Cuando Handel llegó a Londres…

diciembre 28, 2017

Por Francesco Milella

El éxito que Georg Friderich Handel había alcanzado durante los cuatro años en tierras italianas, no tardaron en dar resultados concretos: Agostino Steffani, compositor y eminente embajador del Vaticano ante la corte austriaca, consciente del gran potencial que guardaba el joven Handel, no dudó en recomendarlo al Príncipe Ernst de Hannover (hermano del futuro Jorge I, rey de Inglaterra) como candidato ideal para ocupar el puesto de Kapellmeister en su corte. Handel, sin ningún temor, aceptó inmediatamente y, en 1710, dejó definitivamente Italia a la vuelta de Alemania. Pero su destino le deparaba otras sorpresas fuera de Alemania, lejos de su patria natal: pocos meses después de su llegada a Hannover, Handel recibió otra invitación, en esta ocasión por parte del duque de Manchester, embajador en dicha ciudad, para trabajar como maestro colaborador en el Queen’s Theatre de Haymarket en Londres. Tras obtener un permiso por parte del duque de Hannover, dejó nuevamente su patria natal para trasladarse a Londres en febrero  de 1711.

Estos hechos que tan rápida e intensamente envolvieron la vida del joven Handel a partir de 1710, despiertan preguntas que no podemos ignorar: ¿por qué Handel dejó Italia, la patria de la ópera, un espacio que le podía garantizar éxito y bienestar? Y, regresando a Alemania, ¿por qué partió de Hannover rumbo a Inglaterra, una nación musicalmente pobre e inculta? Vayamos con orden: la relación con Italia y las autoridades italianas, más allá de los triunfos musicales, fue para el joven Handel realmente incómoda ya que, siendo él protestante, tuvo que enfrentar a los cardenales romanos que lo presionaban para que se convirtiera a la fe católica. El regreso a Hannover, por tan prestigioso que fuera el nombramiento a Kapellmeister, representó para Handel un retroceso, un regreso al mundo provincial de su natal Halle e incluso de Hamburgo. Hannover era una ciudad pequeña, limitada y con pocos estímulos culturales. Handel, en aquel entonces joven y lleno de energía, necesitaba un espacio más amplio, un espacio en donde su entusiasmo y su potencial musical pudieran expresarse con libertad, fantasía y, desde luego, contando con el apoyo de autoridades abiertas y visionarias (adjetivos difícilmente aplicables tanto a los cardenales romanos como a la pequeña corte de Hannover).

Londres era lo que Handel estaba buscando. Huérfana del genio de Henry Purcell, la aristocracia inglesa buscaba constantemente nuevos genios musicales, posiblemente italianos, que fueran capaces de dar nueva energía a sus teatros. Después de Purcell, la vida musical en la capital británica se había apagado completamente, había dejado el escenario a compositores locales y a un gusto demasiado provincial para poder transformar dicha ciudad en una verdadera capital musical. Algunos nobles, con mucho poder y, sobre todo, mucho dinero, habían logrado invitar a cantantes y compositores italianos: pero ninguno de ellos había dado los resultados esperados.

Londres era provincia, pero tenía cualidades que favorecían al compositor alemán: antes que nada, una aristocracia abierta y rica, con mucho interés hacia la ópera y con la clara intención de apoyar incondicionalmente a nuevos genios de la música. Londres era una ciudad liberal, espacio que Handel siempre buscó en el curso de su vida. Además, en esa ciudad no tenía enemigos, compositores que pudieran robarle el escenario, como en Italia o incluso en Alemania: frente a la mediocridad musical de la capital británica Handel podía ser protagonista.

Londres era la ciudad que Handel necesitaba para poder experimentar, para expresarse con la seguridad de un apoyo constante y con la libertad que un genio como él necesitaba. El reto era enorme, sobre todo para un compositor que en ese entonces tenía solo 26 años: pero todo parecía indicar un camino exitoso. Cuando, pocas semanas después de su llegada, presentó en el Queen’s Theatre de Haymarket su primera opera inglesa, Rinaldo, el triunfo fue total, el más grande de toda su vida. Después de Rinaldo, al terminar la temporada operística en Londres, Handel tuvo que regresar a Hannover para cumplir con el contrato que tenía con el príncipe Ernst. Sin embargo, su futuro en Londres ya estaba escrito: pocos meses después, tras una nueva invitación por parte de la aristocracia local, Handel obtuvo un nuevo permiso garantizando a las autoridades de Hannover un regreso a Alemania en tiempos razonables. Cuando, en el otoño de 1712, Handel dejó por segunda vez la corte de Hannover, sabía que nunca jamás iba a regresar.

Handel – Rinaldo HWV 7

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