Las sinfonías de guerra: Shostakóvich contra Stalin

El 26 de enero de 1936 a Stalin se le ocurrió asistir, a una representación en el Teatro Bolshói de la segunda ópera del compositor Dmitri Shostakóvich.

Por Música en México Última Modificación junio 26, 2021

El 26 de enero de 1936 al dictador soviético Iósif Stalin (1878-1953) se le ocurrió asistir, acompañado por lo más selecto de su nomenklatura, a una representación en el Teatro Bolshói de la segunda ópera del compositor Dmitri Shostakóvich (1906-1975), Lady Macbeth del distrito de Mtsensk, que se había estrenado con gran éxito de público y crítica dos años antes y que había cimentado la fama del músico a nivel internacional. Sin embargo, en contra de lo esperado, Stalin se mostró incómodo a lo largo de la representación y abandonó el teatro —visiblemente molesto y sin dirigir la palabra a nadie— antes de que acabara el tercer acto. Dos días después, en el periódico Pravda (la publicación oficial del gobierno estalinista) podía leerse el tristemente célebre artículo Caos en vez de música, donde Shostakóvich y su ópera eran atacados rabiosamente. Lady Macbeth del distrito de Mtsensk fue retirada inmediatamente de los escenarios, los críticos que la había alabado se apresuraron a retractarse, el grueso de la comunidad artística soviética dio la espalda al creador de una obra tan “vulgar y depravada” y para Shostakóvich inició un oscuro y amargo calvario caracterizado por el miedo constante y un desgastante estira y afloja entre su actividad artística y la implacable vigilancia del Estado. Al compositor, que amaba a su país pero despreciaba a su gobernante, no le quedó más remedio que aprender a caminar cautelosamente sobre la cuerda floja, haciendo concesiones para no perder su voz propia.

Y es la actividad creadora de Dmitri Shostakóvich durante ese tenso periodo en el que cualquier mínimo fruncimiento de ceño de Stalin ante sus obras podía significarle la prisión, los campos de trabajo forzado o incluso la muerte lo que el documentalista canadiense Larry Weinstein (When the Fire Burns: The Life and Music of Manuel de Falla, My War Years: Arnold Schoenberg, El cerebro de Ravel) analiza detalladamente en Las sinfonías de guerra: Shostakóvich contra Stalin (1997). El documental se centra en los años 1936 a 1945, en los que Shostakóvich escribió sus sinfonías 4, 5, 6, 7, 8 y 9, y aborda la forma en que el compositor encontró en el temor el ingenio para expresar musicalmente sus convicciones en las narices del régimen estalinista. No hay propiamente un narrador que nos conduzca a lo largo del filme, sino que la historia se va estructurando por sí misma —con un envidiable ritmo— a través del análisis musical, la “voz” de Shostakóvich (el presentador de televisión afrocanadiense Graham Haley, que lee fragmentos de Testimonio, las controvertidas memorias del compositor publicadas en 1979 por el periodista y musicólogo Solomon Volkov), abundante material de archivo (en el que lo mismo podemos ver a Shostakóvich tocando el piano o leyendo apasionadamente un discurso antinazi que a Stalin asistiendo a un desfile, trenes llenos de prisioneros conducidos a los campos de trabajos forzados o las ruinas de Leningrado durante el asedio alemán) y, sobre todo, extensas entrevistas con una veintena de músicos, amigos y familiares del compositor, quienes de una u otra forma fueron testigos de ese terrible momento en la vida de Shostakóvich:. la bióloga y pianista Galina Shostakóvich (1936) –hija del compositor—, el crítico literario Isaac Glikman (1911-2003), el musicólogo Abram Gozenpud (1908-2004), el compositor Karen Khachaturian (1920-2011), la científica Flora Litvinova, el teórico y director de orquesta Ilya Musin (1903-1999), el pianista Natan Perelman (1906-2002), la musicóloga Maria Sabinina —que estuvo presente en el estreno de la Quinta sinfonía— y el compositor Dmitri Tolstoy (1923-2003), entre muchos otros. Incluso encontramos al polémico compositor y político Tikhon Khrennikov (1913-2007), secretario general de la Unión de compositores soviéticos, quien en su momento condenó como decadentes a Shostakóvich y Prokófiev.
Quizá el mayor valor de este espléndido documental radique precisamente en las entrevistas, y es que, aparte de escuchar información de primera mano sobre la vida de Shostakóvich, el hecho de acompañar en sus rememoraciones a este grupo de personas nos hace sumergirnos con demoledora intensidad en un periodo histórico de terror y oscuridad: el estalinismo, la Segunda Guerra Mundial y, particularmente, el sitio de Leningrado. Verdaderamente conmovedor resulta, por ejemplo, el relato de Ksenia Matus, la oboísta que tocó en el estreno de la Séptima Sinfonía en una Leningrado reducido a ruinas, el cual nos muestra claramente el poder de la música como una fuerza viva e indomable. De hecho, el filme trasciende el propósito de proporcionar al espectador el contexto preciso para comprender la obra de uno de los más grandes compositores del siglo XX y se convierte en una reflexión inteligente y sensible sobre cómo el arte puede (y debe) ser un arma contra el totalitarismo. Por añadidura, a medida que vamos conociendo los diversos testimonios, nuestra percepción de la música de Shostakóvich va adquiriendo una dimensión más profunda, y para ello deviene esencial la erudita participación del director de orquesta Valeri Guérguiev (1953), quien no solo es extravagantemente entrevistado en el asiento trasero de un coche en movimiento, sino que se pone al frente de la Netherlands Radio Philharmonic para ofrecernos excelentes interpretaciones de las sinfonías abordadas, además de un fragmento de Lady Macbeth del distrito de Mtsensk con la soprano Irina Loskutova (Katerina Ismáilova), el bajo Bulat Minjelkiev (Boris Ismáilov) y la Orquesta del Teatro Mariinski y una versión de la cantata satírica Rayok, donde acompaña al piano a los cantantes Bulat Minzhielkiev, Viatcheslav Luhanin, Yuri Laptev y Aleksandr Morozov.

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