Tosca: la tragedia que casi acabó en tragedia

Publicado: enero 30, 2018 Última Modificación febrero 1, 2018 Por: adminmusica

por José Antonio Palafox
El pasado sábado 27 de enero fuimos testigos de una inusual afluencia de público a las proyecciones en vivo que desde el Met de Nueva York se presentan en el Auditorio Nacional. La explicación no podía ser más razonable: decidido a empezar el año de la manera más espectacular, el Met programó como primera ópera del 2018 Tosca de Giacomo Puccini, una de las óperas más intensas jamás compuestas, en una flamante nueva producción anunciada con bombo y platillo desde meses atrás.
Pero, así como la génesis de Tosca estuvo llena de conflictos y disputas entre Puccini, sus libretistas y el autor del drama teatral original, esta nueva puesta en escena también se vio plagada de una serie de infortunios que la convirtieron en una de las producciones más pesadillescas a que se ha enfrentado el Met: originalmente, los tres papeles protagónicos iban a correr a cargo de la soprano letona Kristīne Opolais, el tenor alemán Jonas Kaufmann y el bajo-barítono galés Bryn Terfel, este último en su esperado regreso a los escenarios. Sin embargo, por las siempre tan socorridas e infalibles “razones personales”, el primero en abandonar esta producción de Tosca fue Kaufmann, seguido por Opolais. Solidario con su esposa, el director Andris Nelsons, quien iba a estar al frente de la orquesta del Met en esta ocasión, cedió la batuta al director emérito James Levine. Pocos días después, el maestro Levine se vio obligado a abandonar el podio debido al escándalo de acoso sexual en que está involucrado. Finalmente, para empeorar las cosas, Bryn Terfel decidió tomarse un descanso forzado por fatiga vocal.
Así, a dos semanas de su estreno, la Tosca del Met se quedó sin protagonistas y sin director. Pero los productores asimilaron rápidamente el duro golpe y convocaron a una nueva tercia de cantantes de primer nivel —la soprano búlgara Sonya Yoncheva, el tenor italiano Vittorio Grigolo y el bajo-barítono serbio Željko Lučić— quienes, con el tiempo en contra, se aprestaron a rescatar a esta gran tragedia de una terrible tragedia. De los tres, solamente Lučić cuenta con una amplia experiencia interpretando al malvado Scarpia, pero tanto para Yoncheva como para Grigolo, esta fue la primera Tosca de sus carreras. A su vez, al frente de la orquesta del Met se puso el director de origen francés Emmanuel Villaume.
Encarnación de la diva absoluta, el de Floria Tosca es un codiciado papel que requiere una voz extremadamente flexible y, sobre todo, una personalidad escénica muy versátil por causa de la fuerte evolución psicológica que sufre el personaje a lo largo de la obra. La Tosca de Sonya Yoncheva —quien en la temporada 2016-2017 dio de qué hablar con su magnífica Violetta Valéry en La traviata— resultó un tanto sobreactuada como la mujer banal y celosa del primer acto (incluso con estereotipados mohines “italianos” que repetía a la menor provocación), aunque se notó más a sus anchas como la mujer desesperada por salvar a su amado, digna ante los embates del lujurioso Scarpia y orgullosa aún en el umbral de la muerte, de los actos segundo y tercero. Y aunque tal vez aún no esté a la altura de las legendarias Toscas interpretadas por, digamos, Maria Callas, Montserrat Caballé o Renata Tebaldi, su desempeño vocal fue elegante e impecable. Yoncheva dio lo mejor de sí en el esperado momento del Vissi d´arte, y su espléndida interpretación de esta aria fue reconocida por el público con una prolongada ovación que, por los que pudimos ver en los acercamientos de la cámara a su rostro, transportó a la joven soprano a un estado de arrobamiento que incluso la hizo dar un ligero traspié al momento de volver a la realidad y continuar con la escena.
Por su parte, también Vittorio Grigolo parecía estar viviendo un cuento de hadas, ya que —como él mismo comentó en las entrevistas tras bambalinas— uno de sus sueños desde niño, después de hacer el papel de pastorcillo en una Tosca donde Luciano Pavarotti interpretó al pintor Cavaradossi, había sido el de cantar este protagónico, que requiere los más dulces pianíssimos que un tenor sea capaz de producir. Recibido con cálidos aplausos desde su primera aparición en escena, Grigolo demostró por qué es uno de los tenores consentidos del público al ofrecer un magnífico Mario Cavaradossi, simpático y juguetón al principio, firme en sus ideas políticas después y francamente angustiado al final. Aunque resultó notoria la falta de una química escénica creíble con Sonya Yoncheva, el cantante acometió con singular intensidad su papel y obsequió al respetable soberbias interpretaciones de las conocidísimas arias Recondita armonia y E lucevan le stelle, las cuales fueron objeto de sendos aplausos y ovaciones.

Vittorio Grigolo y Luciano Pavarotti

 

Pero quien definitivamente se robó el escenario fue Željko Lučić como el sádico y desalmado barón Scarpia. Dueño de una voz profunda y una enérgica presencia escénica, el bajo-barítono creó un personaje realmente amenazador, cuya sonrisa cínica y mirada intimidante hacían temer lo peor para sus pobres víctimas. Desde su primer acercamiento a Floria Tosca en el primer acto, el Scarpia de Lučić desprendió una oscura aura de insano deseo y abyecta crueldad que no lo abandonó ni siquiera después de que la torturada mujer lo asesina al final del segundo acto.
La lectura que hizo Emmanuel Villaume de la partitura de Puccini fue correcta a secas, aunque al inicio la orquesta se escuchó bastante desangelada. Afortunadamente, conforme fue avanzando la obra, la orquesta recuperó su brillo acostumbrado, y para cuando llegó la majestuosa escena del Te Deum con que finaliza el primer acto, ya se encontraba en plena forma. La imagen del hipócrita Scarpia dándose golpes de pecho en la iglesia mientras el coro entona el rezo acompañado de los solemnes acordes del órgano y la orquesta en tutti es digna de permanecer en la memoria.
Finalmente, hay que mencionar la tan anunciada nueva producción, que corrió a cargo de sir David McVicar y que vino a sustituir no solo a la clásica puesta en escena de Franco Zeffirelli que el Met había venido presentado desde hace varios años, sino también a la controvertida (por violenta, “sexosa” e irreverente) puesta en escena del director teatral suizo Luc Bondy, que fue retirada inmediatamente después de recibir sendos abucheos en la temporada 2009-2010.
Tras el escándalo suscitado por la producción de Bondy, McVicar optó por no arriesgarse y prefirió volver a una propuesta de época y de corte tradicional: la iglesia barroca de Sant’Andrea della Valle con sus monumentales columnas, el renacentista Palazzo Farnese con sus gigantescos frescos, y la terraza del Castell Sant’Angelo con su impresionante estatua al fondo, todo en los tiempos de las guerras napoleónicas. Lo curioso es que esta producción, que está reemplazando a la de Zeffirelli, se parece demasiado… ¡a la de Zeffirelli! Es cierto que la producción de McVicar tiene una iluminación más lóbrega y que los escenarios están dispuestos en un ángulo de 45 grados para lograr un efecto de profundidad y permitir una adecuada distribución de los solistas y el coro en las escenas colectivas, pero nos resulta inexplicable la promoción con bombo y platillo de algo que es básicamente lo mismo.
En fin, se puede decir que el Met logró superar la adversidad y evitar la tragedia, y que una vez más nos ofreció un espectáculo de calidad que, si bien no fue un fiasco, tampoco fue el triunfo que merecía ser. Habrá que ver qué sucede el próximo 10 de febrero con El élixir de amor.

Giacomo Puccini: Vissi d´arte (Tosca) / Sonya Yoncheva (Tosca) y la Orquesta del Met, dirige Emmanuel Villaume

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