María Callas – prima donna assoluta

Publicado: julio 16, 2015 Última Modificación abril 28, 2017 Por: adminmusica

por Ricardo Rondón

Así como el tenor Enrico Caruso estaba muy presente ante los ojos del público a principios del s. XX con una personalidad que llenaba la quinta esencia de la palabra, décadas después surgió María Callas y subió al mismo trono por un periodo corto pero glorioso, rodeada de éxitos, admiración y odio. Al igual que Caruso no solamente cantaba, era noticia de primera plana, con críticas buenas y malas; atraía la atención no solo por sus triunfos en el teatro sino por sus embrollos, caprichitos y – por qué no decirlo – groserías que incluían a altos dignatarios de la política italiana. Públicamente sufrió malestares del corazón, de cuerpo y voz. Habiendo llegado al pináculo de los escenarios de ópera, al igual que el tenor napolitano, llegó a un público mucho más amplio a través de sus grabaciones; al llegar a un público con poca experiencia pero atraídos por la ópera, aumentaron sus admiradores que nunca la verían en persona. Por haber trabajado mejor en una atmósfera de retos e intrigas tras bambalinas, era una mujer temeraria, era noticia en los reportajes de la columnas de chismes sociales porque sufrió tanto desventuras como triunfos, a veces durante la misma función porque su glamour era contencioso y su talento arrogante, en resumen, porque vivió patinando sobre el filo de la navaja. Dejó el escenario después de solamente diez años de gloria, fracasó en sus “planes de retiro” como actriz de cine y director escénico; hizo una gira de retorno patéticamente atroz y murió demasiado pronto. Su lugar en la música nunca ha sido claramente entendido.

Los músicos lo saben. Los aficionados lo saben pero quien la conocía mejor y quien mejor articulaba los principios que la guiaron está muerta: María Callas.

Callas (Kalogeropoulos) nació en Nueva York en 1923 y murió en París el 16 de septiembre de 1977. Hija de inmigrantes griegos, a los 13 años la llevó su madre a Atenas con su hermana. Estudió con la famosa soprano Elvira de Hidalgo en el Conservatorio. Su debut fue como Santuzza en el Teatro Olympus en Atenas, en 1939.

Otros roles en Grecia incluyen Tosca, Marta (Tiefland), y Fidelio. Después de la Guerra regresa a América; pronto hace su debut italiano como Gioconda en la Arena di Verona (1947). Vienen después papeles dramáticos de Verdi y Wagner; en Italia, como sustituta emergente, interpreta el papel de Elvira en I Puritani en Venecia. Este paso la llevó a papeles belcantistas. Después de Buenos Aires debuta en México cantando entre 1950-52. Su repertorio en Bellas Artes incluye Gilda, Leonora (Trovatore)), Aída, Elivira y La Traviata. Estas actuaciones están documentadas en grabaciones históricas, hoy día fácilmente obtenibles aunque el sonido en general se asemeja a una tormenta de arena en el Sahara. En el Maggio Musicale Fiorentino explora nuevos terrenos (a partir de 1951) como Vísperas Sicilianas, Orfeo (Haydn), Armida y Medea (Cherubini). Después de sustituir a una cantante en La Scala hace su debut oficial en esta catedral del canto. Es responsable de un resurgimiento vocal que devuelve al repertorio joyas cantadas con la seriedad que merecen. Lleva su arte a obras olvidadas como La Vestale, Anna Bolena, Poliuto e Il Pirata. Hace Lucia  bajo Karajan, Sonnambula, Traviata, Iphigenie en Tauride dirigida por Luchino Visconti. Después de algunas cancelaciones en 1957/58 por problemas de salud, adquirió una injusta reputación como caprichosa y poco confiable. Sus tres debuts significativos fueron en el Met y y Covent Garden, siempre con Norma. Sus dos temporadas en el Met (1956/58) terminaron en una disputa con el mandamás Rudolf Bing, quien la despidió. Su carrera se redujo más. Hacía giras de conciertos y presentaciones esporádicas como Tosca y Norma, en Londres, Paris y Nueva York. Impartió clases maestras en el Juilliard School of Music y realizó una gira nefasta al lejano oriente con el tenor Giuseppe di Stefano. Los resultados musicales son una vergüenza y algo que nunca debíó haber sucedido.

Dueña de una voz grande y flexible, no bella en los términos convencionales y sin la técnica que tienen otras sopranos. Manejó las obras del s.XIX dándoles belleza y significado a los argumentos. Su fraseo y manejo del colorido musical iban siempre de la mano y eran asombrosos. Inteligente, rigurosamente musical y espontánea llenó una época en la que fue idolatrada. La inconsistencia de su tono y técnica producían resultados a veces desagradables y hasta dolorosos pero había autoridad y entrega en todo lo que hacía.

Sus grabaciones para EMI no han salido del catálogo y allí deberán estar siempre. En México hay una generación que adora falsos ídolos – entre los cuales, Callas – y sienten que después de ella se murió la ópera. Sin menospreciar a esta diva están “herrados” con “h”. La ópera ha producido cantantes extraordinarios y siguen apareciendo. Dicen que estamos locos todos los que nos gusta la ópera: ¡bendita locura!

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