El hombre y la fe: el ‘Rinascimento’ italiano

Por Francesco Milella Bajo el término ‘Rinascimento’ identificamos uno de los momentos más altos y refinados de la historia de nuestra cultura. Por casi un […]

Por Francesco Milella octubre 21, 2018 Última Modificación octubre 21, 2018

Por Francesco Milella

Bajo el término ‘Rinascimento’ identificamos uno de los momentos más altos y refinados de la historia de nuestra cultura. Por casi un siglo, Italia fue capaz de dar vida a algunos de los más grandes genios de la época, pintores, escritores, escultores, filósofos y, desde luego músicos, cuyos lenguajes, con sus sensacionales diferencias y unicidades, lograron unirse bajo un mismo ideal estético: el equilibrio y la armonía. Pero, ¿cómo fue posible que una realidad geográfica (políticamente Italia como tal nace solo en 1861) haya sido capaz de generar algo tan extraordinario e irrepetible? Para poder contestar a esta sencilla pero necesaria pregunta es fundamental ubicar Italia en su posición geográfica y política.

En 1454 Lorenzo el Magnífico había firmado la Paz de Lodi marcando formalmente el fin de la Edad Media italiana y el inicio de uno de los momentos de mayor prosperidad de la península. Por lo menos hasta 1494, año en que Carlos VIII de Francia decidió superar los Alpes para volver a conquistar nuevamente la ciudad de Nápoles. A partir de esa fecha, por casi sesenta años, las diferentes realidades políticas italianas sufrieron la constante invasión de diferentes fuerzas extranjeras: primero los franceses, luego los españoles; invasiones que volvieron a encender el fuego de la guerra en Italia, generando un clima de inestabilidad que terminaría solamente en 1559 cuando Francia y España firmaron la paz de Cateau-Cambrésis con la cual se reiteraba el dominio del imperio ibérico.

Además del poder español de Carlos V y Felipe II, la península italiana vivió también el constante ascenso de otro poder, un poder que las recientes revoluciones protestantes habían terminado por fortalecer: el Estado de la Iglesia. La Contrarreforma, término con el que normalmente identificamos el conjunto de políticas que Roma emprendió para contrastar el nacimiento del protestantismo, estaba transformando la Iglesia en la cuna de una nueva ética cultural, en donde humano y espiritual serían capaces de convivir de forma total. La Capilla Sixtina nos sigue contando la magia de ese diálogo.

Multiplicidad de lenguajes, encuentros de culturas diferentes, continuas tensiones ideológicas, contrastes espirituales, herencias estorbosas y ejemplares de la Edad Media y del Humanismo: podríamos hablar de una simple suma de elementos, pero no sería suficiente para poder explicar el equilibrio que tanta diversidad fue capaz de formar en ciudades como Florencia, Venecia y Roma, solo para mencionar las más famosas. Podríamos dirigir nuestra mirada hacia las formas de Rafael o la expresividad física de los cuerpos de Miguel Ángel. Podríamos superar el obstáculo de la traducción y perdernos en los laberintos poéticos de Ludovico Ariosto y Torquato Tasso, pero nuestro recorrido histórico nos pide ahora limitar nuestras reflexiones al mundo musical y a las formas con que fue capaz de participar a los triunfos culturales de esta sensacional época.

Si la literatura y las artes plásticas se difundieron indistintamente en toda la península italiana, el desarrollo musical se focalizó principalmente en dos ciudades: Venecia y Roma. Venecia, centro de la economía mundial por toda la Edad Media, estaba viviendo su momento de máximo auge antes de que el descubrimiento de América la excluyera por completo del comercio internacional. Su sociedad era abierta e internacional por naturaleza: desde los siglos XI y XII había iniciado a aceptar todas las culturas creando un panorama musical heterogéneo y multicultural. Roma, al contrario, seguía viviendo bajo el control del Papa, en la tradición y en la aparente inmovilidad. Su vida cultural estaba entrando ahora en un momento de extraordinario ascenso debido a la necesidad del poder papal de reiterar su fuerza y su autoridad ante la crisis procedente del norte de Europa. Fueron así naciendo dos mundos musicales distintos con sus propias formas, sus lenguajes y sus compositores: por un lado, Venecia, mercantil e internacional, miró al mundo flamenco y a su polifonía al mismo tiempo, con una franca apertura hacia un mundo profano menos elaborado que pronto se abriría al madrigal; por el otro, Roma, espiritual y tradicional, siguió mirando a la tradición y a la música sacra rigurosamente “a cappella” y polifónica. Aun así, lejanos en el espacio y distantes en las intenciones culturales, ambas ciudades lograrán contribuir activamente a la misma idea de armonía y equilibrio de lo que hoy conocemos como ‘’Rinascimento’.

 

Venecia:

Roma

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