Frédéric Chopin y Georges Sand: el amor intolerable

Publicado: febrero 13, 2019 Última Modificación febrero 13, 2019 Por: adminmusica

por José Antonio Palafox

La he visto tres veces. Ella me miraba profundamente a los ojos, mientras yo tocaba. Era una música un poco triste, leyendas del Danubio; mi corazón danzaba con ella en el país remoto. Y sus ojos en mis ojos, ojos oscuros, ojos singulares, ¿qué decían? Se apoyaba sobre el piano y sus miradas abrasadoras me inundaban… Flores en torno nuestro. ¡Mi corazón estaba preso! La he vuelto a ver dos veces… Me ama… Aurore, ¡qué nombre encantador! (del Diario de Chopin, octubre de 1837).

En el otoño de 1836, el pianista y compositor Frédéric Chopin (1810-1849) coincidió con la dandy y escritora Amantine-Aurore-Lucile Dupin (1804-1876), baronesa de Dudevant —mejor conocida como Georges Sand— en una reunión de amigos organizada por Franz Liszt. Chopin tenía 26 años, Aurore Dupin tenía 32, y la primera impresión que se llevó cada uno de ellos no podría ser más curiosa: “Hoy he conocido a una gran celebridad, madame Dudevant, conocida como George Sand. Su apariencia no es agradable. De hecho hay algo en ella que indudablemente me repele. ¡Qué persona más falta de atractivo! ¿Es realmente una mujer? Me inclino a dudarlo…”, escribió el compositor. Por su parte, la escritora murmuró al oído de una amiga: “Ese señor Chopin, ¿es una niña?”.

Tan solo unos meses antes, Chopin había sufrido una fuerte decepción cuando la familia de Maria Wodzińska, su prometida, había roto el compromiso matrimonial debido al precario estado de salud del músico. Reservado y frágil, Chopin tenía una profunda necesidad de ternura. Y eso fue lo que George Sand le ofreció: una dulzura tranquilizadora. Pronto surgió entre ellos una gran amistad que terminó por convertirse en un apasionado amor que sirvió para inflamar el espíritu creador de ambos artistas. Para el verano de 1838, la pareja ya compartía habitaciones, y mientras Chopin empezaba a borrar de su mente el recuerdo de Maria Wodzińska, George Sand intentaba desembarazarse de quien entonces era su amante, el celoso escritor Félicien Mallefille. Sin embargo, la llegada del invierno hizo decaer la salud del compositor. En busca de un clima saludable, la pareja —acompañada por los dos hijos de Aurore— viajó a Palma de Mallorca. Ahí, los problemas no se hicieron esperar: la vivienda donde se alojaron era demasiado húmeda y fría, por lo que los accesos de tos de Chopin se agudizaron. Esto hizo que los precavidos lugareños lo vieran con horror y se tornaran inhospitalarios, obligando al músico y a la escritora a instalarse en la cartuja de Valldemosa, un monasterio en ruinas que poco refugio ofrecía ante el tremendo frío invernal. Fue en ese entorno tan agresivo donde Chopin compuso la mayor parte de sus veinticuatro Preludios op. 28, la Balada No. 2, op.38, el Scherzo No. 3, op.39 y las dos Polonesas Op. 40. A pesar de que Chopin no quería atribuir sus violentos ataques de tos sino a un fuerte resfriado (no sin humor, se quejó de la incompetencia de los médicos de Mallorca cuando escribió: “Me visitaron tres médicos. […] El primero dijo que yo estaba muerto, el segundo dijo que me estaba muriendo y el tercero dijo que estaba a punto de morirme), fue también ahí donde se confirmó el diagnóstico clínico de la enfermedad que terminaría por llevarlo a la tumba: tuberculosis.

Finalmente, la pareja emprendió el regreso a París en febrero de 1839. La deteriorada salud del compositor hizo que el viaje de vuelta tuviese que ser hecho en etapas, con una estancia de algunos meses en Marsella. Durante todo ese tiempo, George Sand había asumido completamente el papel de madre y enfermera de su amado “Chip”, “Chipette” o “Chopinsky” (como gustaba llamarle), pero su espíritu rebelde a las convenciones de la época le impedía asumir plenamente el papel entonces asignado a las mujeres. Agobiada por tener que hacerse cargo de “sus tres hijos”, fue distanciándose emocionalmente cada vez más de Chopin y pronto tomó un nuevo amante. Además, para desahogarse de lo que consideraba sus desventuras con el músico, escribió Lucrezia Fioriani, donde Chopin aparece retratado como el delicado y temperamental príncipe Karol, al que Lucrezia cuida como si fuera uno de sus hijos hasta que, consumida por los malos tratos a que la somete ese hombre al que ya no ama, se marchita y muere. Los estupefactos amigos de Chopin y Sand reconocieron inmediatamente a la pareja en los protagonistas de la novela, pero ella negó cualquier similitud con la realidad y él trató de hacerse el desentendido, aunque su capacidad creativa disminuyó notablemente. Para complicar aún más las cosas, la hija adolescente de Sand, Solange, con quien Chopin era indulgente, se rebeló abiertamente contra su madre y abandonó el hogar para casarse con el escultor Auguste Clésinger, 14 años mayor que ella. Esto puso en situación incómoda a Chopin, quien intentó hacer de mediador entre ambas mujeres solo para recibir acusaciones, reproches y ultimátums por parte de la ultrajada madre, quien de pronto encontraba ya muy molestas las actitudes moralizantes del músico: “Prefiero verte pasar al bando enemigo que defenderme de una enemiga que salió de mi seno y que alimenté con mi leche. Cuídala, ya que crees que es a ella a quien debes consagrarte. […] Adiós, amigo mío. Cúrate pronto de todos tus males […] y agradeceré a Dios este extravagante desenlace de nueve años de amistad exclusiva. Dame de vez en cuando noticias tuyas. Es inútil volver nunca sobre todo lo demás”.

Triste final para la relación entre dos seres que se amaron con tanta fuerza, pero lo cierto es que —ya sea por resentimiento o por orgullo— George Sand, convencida de que Chopin se había unido a Solange en su contra, no hizo mayor intento por acercarse nuevamente al músico. Su relación se enfrió y se hundió en el silencio, y no fue sino hasta 1848 que tuvo lugar su último encuentro, el cual se dio de manera casual. “Le comunico a usted que es abuela. Solange ha tenido una niña y me complazco en ser el primero en darle esta noticia”, escribió Chopin que fueron sus palabras antes de despedirse. Por su parte, George Sand también relató el suceso: “En marzo de 1848 volví a verlo por un momento y estreché su mano temblorosa y yerta. Quise hablarle, pero se escapó. A mi vez, podía decir que él ya no me amaba […]”. Frédéric Chopin murió en octubre de 1849, a los 39 años de edad. Aurore Dupin, en junio de 1876, a los 72 años.

En celebración de este 14 de febrero, Música en México ofrece a sus lectores la película Chopin, un amor imposible, dirigida en 2002 por Jerzy Antczak. En ella se relata la intensa y tormentosa relación que unió a Frédéric Chopin y George Sand y que marcó poderosamente la vida y la obra de ambos artistas. Esperamos que sea de su agrado.

 

Chopin, un amor imposible (Jerzy Antczak, 2002, Polonia)

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