esta última había sido criticada por El diario, en su edición del 10 de julio de 1910, para hacer mofa del apóstol San Pedro y “desvirtuar con calembours de pulquería la serena belleza del cristianismo a más de qué su música no sonaba nada y pasaba inadvertida.”

Fuente: Moreno Rivas, Yolanda. Historia de la música popular mexicana, Alianza Editorial Mexicana, 1979.

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