Bach, un universo en diez minutos

Publicado: julio 6, 2015 Última Modificación julio 6, 2015 Por: adminmusica

Por Francesco Milella

El concierto en fa menor BWV 1056 para tecla de Johann Sebastian Bach es una de esas obras sobre las cuales sería posible escribir libros y libros sin agotar todas las ideas, las emociones, las fantasías y las palabras que su música despierta. A pesar de su brevedad típicamente “italiana” (10 minutos), esta página musical ha logrando imponerse como pieza fundamental del repertorio pianístico o, en general, para instrumentos de tecla. Su historia es muy parecida a la de los otros conciertos para tecla: llegando a Leipzig, Bach transcribe diferentes conciertos compuestos durante su estancia en Köthen para que fueran interpretados en el Cafe Zimmermann, el primer “café” intelectual de la ciudad. Entre ellos, los conciertos BWV 1052 y 1055 que ya hemos analizado juntos, y el 1056 que ahora los invito a descubrir y a observar más de cerca.

El primer movimiento es una verdadera estatua de mármol. Como un escultor, Bach va esculpiendo su enorme bloque para liberar, como decía Miguel Ángel, la obra de arte que en ella se esconde. El primer golpe de cincel es ese doble fa sincopado que abre todo el concierto: es un golpe fuerte, decidido, seguro. Un golpe que no destruye, sino crea. Lo que nace es el estribillo, o sea el tema que Bach repetirá a lo largo de los tres minutos del primer movimiento, trazando de esta forma las líneas principales de su hermosa estatua. Los detalles en Bach, como siempre, son conmovedores: entre cada estribillo, Bach traza frases delicadas y suaves que, pasando de tonalidades mayores a menores, dan suavidad, delicadeza y fuerza a esta estatua que parece entonces tomar vida, moverse.

El segundo movimiento es un milagro de la música. En el primer movimiento traté de utilizar una metáfora, mágico instrumento epistemológico, para compartir con ustedes la belleza de esa música. Ahora es imposible. No hay metáforas, oxímoron o hipérbaton capaces de expresar la delicadeza, la dulzura de esta música: el solista, pasando a una tonalidad mayor parece casi flotar apoyándose rítmica y geométricamente a cada uno de los suaves, sencillos y casi metronómicos “pizzicati” (sencillos pero suficientes para dar solidez y estructura a todo el movimiento), liberando toda su fantasía con una sucesión de frases melódicas de eterna belleza y sencillez, fragildad y delicadeza.

Con el tercer movimiento volvemos a un Bach diferente, un Bach que parece querer jugar y movernos como siempre el tapete de bajo de los pies: después de un movimiento lento y reflexivo, el compositor alemán nos transporta en una dimensión casi esquizofrénica. Dos voces distintas se persiguen continuamente con un ritmo vibrante y veloz que no nos deja ni un minuto para respirar. El solista y la orquesta corren persiguiendose, dialogando, jugando, alejándose y acercándose, subiendo y bajando con una libertad, una energía y un dinamismo envidiables. La música no tiene límites, hace todo lo que quiere utilizando juegos armónicos, melódicos y rítmicos casi surreales.

Tres movimientos, tres mundos totalmente diferentes en un mismo concierto. Pero aún así, es difícil perderse, es difícil desorientarse frente a esta música. Sea la impactante solidez del primer allego, la penetrante emotividad y ternura del segundo movimiento o la esquizofrénica velocidad del tercero, Bach nos toma siempre y delicadamente de la mano para enseñarnos su infinito universo musical.

Maria Joao Pires (piano)

Trevor Pinnock (clavecín)

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