La flauta mágica

En 1974 el legendario cineasta sueco Ingmar Bergman filmó la que sería su primera y única adaptación cinematográfica de una ópera: La flauta mágica.

Por Música en México Última Modificación septiembre 4, 2021

En 1974 el legendario cineasta sueco Ingmar Bergman (1918-2007) —famoso por sus densos filmes en que analiza la soledad, la angustia y el vacío existencial— filmó la que sería su primera y única adaptación cinematográfica de una ópera: La flauta mágica. Según palabras del propio realizador, su interés por esta obra con libreto de Emanuel Schikaneder (1751-1812) —quien también cantó el papel de Papageno en las primeras representaciones—y música de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) se remontaba a su infancia, cuando —a los 12 años de edad— asistió a una puesta en escena en la Ópera Real de Estocolmo. Poco después, tuvo la oportunidad de entrar a la Ópera de Drottningholm, uno de los poquísimos teatros europeos del siglo XVIII que conservan intacta no solo su arquitectura, sino buena parte de sus decorados y maquinaria escénica originales, y en su imaginación se afirmó la idea de que la historia de La flauta mágica tenía que desarrollarse en un escenario como ese. Así, cuando a principios de la década de 1970 el violinista Magnus Enhörning (1921-1992), director de Sveriges Radio, le pidió un proyecto para conmemorar el cincuenta aniversario de la creación de ese organismo público, Bergman no dudó en proponer una versión televisiva de La flauta mágica.

Para realizar su filme, Bergman tomó como base la traducción al sueco de La flauta mágica que el poeta Alf Henrikson (1905-1995) realizó en 1968 para una puesta en escena de la Ópera Real de Estocolmo, y —queriendo acercarse lo más posible a la producción original, estrenada en 1791 en el Theater auf der Wieden de Viena— se preparó para filmar en el Teatro de la Ópera del Palacio de Drottningholm, pero el escenario del histórico recinto fue considerado demasiado frágil como para soportar el trajín de un equipo cinematográfico, así que Bergman terminó copiándolo y reconstruyéndolo en los estudios del Instituto Sueco del Cine. Para los papeles protagónicos, el cineasta contó con la colaboración de varios cantantes de ópera prácticamente desconocidos que alcanzaron notoriedad gracias a su aparición en este telefilme: el tenor austriaco Josef Köstlinger (1946) como Tamino, la soprano finlandesa Irma Urrila (1943) como Pamina, el barítono sueco Håkan Hagegård (1945) como Papageno, la soprano sueca Elisabeth Erikson (1947) como Papagena, el bajo danés Ulrik Cold (1939-2010) como Sarastro, la soprano sueca Birgit Nordin (1934) como la Reina de la Noche y el tenor noruego Ragnar Ulfung (1927) como Monostatos. Finalmente, Bergman pidió al compositor y director de orquesta alemán Hans Schmidt-Isserstedt (1900-1973) que se pusiera al frente de la orquesta, pero este se negó rotundamente. Entonces el cineasta se acercó al creador y director del Coro de Cámara de Estocolmo, Eric Gustaf Ericson (1918-2013), quien inicialmente también rechazó el proyecto pero terminó aceptando tomar la batuta para dirigir a la Orquesta Sinfónica de la Radio Sueca y al Coro de la Radio Sueca en una muy aplaudida interpretación de la ópera de Mozart, que se grabó en estudio y posteriormente se sincronizó con las imágenes. El también elogiado vestuario de esta producción fue creado por las diseñadoras Henny Noremark (1942) y Karin Erskine (1945), quienes recibieron una nominación al Óscar por su trabajo en esta película. Por supuesto, la fotografía (a color) estuvo a cargo del brillante Sven Nykvist (1922-2006), colaborador habitual de Bergman.

Estrenada el 1 de enero de 1975, La flauta mágica resultó —por su frescura y sencillez— un sorprendente paréntesis entre dos de los dramas psicológicos más intensos del realizador, Escenas de un matrimonio (1974) y Cara a cara (1976). Sin embargo, en vez de ofrecer simplemente una ópera filmada, lo que el cineasta propone —siempre coherente con la complejidad estructural de su obra— es un inteligente análisis de las similitudes y diferencias entre la puesta en escena operística y la puesta en escena cinematográfica, comparadas a través de un fascinante y elaborado juego intelectual entre la mirada de los espectadores (dentro del filme) y el espectador (nosotros, fuera del filme). Así, después de unas bellísimas imágenes iniciales que sugieren que lo que vamos a ver es una puesta en escena de La flauta mágica en la Ópera de Drottningholm¸ pasamos al estudio cinematográfico adaptado como espacio teatral donde nos convertiremos en espectadores no solo del espectáculo operístico, sino también del público que —dentro de la película— disfruta el mismo espectáculo que nosotros. Más aún, Bergman utiliza deliberadamente las herramientas del lenguaje cinematográfico no solo para mostrarnos los mecanismos que hacen posible la magia teatral, sino para, en nuestra calidad de espectadores de una película, darnos acceso a lugares, momentos y puntos de vista que su público teatral in situ tiene vedados, por ejemplo el plano subjetivo de Tamino en la escena donde canta el aria Dies Bildnis ist bezaubernd schön mientras contempla el medallón con el retrato de Pamina, que además cobra vida ante sus (nuestros) ojos, o los abundantes momentos en que somos testigos de lo que sucede tras bambalinas mientras el espectáculo se desarrolla en el escenario. De este modo vemos, por ejemplo, a Tamino tocar la flauta para llamar a su amada Pamina, que está en compañía de Papageno. Fuera de escena, Papageno responde con su flauta de pan. Si fuésemos el público teatral, no podríamos ver a Pamina ni a Papageno y solo escucharíamos el sonido de su instrumento; pero como somos los espectadores de la película, la cámara nos muestra a los dos personajes escondidos detrás de los decorados. A la inversa, en otra escena las Tres Damas castigan a Papageno por mentiroso poniéndole un candado en la boca como castigo. Los espectadores de la película solo vemos las manos de las mujeres colocando el candado en close-up, mientras que el público teatral puede ver de cuerpo entero a las tres mujeres, porque el cine revela lo que el teatro oculta, y viceversa. Con ello, Berman no solo nos envuelve en la magia del teatro, sino también en la del cine, que se enriquecen mutuamente.

El hecho de mostrar a los protagonistas no solo como personajes sino también como los actores que los caracterizan cumple astutamente con una función de afirmación de sus cualidades. Así, por ejemplo, antes de la primera aparición de Papageno, vemos a su intérprete, Häkan Hägegard, durmiendo tranquilamente en su camerino. De pronto se levanta de un salto y empieza a acomodarse el vestuario y a peinarse apresuradamente. Hace un oportuno llamado con su flauta de pan y luego sale corriendo para que otro actor (disfrazado como uno de los murciélagos que Tamino encontrará más adelante en el primer acto) le ayude a colocarse su pajarera. Finalmente Papageno logra hacer su entrada en escena justo a tiempo, pero la imagen que permanecerá en nuestra memoria es la de un personaje perezoso y descuidado. La idea es hacer que los intérpretes se parezcan lo más posible a sus personajes, y es por ello que en el muy revelador intermedio podemos ver, entre otros, al solemne Sarastro estudiando seriamente la partitura del Parsifal de Wagner, a Tamino y Pamina jugando castamente una partida de ajedrez y a la malvada Reina de la Noche y sus Tres Damas fumando sendos cigarros frente a un letrero que dice “Prohibido fumar”.

Quizá lo que pueda causar la molestia del melómano más intransigente sean dos cosas: primero, el hecho de que La flauta mágica de Bergman está cantada en sueco, no en alemán. Es cierto que para ajustar las palabras a la música cualquier traducción se permite licencias que inevitablemente modifican el sentido del texto, pero también hay que recordar que esta fue práctica común durante muchísimo tiempo (Arturo Toscanini dirigió óperas de Wagner traducidas al italiano, y el Met de Nueva York todavía ofrece una versión de La flauta mágica traducida al inglés, por mencionar dos ejemplos que nos vienen a la memoria); segundo, que Bergman lleva a cabo varias —y muy poco discretas— modificaciones a la historia original (por ejemplo, en la ópera el padre de Pamina ha muerto mientras que en la película Sarastro es el padre que pelea por la custodia de su hija), además de omitir pasajes (los propios personajes nos muestran carteles donde se sintetizan algunas partes esenciales de la historia), suprimir algunos números musicales (por ejemplo el aria de Monostatos y el dueto y el coro de los sacerdotes), eliminar casi todas las partes habladas excepto las estrictamente necesarias para comprender la historia (con lo que hay una reducción de casi media hora con respecto a la ópera original) y cambiar de lugar algunas arias y escenas (por ejemplo, la búsqueda y encuentro de Papagena por parte de Papageno precede al encuentro entre Tamino y Pamina, en lugar de presentarse alternadamente como en la ópera de Mozart).

Tal vez La flauta mágica no sea una de las obras maestras de Ingmar Bergman, pero es una agradable comedia de relaciones que —complejas lecturas intertextuales aparte—deviene fábula moral sobre la lucha entre el bien y el mal en clave fantástica. El cineasta hace a un lado el denso simbolismo esotérico de que está llena la travesía de Tamino en busca de Pamina para convertirla en un discurso sobre el triunfo de la virtud, el amor y la armonía sobre el mal, la oscuridad y la ignorancia. Invitamos, pues, a nuestro amable lector a dejarse fascinar por esta película llena de romance, suspenso, humor, valientes héroes, malvadas reinas, atolondrados cazadores de aves, divertidas botargas y buena música.

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