Romeo y Julieta: la perfección no existe

enero 23, 2017

Por José Antonio Palafox

“¡Consuélate, pobre corazón, el sueño era demasiado bello!” se lamenta Romeo casi al final del Romeo y Julieta de Gounod, mientras el veneno hace presa de su cuerpo ante la impotente mirada de su amada Julieta. Doliente frase que también puede aplicarse a la transmisión en vivo desde el MET de Nueva York que tuvo lugar el pasado sábado 21 de enero en el Auditorio Nacional.

 

Y es que, salvo un leve accidente sufrido por una de las amables señoritas que siempre nos ayudan a encontrar nuestros asientos, todo era tan perfecto que parecía un sueño: del lado de acá, la inusitada afluencia de espectadores que se dio cita en el magno recinto —doblemente atraída, sin duda, tanto por la inmortal tragedia de los amantes de Verona como por la extraordinaria pareja de cantantes que encabezó el reparto de esta producción del Romeo y Julieta de Gounod— despedía un halo de entusiasmo pocas veces visto; del lado de allá, tanto la orquesta del MET como los solistas hicieron entrega de una interpretación realmente memorable. Siempre riguroso, el maestro Gianandrea Noseda ofreció una deslumbrante lectura de la partitura de Gounod, dándole por momentos una intensidad prácticamente wagneriana. Por su parte, y como era de esperarse, el tenor italiano Vittorio Grigolo y la soprano alemana Diana Damrau fueron un verdadero deleite auditivo y escénico. Más allá de las florituras exigidas por la partitura, Damrau hizo lo que quiso con su voz y con su actuación, haciendo entrega de una Julieta que, con una facilidad impresionante, pasó de ser la jovencita juguetona y coqueta del Acto I a la mujer asustada y desesperada del Acto V. Por su parte, la voz de Grigolo —dulce pero dramática, contenida pero poderosa— es más que perfecta para este papel protagónico. Si a esto le aunamos el brillante desempeño actoral del tenor, obtenemos un vigoroso Romeo que lo mismo escalaba de un salto las columnas de los decorados o se batía en emocionante duelo con sus enemigos sin despeinarse y sin perder el aliento. La indudable química escénica y vocal que existe entre ambos solistas dio como resultado un delicado equilibrio a dos voces pocas veces visto en otras interpretaciones de esta ópera (que prácticamente está conformada por una sucesión de dúos “evolutivos” del amor entre Romeo y Julieta). Al final de todas y cada una de las intervenciones de Grigolo, de Damrau, o de los dos juntos, el entusiasta público del MET estallaba en sendos aplausos, vivas y ovaciones.

 

El resto del elenco no se quedó atrás: el joven barítono canadiense Elliot Madore dio vida a un Mercucio de gallardo aspecto y enérgica presencia escénica, con una espléndida voz y una destacada capacidad actoral (por añadidura, las vertiginosas piruetas y el hábil manejo de la espada de que hizo gala en la coreografía del duelo en el Acto III nos hizo pensar en qué habría sucedido si Douglas Fairbanks también hubiese cantado ópera); el bajo ruso Mikhail Petrenko hizo entrega de un magnífico Fray Lorenzo (aunque la barba de tres días y el largo cabello peinado hacia atrás le dieron un aspecto más cercano al de cualquier vocalista de heavy-metal), y la mezzosoprano francesa Virginie Verrez dio cuenta de un Stefano (paje de Romeo) de agradable y discreta presencia cuya intervención vocal, aunque brevísima (solo canta el aria Que fais-tu, blanche tourterelle?), fue realmente notable y justamente reconocida por el público del MET con una prolongada ovación. Por su parte, la veterana mezzosoprano británica Diana Montague en el papel de Gertrudis, la severa nodriza de Julieta, y el experimentado barítono francés Laurent Naouri como Capuleto, el padre de Julieta, agregaron una sabia dosis de humor basada en gestos sutiles. Desafortunadamente, olvidable resultó el desempeño del joven tenor mexicano Diego Silva. Su Teobaldo, primo de Julieta, fue muy rico en cuestión actoral, pero bastante pobre vocalmente.

 

Mención aparte merecen la sencilla —pero efectiva— escenografía del artista estadounidense Michael Yeargan, quien recreó sobre el escenario una plaza de Verona con la fachada del palacio de la familia Capuleto al fondo (escenografía única que con cuatro sillas y un altar se convirtió en la capilla de fray Lorenzo, luego con una gran sábana blanca en la alcoba de Julieta y, finalmente, con seis sarcófagos y una gran puerta de bronce, en el mausoleo de los Capuleto), y los suntuosos vestidos de época diseñados por la también estadounidense Catherine Zuber, los cuales se encontraron a la altura de cualquier superproducción cinematográfica dirigida por, digamos, Franco Zeffirelli.

 

Pero entonces, si todo era tan perfecto, ¿por qué el lamento con que iniciamos este texto? Como canta Romeo poco antes de morir, “el sueño era demasiado bello”, y en esta ocasión la encargada de despertarnos para recordarnos que la perfección no existe fue la tecnología. Ya al final del Acto III, cuando el duque de Verona (cantado con gran presencia por el bajo estadounidense Oren Gradus) condena a Romeo al destierro, la tecnología nos había hecho un breve recordatorio de que los satélites también fallan y pueden dejar sin audio a un personaje secundario por unos segundos. Bueno, pues ni hablar. Sin embargo, más adelante decidió recordarnos que también puede desfasar la sincronía entre el audio y la imagen del personaje principal por un par de largos minutos (con todo y letrero de “No signal” parpadeando sobre la pantalla) y —por qué no— justo en el último gran momento de intensidad dramática, cuando Romeo está a punto de entregar el alma. Como consecuencia, hubo un murmullo de inquietud generalizado y una que otra risita ante el involuntario efecto cómico. Afortunadamente, la señal se restableció para los últimos minutos y, dentro de su imperfección, la tecnología nos permitió ver perfectamente a Julieta apuñalarse a todo color, con la música correspondiente y en alta definición.

 

Charles Gounod: Ah! Je veux vivre! (Romeo y Julieta, Acto I) / Angela Gheorghiu (Julieta), Anna Steiger (Gertrudis) y la Orchestre National du Capitole de Toulouse, dirige Michel Plasson

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